Piedras que vigilan el mar: el papel de Fuerteventura en la II Guerra Mundial

Eloy Vera

Corralejo (Fuerteventura), 18 ene (EFE).- La costa este de Fuerteventura está salpicada de pequeñas atalayas defensivas, vestigios de un patrimonio que recuerdan el fantasma que sobrevoló sobre la isla cuando las Fuerzas Aliadas planearon invadir Canarias durante la II Guerra Mundial.

El plan de defensa trazado por el régimen de Franco y las pequeñas estructuras de hormigón a pie de costa habían pasado desapercibidas hasta que, hace unas décadas, los investigadores empezaron a poner el foco en este episodio de la historia de Canarias.

Poco a poco, se fue construyendo una bibliografía a la que se suma ahora el libro «La defensa militar de Fuerteventura en la Segunda Guerra Mundial», un monográfico en el que colaboran el Instituto de Historia y Cultura Militar de Tenerife y la Brigada Canarias XVI (Regimiento de Infantería Soria 9) con las firmas del historiador de la Universidad de las Palmas de Gran Canaria Juan José Díaz Benítez y los coroneles Jesús Martínez de Merlo y José Romero Serrano, así como la colaboración de la bibliotecaria de Puerto del Rosario María del Carmen Cabrera.

Uno de sus autores, el coronel del Instituto de Historia y Cultura Militar, con sede en Madrid, José Romero Serrano, atiende a EFE frente a una de las pequeñas atalayas que aún se mantienen en pie en el litoral de Corralejo.

Romero explica que el libro recoge «el plan de defensa de la isla de Fuerteventura previsto frente a un desembarco aliado británico durante la II Guerra Mundial y, particularmente, en el año 1943, cuando la amenaza se ceñía de forma más peligrosa».

Por si caía Gibraltar

Pero ¿qué llevó a Londres a interesarse por Canarias? «El interés fue dentro de la estrategia aliada», responde el coronel. Inglaterra veía amenazada la situación de Gibraltar y se hacía necesario «buscar un puerto alternativo para todas las rutas que iban hasta la India, Australia y Oriente Medio». La alternativa que compensara esa pérdida sería el puerto de La Luz, en Gran Canaria.

«Pero también por el valor que tenía Canarias por su posición geoestratégica frente a África y la proyección hacia América», añade este militar cuyo primer destino fue el Regimiento Canarias 50 en Las Palmas.

El cambio de postura del Gobierno español, que pasó de la neutralidad a la no beligerancia, llevó a que el Reino Unido considerara en 1941 la invasión de las islas como algo inminente y no una simple posibilidad. Se preparó una operación para ocupar Gran Canaria, para, desde ahí, intentar conquistar Tenerife y luego el resto del archipiélago.

La amenaza despertó la necesidad de crear un plan defensivo en Canarias. El encargo defensivo llegó desde del Estado Mayor del Ejército. Se confió al capitán general de Canarias, Ricardo Serrador, quien diseñó un sistema defensivo para todas las islas con «instrucciones de que había que defender todas y cada una de las islas, defenderlas a toda costa» y, para ello, dio recursos y medios para que se hiciera esa defensa autónoma de cada isla porque «la posibilidad de refuerzo era muy difícil».

El coronel Romero explica que, en el caso de Fuerteventura, llegaron a estar cinco batallones, unos 4.000 hombres que debían vigilar la isla ante una amenaza inglesa a un territorio donde no debían de vivir más de 13.000 habitantes.

