El Museo de Altamira reivindica, en el centenario de su nacimiento, la figura del fotógrafo Francisco Santamatilde. EFE/Pedro Puente Hoyos

La mirada que documentó y ayudó a salvar Altamira

Javier G. Paradelo |

Altamira (EFE).- La historia de la conservación de las pinturas de la cueva de Altamira no puede entenderse sin la figura de Francisco Santamatilde, un fotógrafo que convirtió su cámara en herramienta científica y testimonio clave de uno de los mayores desafíos patrimoniales del siglo XX.

El Museo de Altamira recupera ahora su legado con una exposición en el centenario del nacimiento de este fotógrafo santanderino (1926-2012), que reivindica su papel en la detección del deterioro que estaban sufriendo las pinturas rupestres por la masiva presencia de visitantes.

Bajo el título “Francisco Santamatilde: el fotógrafo que salvó Altamira”, la muestra reúne documentos, material fotográfico y objetos personales cedidos por su familia para reconstruir una trayectoria marcada por la sensibilidad artística y el compromiso con el patrimonio.

Además, la muestra está comisariada por la hija del fotógrafo, Ana Santamatilde, y por el profesor de Prehistoria Manuel González, que aportan dos visiones sobre el artista, la del interesado en el arte pictórico y la de una persona que supo ver antes que nadie el deterioro de las pinturas.

El recorrido expositivo sitúa al visitante en los años sesenta y setenta, cuando Santamatilde accedió a la cueva con la intención de capturar la riqueza cromática de los bisontes y figuras del techo de policromos.

Sus imágenes, pioneras en color, permitieron por primera vez difundir entre el gran público la intensidad de los pigmentos utilizados por los artistas prehistóricos, un trabajo que fue concebido con una vocación estética y que acabó adquiriendo una dimensión científica y conservacionista.

González Morales explica que Santamatilde puso al servicio de la difusión de Altamira las técnicas fotográficas más avanzadas de su tiempo para reproducir fielmente las imágenes.

Los comisarios de la Exposición ‘Francisco Santamatilde: el fotógrafo que salvó Altamira’; la hija del fotógrafo, Ana Santamatilde (d), y el profesor de Prehistoria Manuel González (i). EFE/Pedro Puente Hoyos

Un década después de sus primeras fotografías, y al comparar sus propias imágenes de los años sesenta con las posteriores, detectó el deterioro que estaban sufriendo las pinturas, de manera que esos negativos se convirtieron en una herramienta decisiva para poder demostrar el deterioro.

Un punto de inflexión en la gestión de la cueva

Morales recuerda la icónica imagen que Santamatilde tomó de la cierva pintada en el techo de los polícromos, imagen que en un fotomontaje ilustra el cartel de la exposición, y que sirvió para documentar la evidente pérdida de color de la figura, sobre todo en su cabeza.

Este hallazgo derivó en una de las primeras denuncias públicas sobre el estado de conservación de Altamira, sobre todo en un reportaje que publicó en octubre de 1975 en la revista “Sábado Gráfico”, marcando un punto de inflexión en la gestión de la cueva original.

El profesor sostiene que, en un contexto en el que el cierre de la cueva era una cuestión tabú por su impacto económico, Santamatilde decidió denunciar de manera pública los problemas que podía acarrear el deterioro de las pinturas, aunque durante años la autoría de las fotos permaneció en el anonimato.

A su juicio, las imágenes de Santamatilde contribuyeron a generar una conciencia institucional sobre la fragilidad del conjunto rupestre y desembocaron en el primer cierre de la cueva para garantizar su conservación, antes incluso de ser declarada Patrimonio Mundial.

El Museo de Altamira reivindica, en el centenario de su nacimiento, la figura del fotógrafo Francisco Santamatilde que presentó en 1975 la primera denuncia pública sobre la sobreexposición de la pinturas de Altamira por la afluencia masiva de público. EFE/Pedro Puente Hoyos

González Morales, que colaboró en Santamatilde, asegura que el artista siempre consideró que su trabajo estaba cumplido con haber contribuido a salvar las pinturas de Altamira.

Ana Santamatilde aporta a la exposición una dimensión más familiar del fotógrafo a través de sus recuerdos, sobre cómo un marino de profesión decidió dejar el mar para dedicarse a su pasión, el arte, a través de una cámara Mamiya de medio formato.

Recuerda que la vinculación de su padre con el patrimonio y con Santillana de Mar le llevaron hacia “su verdadera pasión por la cueva” y por las belleza de las pinturas.

Esa misma pasión fue la que también le hizo comprender su fragilidad, de forma que convirtió la fotografía en documento, denuncia y herramienta de conservación.