Fuego, fervor y pasión en Los Escobazos, fiesta ancestral de La Vera (Cáceres)

Jarandilla de la Vera (Cáceres), 8 dic (EFE).- Cientos de hogueras y escobas ardieron anoche en la localidad cacereña de Jarandilla de la Vera en honor a la Virgen de la Inmaculada, en un rito sustentado por el fuego, el fervor y la pasión que desde hace siglos se convierte en la mayor expresión cultural de este municipio del norte de Cáceres.

Cientos de hogueras y escobas ardieron anoche en la localidad cacereña de Jarandilla de la Vera en honor a la Virgen de la Inmaculada, en un rito sustentado por el fuego, el fervor y la pasión que desde hace siglos se convierte en la mayor expresión cultural de este municipio del norte de Cáceres. EFE/Eduardo Palomo

«Los Escobazos», denominación popular de esta fiesta declarada de interés turístico regional y que aspira a conseguir la declaración nacional, volvieron a reunir la víspera de la festividad de la Inmaculada Concepción a miles de visitantes que, como reza la tradición, fueron saludados con escobas en llamas y agasajados con vino por los vecinos de Jarandilla.

Cientos de hogueras y escobas ardieron anoche en la localidad cacereña de Jarandilla de la Vera en honor a la Virgen de la Inmaculada, en un rito sustentado por el fuego, el fervor y la pasión que desde hace siglos se convierte en la mayor expresión cultural de este municipio del norte de Cáceres. EFE/Eduardo Palomo

Y es que, al llegar la noche del 7 de diciembre a la madrugada del 8, Jarandilla de la Vera está en ascuas material y espiritualmente.

Así, un año más y como símbolo de alegría y cordialidad, los «escobazos» impregnaron de calor la gélida noche verata, desde el atardecer, hasta pasada la medianoche y bien entrada la madrugada.

En los sitios más estratégicos de la población cacereña ardieron en honor a la Inmaculada inmensas hogueras y escobones de retamas recogidas por los vecinos de la localidad y puestas a cubierto para que se secaran días antes de la celebración de la fiesta.

Uno de los momentos más emocionantes de esta fiesta volvió a ser la reunión de los vecinos con «escobazos» en la plaza Mayor, donde, una vez encendidos comenzaron a golpearse con ellos entre unos y otros en la espalda y en las piernas, pero nunca en la cabeza o con los tizones, como indican las normas festivas.

Mientras, muchos esperaron pacientes la llegada del mayordomo, que recogió de manos del párroco otro de los símbolos principales de la fiesta, el estandarte de la Virgen de la Concepción, que fue llevado en procesión por las calles del municipio entre música, sonoros vivas y arropado por cientos de personas portando sus escobones a modo de antorchas.

«Fuego, pasión, orgullo y alegría», son las cuatro palabras con las que el alcalde de Jarandilla de la Vera, Fermín Encabo, resume uno de los momentos más mágicos de todo el año.

El primer edil ha defendido que «aunque busquemos palabras para definir Los Escobazos, lo cierto es que hay que estar aquí dentro para ver lo que se siente, porque para nosotros, los jarandillanos, resulta inexplicable».

Cada jarandillano quema cuatro o cinco escobazos durante este festejo sobre cuyos orígenes existen diversas leyendas, entre ellas la que rememora la norma que antaño tenían los pastores de la zona de intercambiar escobazos como muestra de alegría y saludo jubiloso, tras largas temporadas de duro trabajo en la Sierra de Tormantos sin ir al pueblo y sin verse.

Otras versiones apuntan la posibilidad de que estas celebraciones sean derivaciones de un auto de fe, tan comunes en la comarca verata siglos atrás, y como forma usual de agradecer a la Virgen de la Inmaculada su protección, una vez finalizadas las faenas agrícolas del otoño.

Además, se conserva la creencia de que las caballerías que asisten a la procesión de la Virgen quedan protegidas contra todos los males durante el año venidero.