Sarnago (Soria): El débil y paradójico pulso de los pueblos vacíos


Por Lucía Ruiz Simón |
Sarnago (Soria) (EFE).- Hace 43 años que no vive nadie en Sarnago (Tierras Altas-Noreste de Soria) durante todo el año; pero paradójicamente la vida de sigue latiendo, con un pulso débil y así será mientras se mantenga el arraigo de los vecinos y «amigos» que allí crecieron y que incluso han vuelto a usar su colegio.

Es el caso de Milagros Jiménez, quién nació en esta localidad y a sus 73 años ha vuelto esta semana a aprender conocimientos básicos para su día a día actual en la escuela donde pudo ir a clase en su primera infancia.

Imagen de archivo. Vista del pueblo castellano de Sarnago, que pertenece a la comarca de Tierras Altas, en la provincia de Soria.EFE/Alida Juliani


Cuando apenas tenía diez años tuvo que dejar el colegio y caminaba «monte arriba y monte abajo» con su rebaño de ovejas; ahora, en el mismo edificio -reconvertido en un centro de coworking- ha asistido a un curso para aprender «nuevas tecnologías», fundamentalmente a «perder el miedo» a manejar su teléfono inteligente.


Se trata de la iniciativa de microformación que lleva a cabo Pixie By La Exclusiva, que ya ha llegado a 300 personas en 40 pueblos sorianos y que pese a ser un proyecto anclado en el rural y centrado en revertir la despoblación, paradógicamente no ha tenido apoyo por parte de las administraciones que llevan en su agenda desde hace años el reto demográfico.


Muchos de ellos se hicieron con un teléfono inteligente durante la pandemia para mantener el contacto con sus familias, pero siguen reclamando aprender el uso de whatsapp, y en las dos horas que dura su formación se les ha enseñado a desbloquear su teléfono, a hacer y recibir llamadas, a hacer fotos y saber dónde se almacenan o buscar en Internet.


Igualmente, les resulta especialmente útil saber descargarse y navegar por aplicaciones muy presentes en su día a día como la del servicio de salud de Castilla y León, para poder, por ejemplo, pedir citas médicas.


En el mismo edificio donde Milagros y otros ocho mayores han aprendido todo esto, hay un centro etnográfico, en el que sobrevive uno de los bancos de madera donde ella estudiaba, al igual que una recreación de una habitación antigua y un sinfín de retratos en blanco y negro de los vecinos de Sornago.

Sarnagueses por el mundo


De la misma pared, pero a todo color, cuelga una colección de centenares de «Sarnagueses por el mundo», quienes no olvidan en su equipaje la camiseta que les acredita como tales ni hacerse una foto con la misma para ir aumentado la colección.


«Hijo mío y del mundo» señala Milagros una de las fotografías en la que su vástago sonríe frente a un conocido monumento con la camiseta de la Asociación de Amigos de Sarnago, que desde 1980 lucha para que su pueblo no termine de desaparecer y «poco a poco» tenga servicios básicos, explica su reponsable, José María Carrascosa.


Fuera de la «escuela/centro de coworking/centro etnográfico», en un paseo por las calles del pueblo se puede descubrir un lavadero reconvertido en biblioteca abierta y una iglesia derruida, de base románica, un inmueble que también se quiere recuperar, pero que ha topado con la burocracia.


La virgen del Monte «desapareció» cuando los vecinos marcharon, lo que no impide que cada agosto procesione una réplica que realizó otro amigo de Sarnago artista de la escultura.

Una pareja de australianos pandémicos

En 1979 se fue el último vecino y un año después se creó la asociación, explica Carrascosa: hoy tiene centenares de socios y «muchos ni han pisado el pueblo».


Recuperar la fiesta de las Mozas Mónidas y el Mozo del Ramo, una tradición de origen incierto cuenta entre sus principales logros.


Sórnago llegó a tener hasta 500 vecinos y dos aldeas; hoy no vive allí todo el año ninguno de sus vecinos, pero curiosamente hay empadronada una pareja de australianos que pasaron allí el confinamiento y aprovecharon el tiempo en crear una empresa para camperizar furgonetas; ya marcharon.


Milagros y su marido, sin embargo, vuelven cada año de Pamplona -donde se establecieron al salir del pueblo- y, lejos de aburrirse, paseos, recogidas de moras, de setas y partidas de cartas, más los quehaceres de una «casa demasiado grande», ocupan sus jornadas.


Para refugiarse de los rigores del frío soriano, la pareja pasa el invierno en la capital navarra; con los precios del gas, temen el incremento de su factura.


Y resulta una paradoja que una generación que ya vivió una guerra propia, deshaga el camino y se quede más tiempo en su pueblo para evitar lo que les cuesta otra contienda que se desarrolla en Ucrania, un lugar a 3.400 kilómetros de Sarnago. EFE

Edición web: Óscar R. Ventana