Loli Benlloch | Godella (Valencia) (EFE).- Envejecer entre amigos como alternativa a la soledad o a una residencia llevó a crear la cooperativa valenciana Resistir en 2016, con el sueño de impulsar la construcción de viviendas colaborativas en las que tener una casa independiente junto a espacios comunes en los que convivir y hacer actividades compartidas.
Una década después, están a punto de materializarse las primeras coviviendas de la Comunitat Valenciana en Godella, a diez kilómetros de València, donde se están acabando de construir 21 viviendas de una o dos habitaciones y de rehabilitar justo al lado una antigua casa señorial de 450 metros cuadrados que utilizarán como centro cívico y social.
Un largo camino
Llegar hasta aquí «ha sido complicado, ha sido desagradable, ha sido una paliza…, puedes poner el adjetivo que quieras. Pero aquí estamos, y pensamos estar», explica a EFE Martín García, el primer presidente de Resistir y actual vocal del consejo rector de la cooperativa, además de uno de los socios que estrenarán estas instalaciones.
Cuando empezó esta aventura que impulsó una quincena de amigos a los que les inspiraba esta fórmula nacida en Dinamarca llamada también ‘cohousing’ tenían en torno a 65 años de media. Ahora hay que sumarles diez años y muchas horas de trabajo, pero aseguran que «ha merecido la pena» y que están «felices, ilusionados y contentos».

La previsión es que antes del verano puedan trasladarse ya a estas viviendas colaborativas, cuyas obras empezaron hace tres años y que, como buenos jubilados, algunos visitan todas las semanas para ver su evolución, pese a que todavía no pueden entrar al interior.
Un alquiler mensual
Este proyecto, denominado ‘Conviure Godella’ (Convivir Godella), se ha podido desarrollar gracias a que han encontrado a un inversor que ha asumido el coste del suelo y la edificación -unos 3,5 millones de euros- y espera amortizarlo en unos años con el alquiler mensual que recibirá de la cooperativa por los 21 arrendatarios.
Los futuros inquilinos no han pagado nada de momento: solo la aportación para ser socios de esta cooperativa (600 euros) y una cuota de diez euros mensuales para gastos de administración. Una vez se instalen, calculan que pagarán un alquiler medio de mil euros -según los metros y la altura de cada casa-, inferior a cómo está el mercado.
Durante el proceso han ido abaratando costes gracias a medidas como no construir garaje o no tener lavadoras en cada casa, sino unas de uso común, y les queda definir en asamblea qué servicios tendrán en el edificio común, que quieren abrir al uso del vecindario, como una cocina grande, gimnasio o una sala medicalizada.
«No queremos ir a una residencia»
Tanto Martín García, de 76 años, como Goya Gil, de 81, y Enrique Rubio, de 74, aseveran que no quieren ir a una residencia en la etapa final de sus vidas, sino vivir en un lugar donde se conozcan todos, puedan hacer actividades en el recinto y también organizar salidas al cine o a exposiciones en compañía, y luego cada uno tener su casa con cocina y baño adaptado.
«Irnos a una residencia es lo último, ahí no se puede vivir», asevera Martín, quien antes de jubilarse era economista y funcionario de la Administración del Estado y se mudará a Godella solo, pero sabe que va a estar «muy acompañado» y rodeado de «toda esta gentecilla» que le da «mucha marcha».

Goya fue profesora de Latín, es viuda -su marido era un arquitecto enamorado de las coviviendas, pero «se le ocurrió morirse»-, se instalará con su hermana y asegura a EFE que disfrutará con los amigos que ha ido haciendo en la cooperativa estos años en los que lo que parecía «una locura» o algo «utópico» está a punto de hacerse realidad.
«Mi idea es clarísima: nada de residencias, nada de estar aparcado en casa con una persona viendo la tele todo el día, sino todo lo contrario, la máxima actividad y la máxima sociabilidad posible», reivindica Enrique, quien antes de jubilarse trabajaba en banca y se mudará junto a su mujer, que tiene una dependencia severa.
Aunque han tenido lista de espera, en estos momentos hay cuatro casas disponibles, que estarían encantados de que las ocupara gente joven, pues la cooperativa quiere ser intergeneracional.
Mientras llega el momento del traslado, se dedican a explorar el entorno: ya saben que el centro de salud está a menos de 6 minutos en autobús y la estación de metro a 7 minutos a pie en bajada «y a 14 minutos en subida», bromean.