Ares Biescas Rue
Barcelona (EFE).- El periodista de investigación Manel Riu afirma que los trabajadores que evitaron una catástrofe nuclear en la central de Vandellòs I hace 36 años sentían que se quemaba «su propia casa» y arriesgaron sus vidas porque sabían que «nadie de fuera lo haría por ellos».
Riu (1995, Barcelona) ofrece en el libro ‘Els herois de Vandellòs I’ (Saldonar) un relato pormenorizado de las horas posteriores al incidente nuclear del 19 de octubre de 1989, así como un viaje histórico por la red de relaciones sociales y luchas comunitarias que florecieron alrededor de la nuclear.
En una entrevista con EFE, el periodista explica que, a medida que corrían las primeras voces del incendio en la central, los trabajadores que estaban fuera de turno dejaron a sus familias en casa y se lanzaron directos a atender la emergencia, en una «reacción en cadena» que hizo posible que la catástrofe no fuese a más.
En el libro, el periodista destaca testimonios impactantes, como el de Felipe Sanz, un trabajador que, durante una inundación repentina en una zona subterránea junto a las turbinas -causada por la rotura de una enorme tubería-, se lanzó al agua pese al alto riesgo de electrocutarse.

Una mirada sobre la respuesta social
Mientras tanto, «no hubo ningún político, ni del Consejo de Seguridad Nacional, ni algún alto cargo de la empresa» que liderara la respuesta a la emergencia, e incluso el gobernador civil de Tarragona, Ramón Sánchez, «se enteró de lo que estaba pasando por una llamada de un periodista», relata Riu.
Los meses y años posteriores, el debate público giró alrededor de las posibles consecuencias que hubiese tenido el incidente si no se hubiese resuelto a tiempo, en un momento en el que el recuerdo de la catástrofe nuclear de Chernóbil, apenas tres años antes, seguía muy fresco en la memoria ciudadana.
El periodista, sin embargo, pide trascender estas discusiones y observar una parte «mucho más interesante» de la historia, como «la diferente respuesta social que generó» en las distintas poblaciones cercanas a la central, «separadas por tan solo diez kilómetros de distancia».
Así, los pescadores de L’Ametlla de Mar, que sentían que el proyecto energético amenazaba la pesca de la que vivían, hablaban del incidente como «si hubiesen estado a punto de morir en masa», mientras que los trabajadores de la nuclear querían que la central continuase funcionando porque su vida dependía de ello.
Un cierre traumático
«Si hablas con los antiguos trabajadores, el cierre de la central fue mucho más traumático que el accidente nuclear», ya que significó abandonar su vida y memorias en el poblado construido especialmente para ellos por Hifrensa, la empresa encargada de Vandellòs I, relata el periodista.
Este poblado era una especie de gran familia obrera aislada de las normas rígidas heredadas del franquismo, con una escuela laica en catalán y una rica vida comunitaria en la que hombres, mujeres y criaturas compartían sus vidas en las calles, diseñadas por el arquitecto racionalista Antonio Bonet Castellana.
Ante el augurio del fin de su modelo de vida, muchos de los testigos del accidente «prefirieron no hablar, o no se sintieron con la libertad de hacerlo porque tenían miedo de que la sociedad no les comprendiese y que esto llevase al cierre de la central», que se clausuró finalmente en 1990.
Falta de reconocimiento
El silencio autoimpuesto se mezcló con «un sentimiento de decepción por la falta de reconocimiento público por parte de la empresa o de las autoridades a los trabajadores que se jugaron la vida esa noche», en un borrado de la memoria que este libro ha pretendido revertir.
El trabajo de investigación repasa cómo se llegó al accidente, con errores como que no se aplicaran unos cambios en los protocolos de seguridad tras el accidente nuclear más grave que había vivido Francia en la nuclear de Saint Laurent des Eaux (Orleans), que había servido de modelo para construir Vandellòs I.
«Sin entrar a buscar culpables, es evidente que había unas obligaciones de seguridad que no se cumplieron», explica Riu, que entrevistó a 47 personas y accedió a material documental inédito como la transcripción de las conversaciones de la sala de emergencias del Consejo de Seguridad Nuclear.