Jóvenes ciegos de Erasmus: Pese al miedo atroz, marca un antes y un después

Marina Segura Ramos |

Madrid (EFE).- Marta, con una discapacidad visual severa, y Rubén, con ceguera total, coinciden en que el Erasmus+ marcó un antes y un después en su vida, pero la aventura no está exenta de dificultades y, pese a no ser «superhéroes», tuvieron que asumir riesgos: «No puedes ir con un abrigo tan fuerte que no sepas lo que es pasar frío».

«Iba con un miedo atroz, muy preocupado y cuando me encerré en mi cuarto me dije ‘¿dónde te has metido?’. Después comprendes que hay que salir, como te quedes quieto estás perdido», explica Rubén Martínez, que forma parte del escaso 1,5 % de jóvenes con discapacidad que toman parte en este programa europeo, que celebra su 35 aniversario en 2022.

El objetivo es aumentar este porcentaje en un 5 % en 2025, explica a EFE la secretaria de Juventudes de la ONCE, Raquel Correa, una de las asistentes al Evento Europeo de la Juventud (EYE, por sus siglas en inglés), celebrado estos días en Santander junto a otros mil participantes.

«Hay barreras que no se terminan por salvar aunque se esté trabajando en ello a través de la Estrategia de Inclusión del Cuerpo Europeo de la Solidaridad y de Erasmus +», subraya.

Rubén: Mis compañeros me quitaban el jamón. ¡Me cago en la leche, es mi jamón!

Rubén, que convivía con cinco británicas, un escocés y un francés en una residencia de la Universidad de Exeter (Reino Unido), asegura que hubo momentos en los que apenas salía del cuarto: «No es fácil, no soy un súperhéroe, pero hay que asumir riesgos. Al final, es la mejor decisión que he tomado en mi vida».

A su juicio, es necesario eliminar «la zona de confort y ultraseguridad: tú no te puedes ir de Erasmus con un abrigo tan tan tan fuerte que no sepas lo que es pasar frío». Reconoce que sus compañeros a veces se la liaban cuando salían de fiesta y también que le «mangaban» el jamón traído de España: «¡Me cago en la leche, es mi jamón!».

«Saqué autonomía, capacidad de superación, madurez no, porque sigo siendo el mismo mendrugo que siempre, aunque ahora tengo más responsabilidades y otros hábitos», explica Rubén, que cree también necesario apoyo institucional y una mayor cobertura económica para llevar esta aventura a buen puerto.

Marta Malgor eligió una de las ciudades más caóticas: Roma

Marta Malgor, con una deficiencia visual grave -ve muy desenfocado y mal- eligió para su Erasmus la Universidad de La Sapienza, una de las universidades más grandes de Europa en una de las ciudades más caóticas del continente, Roma.

Marta tenía veinte años cuando abandonó la casa de sus padres en su pequeña Oviedo y uno de los retos que enfrentó, aparte de la búsqueda de casa, fue enfrentarse a una ciudad tan grande, con un tráfico en el que había que andarse con cuidado «hasta de cruzar la calle».

«Pero cuando las cosas funcionan mal la gente está más acostumbrada a que preguntes», añade Marta, que se ríe cuando recuerda que fue incapaz de encontrar la oficina de atención a alumnos con discapacidad de La Sapienza, así que acabó hablando de forma individual con cada profesor.

Además de su discapacidad, tuvo que luchar contra la barrera del idioma y «los que tenemos discapacidad visual tiramos mucho del lenguaje y de repente que sea un problema pues es muy frustrante -dice-«.

Afortunadamente sus profesores no utilizaban muchos recursos visuales, eran casi todas clases expositivas y la mayoría de los exámenes eran orales. Marta sí pedía «ampliaciones para los pocos exámenes escritos que había (de tiempo y de la letra del texto, en Arial 18 y en negrita)».

Pese a las dificultades, «sales ganando en autonomía -afirma-, en sacarte las castañas del fuego. Maduras. Esta experiencia marcó un antes y un después en mi vida».

Daniel se echó atrás en el último momento

Daniel Álvarez, de 26 años y con ceguera total, intentó irse de Erasmus hace dos años, pero en el último momento se echó atrás.

Entre los obstáculos que menciona, figura la escasa accesibilidad de las webs de la universidad de destino (Coventry, Inglaterra), lo que le impedía obtener toda la información necesaria sobre el tipo de apoyos que podía recibir allí.

«Incluso tengo compañeros -añade- que han renunciado en las primeras etapas por ese miedo a lo desconocido. En esta fase inicial es muy necesario el apoyo personalizado, ayudarte con los trámites y conocer los servicios de la universidad extranjera».

Daniel comprende que uno de los objetivos de Erasmus es fomentar la autonomía y que «investigues por tus propios medios para que seas más independiente y proactivo, pero necesitamos que todo sea más accesible y recibir más apoyo en algunos momentos», reclama.

«En mi caso, lo más determinante fue que no coincidía, y lo vi a última hora, de que no había una correspondencia con mis estudios, sí podían hacer algunas convalidaciones de asignaturas pero el grueso, no. A lo mejor alguien sin discapacidad se habría dado cuenta de ello desde al principio», lamenta.

Raquel Correa: Hay temas que trascienden al propio Erasmus

Durante la reunión de Santander, señala la secretaria de Juventudes de la ONCE, se identificaron muchos problemas, incluidos aquellos que trascienden el propio ámbito de Erasmus, como los alojamientos y el soporte en el transporte público.

Entre las dificultades concretas menciona la existencia de plataformas virtuales de enseñanza de idiomas que no admiten lectores de pantalla; las barreras físicas; no poder viajar en determinadas líneas aéreas por tener ceguera total o ir en silla de ruedas o no saber de qué servicios va a disponer el estudiante en su destino.

«Tenemos gente que quería un Erasmus+ y cuando ya tenían prácticamente hechos todos los trámites se ha quedado a las puertas porque la Universidad no les aseguraba la accesibilidad de los materiales», concluye Correa.

Edición web: Rocío Casas