La fotógrafa Espe Pons durante la inauguración de la exposición ‘Cosmos’, con la que el Gobierno de Canarias conmemora el Día en Memoria de los Menores Robados y sus Familias, dentro de los proyectos de divulgación sobre la Memoria Histórica en Canarias. EFE/Miguel Barreto
La fotógrafa Espe Pons durante la inauguración de la exposición ‘Cosmos’, con la que el Gobierno de Canarias conmemora el Día en Memoria de los Menores Robados y sus Familias, dentro de los proyectos de divulgación sobre la Memoria Histórica en Canarias. EFE/Miguel Barreto

Las víctimas de los niños robados buscan en «Cosmos» las piezas de una identidad rota

Belén Rodríguez |

Santa Cruz de Tenerife (EFE).- Vicente Macías sabe cuándo nació, pero desconoce qué ocurrió durante los 27 días que transcurrieron hasta que apareció registrado en una Casa Cuna. Dácil Vera creció con una identidad que creía propia hasta que, a los 40 años, descubrió que no era hija biológica de quienes figuraban como sus padres. Sus historias son distintas, pero comparten una misma herida: una identidad rota y una parte esencial de sus vidas que todavía buscan reconstruir.

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Son dos de las voces que atraviesan «Cosmos», el proyecto fotográfico de Espe Pons encargado por el Gobierno de Canarias sobre la sustracción de menores en Canarias, una obra que, más allá de las imágenes, intenta iluminar una historia construida durante décadas sobre silencios, documentos que no aparecen y familias que siguen buscando respuestas.

Pons ha dedicado dos años a investigar esta realidad, ha recorrido archivos, antiguos centros de acogida, hospitales, cárceles y otros lugares vinculados a la memoria de aquellos niños, y ha escuchado a víctimas, madres, hermanos y personas que prefieren permanecer en el anonimato.

De las más de 60 fotografías que forman el libro, 13 han llegado a la exposición instalada en el Parlamento de Canarias, que muestra espacios como la antigua Casa del Niño de Las Palmas de Gran Canaria o el antiguo hospital de la Beneficencia de Santa Cruz de Tenerife y termina en el Laboratorio de Genética Forense de Las Palmas, donde una imagen de una extracción de ADN introduce una posible vía de salida al laberinto.

La identidad que apareció por casualidad

Dácil Vera descubrió a los 40 años que no era hija biológica de sus padres y que fue entregada mediante una adopción irregular desde Madrid.

Un comentario de su madre adoptiva durante una visita al ginecólogo, a quien le confesó que nunca había dado a luz, abrió una grieta que Dácil no ha podido cerrar, al no haber dado aún con el paradero de su familia biológica debido a las dificultades con las que se encuentra para acceder a la documentación que le permita reconstruir su historia.

Tras una conversación con su madre, ya fallecida, descubrió que sus padres adoptivos habían viajado desde Canarias a Madrid, que habían pagado 180.000 pesetas por ella y que su nombre era otro.

«Lo único que no nos han podido robar fue el ADN», ha afirmado esta víctima, quien cree que la prueba de ADN es una herramienta decisiva, ya que quizás su madre biológica no sepa que aquella niña sobrevivió, pero algún familiar puede haberse realizado una prueba genética.

Un primo lejano, incluso en otro país, podría convertirse en el hilo que conduzca hasta Dácil, que como delegada en Canarias de SOS Bebés Robados Madrid ayuda a personas en su misma situación.

Veinte días que no aparecen

La historia de Vicente Macías comienza con otra ausencia. Nació el 20 de abril de 1974. En los registros de la conocida como la Casa Cuna, en Santa Cruz de Tenerife, aparece el 17 de mayo. Entre ambas fechas hay 27 días de los que no sabe nada.

«Tiene que ser que yo era muy inteligente y me fui por ahí de parranda y aparecí en la Casa Cuna», ha bromeado, antes de volver a la tragedia de una historia que lleva décadas intentando reconstruir.

Los documentos que conserva acreditan su entrada y salida, pero apenas explican qué ocurrió durante el tiempo que supuestamente permaneció allí. No hay registros de enfermedades, visitas médicas ni personas que fueran a verlo.

Vicente, cuyo padre adoptivo murió cuando tenía 13 años y su madre lo hizo hace tres y siempre se negó a hablar del asunto, descubrió también de forma accidental que había sido adoptado con 22 años, cuando encontró unos documentos relacionados con su adopción mientras preparaba un trabajo de delineación.

Treinta años después continúa buscando, pues aunque atesora pruebas de ADN y documentos que apuntan a contradicciones sobre su identidad, cuando intenta acceder a más datos se encuentra con nuevas barreras.

Todo son trabas, ha lamentado, y él lo único que quiere es saber de dónde viene.

Más de 30 años buscando a su hija

La historia de Dolores Guerra muestra la otra cara de la moneda, la de las mujeres que perdieron a sus bebés, en su caso, en paradero desconocido desde que en 1992 nació en el Hospital Materno Infantil de Las Palmas de Gran Canaria.

Nunca llegó a verla, durante el parto le dijeron que la niña tenía hidrocefalia y que debían realizarle unas pruebas, pero no le entregaron ni a la recién nacida ni documentación que acreditara su muerte, ni tampoco pudo conocer qué ocurrió con sus restos.

Con el paso de los años, al intentar reconstruir lo sucedido, comprobó que tampoco figuraba documentación que permitiera acreditar el fallecimiento o un enterramiento, por lo que mantiene la convicción de que su hija pudo sobrevivir.

Los que se fueron esperando

La dimensión colectiva de estas búsquedas la ha puesto sobre la mesa Jorge Rodríguez, presidente del Colectivo Sin Identidad, quien ha lamentado que muchas víctimas se han muerto sin conseguir conocer su origen.

Se trata de personas que durante décadas buscaron sus documentos de identidad, expedientes de centros de acogida, instituciones religiosas o establecimientos asistenciales.

Esta es, según Rodríguez, documentación que debería haber quedado bajo custodia institucional y que hoy es inaccesible, lo que, a su juicio, hace que este colectivo sea «el más desgraciado de este país por sufrir la máxima inseguridad humana: sin identidad civil ni vínculos biológicos».

Para el presidente del Colectivo Sin Identidad la exposición de Espe Pons representa algo más que un conjunto de fotografías, es una oportunidad para hacer visible una historia que durante demasiado tiempo ha permanecido fuera del relato público.

«Cosmos» recorre así las historias de quienes se les ocultó la posibilidad de buscar, de otras que fallecieron sin conocer sus verdaderos orígenes y de quienes, como Dácil y Vicente, siguen buscando su identidad, rota por el silencio y la dificultad burocrática para acceder a sus orígenes. EFE