Filóloga: «El lenguaje es como el patriarcado, impide ver a las mujeres»

Isabel Laguna I

Cádiz, (EFE).- «El lenguaje es como el patriarcado, impide ver a las mujeres», asegura Teresa Meana Suárez, profesora de secundaria jubilada y filóloga feminista. Y es que desde que Dolores Ibarruri fue «secretario general del PCE» hasta que, casi 70 años después, María Dolores de Cospedal fue «secretaria general» del PP, el español no ha dado suficientes pasos para convertirse en una auténtica herramienta de igualdad.

En el III Congreso Andaluz de Coeducación que se celebra en Cádiz, esta especialista en lenguaje inclusivo y no sexista ha subrayado la importancia de que el idioma visibilice a las mujeres porque, como ha titulado su conferencia, «Las palabras no se las lleva el viento», construyen el pensamiento y «crean la realidad», apunta.

«Cuando nombramos cosas hacemos luz sobre ellas, las visibilizamos», afirma Teresa Meana para defender que el género femenino se extienda tanto como la presencia de las mujeres en la sociedad.

La importancia del lenguaje inclusivo

«Si no somos nombradas, no seremos conscientes de nuestro lugar», explica sobre la importancia de que, en especial, en la escuela se fomente un lenguaje inclusivo.

Para escenificarlo retoma una anécdota que relata Montserrat Moreno, autora del libro «Cómo se enseña a ser niña: el sexismo en la escuela»: «una maestra dice en clase: ‘los niños que hayan acabado el ejercicio que salgan de la clase’, y una niña que lo había finalizado no salió al recreo.

Cuando la maestra le preguntó por qué no había salido, la alumna le explicó que pensaba que sólo podían salir los niños». «Siempre digo que de ahí viene la famosa intuición femenina, quieren que nos pasemos la vida adivinando por el contexto», bromea.

Para Teresa Meana el idioma ofrece «muchas opciones y estrategias» para que el lenguaje sea inclusivo: «no molesta el lenguaje no sexista, lo que molesta es el feminismo», afirma. De ahí que considere que el «lenguaje es como el patriarcado».

«La lengua no tiene problema, está viva y cambia constantemente», apunta tras señalar que cuando el hombre aterrizó en la luna se inventó la palabra alunizar y, mucho más recientemente, cuando aterrizó en Marte se creó el término «amartizar».

La RAE no ayuda mucho

Pero en el caso del lenguaje inclusivo, parece que cuesta más trabajo.

lenguaje es como el patriarcado
Ejemplar del Diccionario edición Tricentenario presentado en el Centro de Cooperación Española en Guatemala, ubicado en el Centro Histórico de la Ciudad de Guatemala. EFE / Esteban Biba/Archivo

Y esta filóloga entiende que la Real Academia de la Lengua, la RAE, no ayuda mucho: «La academia es una fábrica de misoginia con dinero público» que «no respeta la Ley de Igualdad, tiene 7,8 sillones de hombres por 1 de mujer y les negó sillones a María Moliner o Emlia Pardo Bazán», señala.

Pone como ejemplo las opiniones que el académico recientemente fallecido Javier Marías volcó en un artículo en el que aseguraba que «no se dice jueza porque tampoco decimos juezo», recuerda.

A lo mejor, dice, este académico no recordaba la regla gramatical de que las palabras que acaban en consonante hacen el femenino con la «a».

«Andaluza, como siempre existieron, le podría sonar bien, pero ‘jueza’ no». El lenguaje es como el patriarcado, insiste.

Más fácil que las juezas o las médicas, lo tuvieron los modistos, cuya profesión se recogió en «un engendro lingüistico» que se inventó e incluyó en el diccionario en 1974 porque hasta entonces esta profesión era mayoritariamente de mujeres y sólo existía la palabra «modista», ha explicado.

Lo que no se nombra no existe

Teresa Meana se pregunta por qué la sociedad no encuentra problema en encontrar y usar un femenino para profesiones como «dependienta» o «sirvienta» y cuesta tanto, sin embargo, normalizar el uso de «medica», «jueza» o «presidenta».

Y se revuelve contra «la arbitrariedad» de quien decide que una mujer no puede ser mecánica, música o crítica porque estas palabras designan ya disciplinas genéricas. «Hay más de 90 oficios en masculino que se podían confundir también con otras palabras: si yo digo que tengo un amigo joyero, nadie se imagina que mi amigo es una cajita, ni que es un bote si digo que es basurero, ni que es una bandeja de cristal si digo que mi amigo es frutero».

Para esta filóloga los argumentos para rechazar la visibilización de las mujeres en las palabras «no se sostienen», lo que confirma que, a su juicio, que el lenguaje «es como el patriarcado» .

«Lo primero que hay que hacer es creérselo», opina sobre la importancia de erradicar usar siempre el masculino como genérico: «si sólo usamos masculino. sólo vemos hombres» porque «lo que no se nombra no existe».

La economía del lenguaje

Arremete también contra los que invocan a «la economía» del lenguaje para no hacer desdoblamientos por géneros: «no siempre hubo esa obsesión», asegura, mientras pone decenas de ejemplos de cómo´hace siglos, en libros como «El Cantar del Mío Cid» o «El Libro del Buen Amor», o, más recientemente, «La Regenta» se habla de «moros y moras, viejos y viejas, mozos y mozas o de labradores y labradoras» con la mayor naturalidad.

Y defiende que el sufijo «-es» no puede servir como zona inclusiva: «me parece bien que la gente no binaria, quiera ser visible, pero no a costa de invisibilizar a las mujeres. A mi me invisibiliza igual oir ‘todos’ que ‘todes'».

Teresa Meana Suárez cree que la construcción de un lenguaje que sea un verdadero «instrumento de igualdad» debe superar el miedo a la equivocación y, sobre todo, impulsarse de forma estructural y transversal en los centros educativos: «todo esto no puede depender de la feminista del instituto», advierte. EFE

Edición Web: Luis Ortega