Esperanzas, ironías y reflexiones sobre el morir de un paciente hospitalizado

Paco Niebla

Barcelona (EFE).- «El esparadrapo, qué magnífico sistema de depilación», escribió el editor Carlos Lagarriga (1966-2020) en uno de los muchos días en que estuvo ingresado en el Hospital Vall d’Hebron, unas ingeniosas anotaciones que apuntaba meticulosamente cada día de hospitalización o visita y que ahora se han convertido en su libro póstumo «Cuaderno de Hebrón».

La historia del editor Carlos Lagarriga, licenciado en Filología Románica por la Universidad de Barcelona y vinculado siempre al mundo editorial barcelonés, es difícil de explicar sin que se te haga un nudo en la garganta y otro en el corazón.

Murió a causa de un cáncer de pulmón metastásico el 30 de marzo de 2020, en el momento más duro de la epidemia de covid, y entre sus múltiples visitas y hospitalizaciones estuvo ingresado en 2016 en la planta de digestivo al mismo tiempo que su primera esposa, Cristina, languidecía en el servicio de cuidados paliativos del mismo hospital por un tumor incurable.

«Me ingresaron aquí un año y medio después de la muerte de mi padre. Y aquí he vuelto, a la misma cama, a la misma habitación, un año y medio después de que le diagnosticasen a Cristina un cáncer del que no se curará nunca. Ella muriéndose en paliativos, yo en la planta décima de digestivo», escribió Lagarriga durante esta dura estancia hospitalaria.

«Carlos siempre iba con un cigarro y un cuaderno en el que anotaba todo cuanto se le ocurría», ha explicado a EFE Roser Herrera, su segunda esposa, que estaba embarazada de ocho meses cuando diagnosticaron a su marido un cáncer terminal.

El cuaderno le acompañó siempre en sus ingresos hospitalarios y también en sus visitas a los médicos, igual que el tabaco.

El pequeño cuaderno de anotaciones hospitalarias de Lagarriga es «un dietario de dolor y luz que espanta las incertidumbres, la desesperanza y el miedo a manotazos de fe, de esperanza y buen humor», destacan los responsables de la editorial Albada, que han decidido publicar estas anotaciones que dejó escritas el paciente, en lengua catalana en la colección de testimonios ‘La Descoberta’ y en castellano en la colección ‘Trayectos’.

Con prólogo del periodista y escritor Antonio Iturbe, el libro de apenas 132 páginas recoge los aforismos, frases ingeniosas, observaciones y comentarios de Lagarriga, quien, cuando la radióloga le preguntaba si tenía alguna de cosa de hierro respondía: «la salud, desde luego no».

«Yo destacaría sobre todo su sentido del humor ante todo lo que estaba viviendo. Era capaz de ver todas las cosas adversas con un toque de humor. Siempre fumando y apuntando», destaca su viuda.

Aún recuerda Roser Herrera cómo consiguió en plena pandemia llevarle al hospital una mochila con un cargador de móvil y cómo la enfermera se apiadó de ella y le dejó ver a su esposo desde la puerta de la habitación, en el momento más confinado de la epidemia, cuando los hospitales estaban bunquerizados y no se permitía ninguna visita.

También Lagarriga dedicó en sus notas palabras de agradecimiento a las enfermeras que le cuidaron: «Con sus pasitos cortos y apresurados, las enfermeras van besando el suelo con sus zapatillas. El resto besamos el suelo que ellas pisan».

«Carlos era una persona especial, poliédrica, le encantaba escribir y, sobre todo, nunca perdía el sentido del humor», ha subrayado Herrera, que pidió llevar a su marido ya moribundo a su casa para que no acabara sus días sin compañía en el hospital. «Llegamos a casa, y cinco horas después murió», ha rememorado su compañera.

En el libro póstumo, Lagarriga describe con ingenio y un toque poético cómo subía y bajaba las plantas del hospital enganchado a su gotero y a su cigarrillo, el episodio de la irrupción ruidosa de una familia gitana, sus fintas al dolor y describe los pasillos de urgencia como «unos sanfermines corriendo delante de una bestia, con pañuelico, chupinazo y gritos de ‘ay de mí’. Sabemos que tarde o temprano nos atrapará el toro, pero no cuándo».

«Sabré que me he muerto cuando ya nadie me recuerde que deje de fumar», dejó escrito el empedernido fumador, que se preguntaba: «¿por qué demonios tenemos dedos en los pies?

«Como estamos en el cambio de estación y veo por la ventana que los árboles ornan caprichosamente según qué intervalos más o menos verdes del hospital, me pregunto si soy perennifolio o caducifolio. Me inclino por la segunda opción, esperando siempre otro milagro de la primavera», anotó en su cuaderno.

Lagarriga dejó escrito que nadie buscase en sus notas «ninguna coherencia» porque «si lo hubiese probado, me habría salido un ensayo o una tesis, y no esto».

Iturbe resalta que la historia de este pequeño libro «es bonita, pero sus páginas aún lo son más. Tienen un toque poético, una elegancia emocional desgarradora y rebosan del sentido del humor indestructible de Carlos, que le hace ver los pasillos de urgencias como las calles de los sanfermines».

En la página 12 del libro Lagarriga dejó anotado: «En realidad, si lo pensamos bien, la única cosa que se necesita para morirse es estar vivo. No sé si al revés funciona».