El coronel José Romero Serrano posa en Corralejo junto a uno de los nidos de ametralladora construidos en la costa de Fuerteventura en tiempos de la II Guerra Mundial. EFE/Carlos de Saá
El coronel José Romero Serrano posa en Corralejo junto a uno de los nidos de ametralladora construidos en la costa de Fuerteventura en tiempos de la II Guerra Mundial. EFE/Carlos de Saá

A la espera del desembarco

Canarias esperaba hacer frente a un contingente entrenado durante diez meses para realizar la operación, compuesto por entre 10.000 y 25.000 hombres, con un despliegue defensivo que en Fuerteventura contó con el Batallón Independiente de Infantería 32 y el Batallón de Infantería 132, ambos con sede en la isla, a los que se sumarían desde la península los tres batallones del Regimiento de Infantería 73 y la previsión de una movilización de otros tres batallones más dentro de Canarias.

A ello se sumarían, explica, «la artillería de costa y la artillería de defensa de campaña, más los elementos de fortificación, el aeródromo de Tefía y la pequeña ayuda que podría proporcionar la Armada». «Todos esos elementos constituyen el plan defensivo para evitar el desembarco y, si este se producía, batirlo en la playa», apunta.

Será, sobre todo, en 1943 cuando empiecen a construirse por la costa oriental de Fuerteventura unas pequeñas estructuras de hormigón con un recubrimiento de elementos próximos, como las piedras de lava, que servían de elemento de camuflaje.

El censo de las construcciones en la isla cifra en 57 el número de nidos de ametralladoras, simples o dobles, construidos para la defensa del litoral sobre la línea de la pleamar. También se edificaron dos posiciones artilleras de costa, una en Corralejo, mirando hacia La Bocaina, y la otra en Matas Blancas.

El litoral este de Fuerteventura se convirtió en el principal escenario por el que podrían entrar a la isla las fuerzas enemigas. El oeste, con una geografía escarpada, hacía imposible los desembarcos.

Desde Corralejo hasta Costa Blanca, en La Pared, se levantaron pequeñas fortificaciones, que acabaron abundando en las zonas de Corralejo, Puerto del Rosario, Caleta de Fuste y Gran Tarajal.

El 8 de noviembre de 1942 se produjo la «Operación Torch», una campaña que se materializó con el desembarco de las tropas anglo-norteamericanas sobre las playas de Casablanca, Argel y Orán.

«Fue en el año 1943, cuando las islas alcanzan el momento cénit en la defensa», sostiene el coronel. «La entrada de Estados Unidos en guerra por el norte de África, pegado a Canarias, ocasiona un temor muy grande en el Gobierno español porque se podía perder el protectorado de Marruecos, Canarias y, además, podía provocar una situación muy compleja: que los alemanes entraran en la península y conquistaran Gibraltar con o sin permiso español».

«En ese entorno tan peligroso de finales de 1942, es cuando se da el último empujón a la defensa de Canarias con 40.000 hombres en todas las islas», apunta.

Cambia el escenario de la guerra

Sin embargo, la idea de un ataque terminó diluyéndose. El autor de la publicación explica que fue «la evolución de los frentes estratégicos lo que evitó que al final se interviniera». «La intervención aliada, el desalojar a los alemanes e italianos del Mediterráneo y la detención de Mussolini hacen que deje de ser una amenaza», sostiene.

El coronel explica cómo al desplazarse el centro de gravedad y los combates hacia el corazón de Alemania, «la zona de Canarias perdió el interés estratégico que tuvo hasta 1943».

También jugó a favor del archipiélago que los ingleses se mostraran temerosos porque «la resistencia podía ser dura, aunque se consiguiera al final el objetivo igual se tenían que implicar tres o seis meses en una campaña que para ellos hubiera sido muy penosa y les hubiera privado de esos medios para estar en otro lado».

De todo aquello quedan solo una serie de estructuras en hormigón que hoy son parte del patrimonio histórico insular. Romero no duda en asegurar que deberían ser declaradas Bien de Interés Cultural.

Las instituciones han hecho catálogos e inventarios, pero «deberían estar protegidas y paneladas y debidamente marcadas, tienen que ser cuidadas y no vandalizadas ni usadas para esconder suciedades porque forman parte también de la historia de Canarias». EFE