Christian Afonso | Jerez de la Frontera (Cádiz) (EFE).- Alrededor de medio centenar de personas se han convertido en una «familia» improvisada en El Portal, una de las pedanías rurales de Jerez de la Frontera, tras tener que abandonar sus hogares ante la crecida del río Guadalete por las intensas lluvias de las últimas semanas y que están unidas por la incertidumbre de lo que pasará ahora.
çEn la Casa Encuentro ‘El Santo Ángel’ se congregan muchas vidas que se han visto pausadas por las inundaciones provocadas por el cauce del río Guadalete, en niveles históricos. Allí Cáritas atiende a quienes no han encontrado otra alternativa habitacional en estos días, que tratan de apoyarse y darse ánimos entre sí ante el episodio que están viviendo.
Una de las personas que se encuentran en este recurso de la organización religiosa es Inma, quien ha vuelto a este hogar este miércoles después de haber pasado ya unas jornadas la semana pasada por el riesgo que entrañaba el río.
La mujer cuenta a EFE que el desalojo fue «un caos» porque se encontraban en la disyuntiva de saber cómo dejaban las casas, intentando que todo estuviera «lo mejor posible» para evitar mayores afecciones, y también por encontrar un sitio donde poder alojar a sus animales.

La incertidumbre
«Lo peor es la incertidumbre por todos los días que van pasando y el miedo al qué pasará», resume mientras termina de organizar la cocina del hogar antes de ponerse manos a la obra con el almuerzo.
Inma asegura que esta es la primera vez que se ha visto forzada a dejar su casa atrás por el peligro de inundación. Aunque en otras ocasiones sí que ha habido algún tipo de alerta, hasta ahora nunca había visto el peligro tan de cerca, por «el viento, el agua que cae y los nidos de cigüeñas que hay cerca de casa», como para decidir que lo mejor era dejar todo atrás.
«Una vez que llegamos aquí, gracias a Cáritas y las personas que nos apoyan, pues estamos un poco más tranquilos. La mayoría nos conocemos, somos vecinos, así que nos apoyamos entre nosotros, sobre todo a quienes están un poco más ansiosos», explica.
Y es que, tal y como dice Ana a EFE, también vecina desalojada de la pedanía de El Portal, «aquí todos los que estamos somos como una familia», ya que son vecinos que se conocen de toda la vida en la barriada: «Estamos todos a una, si a alguien le falta algo, vamos para allá… Nos ayudamos todos porque es lo que hay que hacer».
Miedo al dormir y ansiedad al despertar
Mientras se escuchan risas y juegos de niños de fondo, Inma expresa la preocupación que comparten el cerca de medio centenar de vecinos desalojados en el hogar de Cáritas. Sienten «miedo» cada noche, lo que no les permite dormir bien, y «ansiedad» cuando tienen que levantarse e ir a comprobar si sus viviendas se han visto afectadas por el agua.
«Estamos todos nerviosos, y cuando ayer empezó a anegarse parte del campo allá abajo, que el agua estaba llegando incluso a terrenos de algunos vecinos, eso nos puso en alarma a todos», agrega.
Ana comparte este sentimiento y pide su deseo: «A ver si deja de llover y dejan de echar agua los pantanos, porque es que están llenitos».
Esta mujer septuagenaria también tuvo que ser desalojada la semana pasada de su casa en El Portal pero, a diferencia de Inma, decidió quedarse en el recurso alojativo de Cáritas pese a que les permitieron, bajo su responsabilidad, regresar a sus hogares.
«Pero yo dije que me iba a quedar aquí… No quería bajar otra vez para quitar muebles, y ya me he quedado aquí con mi hijo», apunta.
Y eso que su otra hija, que vive en Jerez, le ha dicho que se vaya a su casa a pasar estos días, algo que ha rechazado porque quiere estar «cerquita» de su casa, que se encuentra al lado del puente que da acceso por una de las vías que discurre por la pedanía rural.
Admite que está «acojoná, como suele decirse» porque no quiere tener que empezar a su edad de cero, y tener que reconstruir su casa y sus pertenencias, estando viuda y con un hijo a su cargo.
La urna, las joyas y las mantillas
Pese a que tuvieron que salir corriendo de sus casas, pudieron coger algunas pertenencias que llevarse consigo. Ana lo tuvo claro desde el principio: lo primero que cogió fue la urna con las cenizas de su marido, pero también sus joyas y sus mantillas.
Mientras una vecina le ayuda a ponerse carmín en los labios, bromea: «Me echan de casa, pero la coquetería es lo último que se pierde». EFE