Un año después de ser desalojada del asentamiento de chabolas donde llevaba casi cinco años viviendo en el barrio barcelonés de Vallcarca, Florina y otras decenas de personas gitanas rumanas que residían en el mismo solar tuvieron que abandonar sus hogares, aunque permanecen en la zona por la ayuda de sus vecinos: "El barrio nos salvó", cuenta en una entrevista con EFE.Durante todo este tiempo, los chabolistas, la mayoría procedentes de Buzau (Rumanía), han estado denunciando que su desalojo se llevó de manera violenta. EFE/ Enric Fontcuberta.

Florina, desalojada hace un año de su chabola en Vallcarca: «El barrio nos salvó»

Àlex Gutiérrez Páez |

Barcelona, 7 may (EFE).- Un año después de ser desalojada del asentamiento de chabolas donde llevaba casi cinco años viviendo en el barrio barcelonés de Vallcarca, Florina y otras decenas de personas gitanas rumanas que residían en el mismo solar tuvieron que abandonar sus hogares, aunque permanecen en la zona por la ayuda de sus vecinos: «El barrio nos salvó», cuenta en una entrevista con EFE.

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Durante todo este tiempo, los chabolistas, la mayoría procedentes de Buzău (Rumanía), han estado denunciando que su desalojo se llevó a cabo de manera violenta, con golpes incluso contra algunos vecinos que acudieron al lugar para socorrerlos, y que el gobierno municipal no les ofreció alternativas habitacionales aceptables.

«Cada uno acogió en su casa a quien podía. Uno acogía a cinco o seis, otro a cinco o seis más… hasta que cada uno encontró su sitio en Vallcarca», relata a EFE Florina, una mujer de 43 años que llegó a España hace más de dos décadas y que, tras años residiendo en chabolas, ahora vive en el cuarto de una portería del barrio.

Algunos de sus compañeros consiguieron un techo mediante pisos ocupados facilitados por las entidades locales y otros alquilaron un solar en el que conviven unas 25 personas, muchas de ellas dedicadas a la chatarrería, una de las salidas profesionales que pueden permitirse por su situación administrativa y los prejuicios que dicen recibir en entrevistas de trabajo.

«Ahora lo que es duro es que cuesta trabajar con la chatarra porque no tenemos donde dejar las furgonetas y nadie nos alquila un aparcamiento porque no transmitimos confianza», lamenta Florina, con tres hijos que superan la veintena de años, y cuya única hija volvió a Rumanía con sus dos hijos ante la falta de oportunidades.

Problemas de «seguridad»

La madrugada del 8 de mayo de 2025 arrancó un dispositivo en el que más de un centenar de agentes de la policía irrumpió en los asentamientos de Vallcarca a raíz de un incendio cerca de las chabolas que, según el consistorio, implicaba el desalojo de quienes vivían en ellas por motivos de seguridad.

Fuentes del consistorio cuentan a EFE que el desalojo se llevó a cabo porque el incendio dejó un herido dentro de las chabolas y que, ante el «riesgo inminente para la seguridad», ofrecieron «recursos habitacionales de emergencia» -estancias de 24 horas en albergues- para más tarde ofrecer «una atención social que ya se daba antes».

Florina posa para EFE en Barcelona. EFE/ Enric Fontcuberta.

Según las mismas fuentes, esta atención se centró en ofrecer opciones como centros de primera acogida, espacios municipales con cobertura de necesidades básicas (alojamiento, alimentación, higiene y atención sanitaria) destinados a «personas sin red de apoyo y necesidad de atención socioeducativa intensa».

Sin embargo, argumentan que «siempre hace falta la voluntariedad de las personas para ser atendidas» y que estos recursos «fueron rechazados», mientras que los colectivos vecinales critican que las alternativas del consistorio no son suficientes y que hay una quincena de pisos vacíos de propiedad municipal en Vallcarca.

Un vínculo especial

Tras el desalojo, algunos vecinos abrieron las puertas de sus casas para alojar temporalmente a los residentes de los asentamientos, que poco a poco fueron encontrando sitios donde resguardarse, como pisos ocupados a través de los sindicatos del barrio o solares alquilados con la ayuda de estas entidades.

«Son familias que han encontrado aquí un espacio donde trabajar y vivir. El pueblo gitano es gente con una discriminación y un racismo sufridos desde hace siglos», subraya a EFE José González, miembro de la asociación vecinal Som Barri, uno de los activistas más próximos a los chabolistas.

González hace hincapié en el vínculo entre Vallcarca y las familias gitanas rumanas que llevan décadas viviendo en el barrio, defendiendo que los vecinos han ayudado en múltiples ocasiones a los chabolistas con «problemas de familia, de papeles, facilitando espacios para dormir cuando había fuertes lluvias y con alimentos».

Imagen de archivo de las chabolas de Vallcarca. EFE/Quique García

La vida en la chabola

Florina sostiene que la vida en las chabolas no es precisamente un lujo debido al calor en verano y al frío y las lluvias en invierno, y saca pecho de su forma de ganarse la vida. «Somos clase trabajadora que se dedica a la chatarra, lo que considero que es un trabajo digno que no implica pedir nada a nadie», reivindica.

Sin embargo, lamenta que haya gente que les critique y haber escuchado algunos episodios de racismo.

«Mucha gente dice: «Si tanto los apoyas, acógelos en tu casa». Pues en Vallcarca esto funciona. Aquí la gente te abre la puerta de su casa donde vive con sus hijos», cuenta la chatarrera, quien recuerda que una reputada abogada del barrio le abrió las puertas de su vivienda, donde reside con sus dos hijos, una oferta que declinó por la idea de ocupar un espacio que según ella no le correspondía.

Por el momento, vive tranquila en el cuarto de una portería de Vallcarca, presentándose cada año a dos o tres cursos a través del Servei d’Ocupació de Catalunya (SOC) para mejorar su formación y que algún día alguien que no desconfíe de ella por sus raíces le ofrezca un trabajo que le permita vivir con dignidad en Barcelona. EFE