A la propaganda rusa también se le acaba la munición

Moscú (EFE).- La propaganda rusa ha pasado en estos nueve meses de la euforia de las primeras semanas de la campaña militar en Ucrania a la resignación por la falta de avances y a la profunda decepción por las derrotas en el campo de batalla desde agosto.

La pauta de la narrativa oficial la marca la televisión pública, pero también un belicoso batallón de expertos y blogueros militares que ha surgido como hongos en las redes sociales.

Para el presidente ruso, Vladímir Putin, la prensa debe cerrar filas con el Kremlin para lograr también la victoria en el campo informativo, donde la batalla no es menos cruenta.

Guerra relámpago

La propaganda oficialista lo tuvo fácil en febrero y marzo, ya que todo eran victorias, sea el imparable avance en el Donbás, la ofensiva hacia Kiev y Járkov, la toma de las centrales nucleares de Chernóbil y Zaporiyia, o la conquista de Jersón.

A la propaganda rusa también se le acaba la munición
Ciudadanos rusos reclutados para la guerra se despiden de sus familiares en Moscú. EFE/EPA/Maxim Shipenkov

La retirada «voluntaria» del norte de la capital ucraniana a principios de abril fue sólo un pequeño contratiempo. Siempre quedará la república popular de Lugansk, región controlada casi totalmente por las tropas rusas desde julio.

Entonces, el Ejército ucraniano no dejaba de retroceder ante el empuje de la aviación y la artillería rusas. Millones de ucranianos se vieron obligados a abandonar su país. La victoria rusa era cuestión de tiempo.

A las denuncias de crímenes de guerra, Putin respondió con que la campaña militar tenía unos objetivos «nobles» -salvar a la población prorrusa del Donbás-, mientras la Iglesia Ortodoxa garantizaba el perdón de todos los pecados y la salvación a los combatientes muertos en combate.

En franca retirada

La cobertura se enfangó con la vuelta al colegio a principios de septiembre. Los rusos, que habían podido desconectar en las casas de campo en verano, se encontraron con que no sabían si su país estaba ganando o perdiendo la guerra.

A la propaganda rusa también se le acaba la munición
Un ruso reclutado para la guerra, durante unas prácticas de tiro. EFE/EPA/Alessandro Guerra

La repentina retirada de la región oriental de Járkov confirmó que las cosas no iban bien. Por primera vez, algunos políticos, como el líder comunista, Guennadi Ziugánov, comenzaron a hablar de una posible «derrota», una palabra proscrita por la propaganda oficial.

El «todo marcha acorde al plan» o «los objetivos iniciales no han cambiado» ya no surtían el efecto deseado.

El Kremlin intentó dar la vuelta a la situación en el campo de batalla con la movilización parcial, pero el decreto presidencial fue un fiasco desde el punto de vista propagandístico, ya que una gran mayoría de rusos no quiere combatir.

Los medios se las vieron y desearon para ocultar el éxodo masivo de rusos en edad militar a través de la frontera con Kazajistán, Georgia, Mongolia o Armenia, pero también con países occidentales como Estonia y Finlandia.

El Kremlin se sacó otro as de la manga. Aceleró los planes de anexionarse cuatro regiones ucranianas: Donetsk, Lugansk, Jersón y Zaporiyia. La ceremonia en el Kremlin, como ocurriera hace ocho años con la anexión de Crimea, mantuvo ocupados a los medios durante varios días.

A la propaganda rusa también se le acaba la munición
Manifestación en Moscú para celebrar la adhesión de nuevos territorios a Rusia en septiembre. EFE/EPA/Yuri Kochetkov

Pero la euforia duró poco. Al día siguiente, los rusos perdieron el bastión de Limán, en Donetsk. La anexión era papel mojado.

«Ya nadie se cree nada. Son demasiadas mentiras», comentó a Efe una periodista que trabaja desde hace décadas para un medio oficial.

Sin noticias del frente

Putin decidió desempolvar una vieja estrategia, promesas y más promesas sociales. Así, para acallar las quejas de los movilizados y voluntarios por la falta de equipos y de instrucción militar, les prometió el estatus de veteranos de guerra y a las familias con hijos, nuevos subsidios.

Pero ya era demasiado tarde. A la propaganda rusa se le acabó la munición. Justo en ese momento la campaña militar rusa recibió la puntilla. El comandante de las fuerzas rusas en Ucrania, Serguéi Surovikin, anunció la retirada del norte de Jersón, incluido la única capital regional bajo control ruso.

Propagandistas como uno de los ideólogos del ultranacionalismo ruso, Alexander Duguin, se mostró muy crítico con el Kremlin, al que recordó que «Jersón ha sido entregada».

«Ha sido entregada una ciudad rusa, la capital de una de las regiones de Rusia, como Belgorod, Kursk, Donetsk o Simferópol. Si a usted le da igual, es que usted no es ruso», escribió.

«El poder es responsable de esto (…). Las autoridades en Rusia no pueden entregar nada más. Ya han superado el límite», advirtió y aludió a que en un régimen absolutista como el ruso la responsabilidad recae exclusivamente en el líder del país.

En la misma línea, el antiguo asesor del Kremlin, Serguéi Márkov, y varios blogueros no dudaron en hablar de humillación y de la mayor derrota geopolítica desde la desintegración soviética en 1991.

La televisión pública no sabía cómo explicar el fiasco, así que optó por la estrategia informativa más utilizada por los regímenes autoritarios: «No news, good news». (La falta de noticias es una buena noticia).

En los días siguientes los rusos no recibieron noticias del frente, es decir, de cómo los soldados rusos abandonaban los territorios anexionados, donde los propagandistas del Kremlin dijeron hace sólo dos meses que Rusia había venido para quedarse para siempre.