La esclavitud en Canarias registró realidades muy complejas como la de los barracones de la Casa Fuerte de Adeje (Tenerife), donde convivieron grupos domésticos compuestos por esclavos, libertos y asalariados y, en alguna ocasión, con mujeres esclavizadas como jefas de hogar. Así lo detalla en una entrevista a EFE la historiadora de la Universidad de Santiago de Compostela Paula Barbero (c) que junto a Pablo Molejón (i), de la Institución Milà i Fontanals de Investigación en Humanidades del CSIC, ha publicado en Ediciones Universidad de Salamanca el artículo Esclavitud, espacio doméstico y familia en Tenerife: una lectura cruzada entre padrones de habitantes y protocolos notariales (1640-1845). En la imagen, Barbero (c) y Molejón (i) junto a su profesor y supervisor de parte de la investigación Isidro Dubert. EFE/ Carlos Lasarte
La esclavitud en Canarias registró realidades muy complejas como la de los barracones de la Casa Fuerte de Adeje (Tenerife), donde convivieron grupos domésticos compuestos por esclavos, libertos y asalariados y, en alguna ocasión, con mujeres esclavizadas como jefas de hogar. Así lo detalla en una entrevista a EFE la historiadora de la Universidad de Santiago de Compostela Paula Barbero (c) que junto a Pablo Molejón (i), de la Institución Milà i Fontanals de Investigación en Humanidades del CSIC, ha publicado en Ediciones Universidad de Salamanca el artículo Esclavitud, espacio doméstico y familia en Tenerife: una lectura cruzada entre padrones de habitantes y protocolos notariales (1640-1845). En la imagen, Barbero (c) y Molejón (i) junto a su profesor y supervisor de parte de la investigación Isidro Dubert. EFE/ Carlos Lasarte

Cuando esclavos, libertos y asalariados compartían hogar en Adeje, y con mujeres al frente

Ana Santana |

Santa Cruz De Tenerife (EFE).- La esclavitud en Canarias registró realidades muy complejas como la de los barracones de la Casa Fuerte de Adeje (Tenerife), donde convivieron grupos domésticos compuestos por esclavos, libertos y asalariados y, en alguna ocasión, con mujeres esclavizadas como jefas de hogar.

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Así lo detalla en una entrevista a EFE la historiadora de la Universidad de Santiago de Compostela Paula Barbero que junto a Pablo Molejón, de la Institución Milà i Fontanals de Investigación en Humanidades del CSIC, ha publicado en Ediciones Universidad de Salamanca el artículo «Esclavitud, espacio doméstico y familia en Tenerife: una lectura cruzada entre padrones de habitantes y protocolos notariales (1640-1845)».

Esta investigación analiza la realidad de la población esclavizada en Tenerife desde una perspectiva innovadora, centrada en las relaciones familiares y domésticas y para ello los autores combinaron dos tipos de fuentes: los protocolos notariales (cartas de compraventa y de libertad) y los padrones de habitantes de los siglos XVII al XIX.

Esta metodología permitió reconstruir no solo las características demográficas de la población esclava, sino también su integración en los hogares, sus vínculos familiares y las estrategias desarrolladas para sobrevivir dentro del sistema esclavista.

Aunque existen numerosos estudios sobre el comercio esclavista, la economía azucarera o el servicio doméstico, los autores señalan que la dimensión familiar de las personas esclavizadas ha recibido mucha menos atención y Paula Barbero precisa que en Canarias convivía la esclavitud urbana típica de la Península con importantes resquicios de la esclavitud de plantación característica del Caribe.

La esclavitud estuvo presente en Canarias desde la conquista del archipiélago e inicialmente afectó a la población indígena y, más tarde, se nutrió principalmente de personas procedentes del África occidental y subsahariana.

Durante el siglo XVI la mano de obra esclava fue esencial para el funcionamiento de los ingenios azucareros, pero, tras la crisis del sector, continuó utilizándose en actividades agrícolas, la construcción y, especialmente, el servicio doméstico.

Punto de tránsito

Gracias a la posición estratégica de Canarias en las rutas atlánticas, Tenerife se convirtió en un importante punto de tránsito del comercio de esclavos que alcanzó su mayor presencia durante las décadas de 1670 y 1680 y a partir del siglo XVIII comenzó un lento descenso que culminó con la desaparición casi total de la esclavitud en la primera mitad del siglo XIX.

El análisis de las cartas de compraventa revela que la mayoría de los esclavos vendidos eran jóvenes de entre 20 y 30 años, considerados los más valiosos por su capacidad física y reproductiva y existía un ligero predominio masculino, ya que los hombres representaban algo más de la mitad de las personas comercializadas.

Sin embargo, el precio medio de hombres y mujeres era muy similar y Paula Barbero explica que esta composición respondía tanto a las necesidades del mercado esclavista como al papel de Tenerife como escala en el tráfico de personas destinadas posteriormente a América.

En cuanto a la población esclavizada que residía en los hogares de la isla en las zonas rurales predominaba un equilibrio entre hombres y mujeres, mientras que en las ciudades existía una presencia ligeramente superior de mujeres debido a la importancia del servicio doméstico.

La población esclava era muy joven: una parte importante tenía menos de catorce años y abundaban incluso niños menores de cinco años, una prueba de que el trabajo infantil comenzaba desde edades muy tempranas y de que los hijos de mujeres esclavizadas heredaban automáticamente la condición de esclavos.

No obstante, también aparecen algunos ancianos, sobre todo mujeres dedicadas durante toda su vida al servicio doméstico, lo que demuestra que la explotación podía prolongarse hasta edades avanzadas.

Símbolo de estatus

En las ciudades, los propietarios solían formar parte de las élites locales —militares, comerciantes, clérigos o profesionales— y utilizaban tanto trabajadores asalariados como esclavos para atender las necesidades domésticas. Así, la posesión de esclavos constituía un símbolo de estatus y poder económico.

Las cartas de libertad permiten conocer aspectos más personales de la vida de los esclavos: en ellas aparecen relaciones de afecto, vínculos de confianza y estrategias para conseguir la manumisión.

En algunos casos, los propietarios concedían la libertad como recompensa por años de servicio o por los cuidados prestados a la familia, especialmente cuando las esclavas habían criado a los hijos de sus amos.

Sin embargo, estas situaciones fueron excepcionales y la mayoría de las personas esclavizadas permanecieron sometidas durante toda su vida. La libertad afectó solo a una pequeña parte de la población esclava y dependía completamente de la voluntad del propietario o de circunstancias muy concretas.

El último ingenio azucarero

Y en su investigación Barbero y Molejón constataron cómo se desarrollaron formas de convivencia complejas en los barracones de la Casa Fuerte en Adeje, donde persistía el último ingenio azucarero de Tenerife, lo que contribuyó a mantener una elevada concentración de mano de obra esclava.

Un 71,7 % de la población esclavizada empadronada en el mundo rural de Tenerife en 1779 se concentraba en el suroeste y sureste de la isla, con especial intensidad en el entorno de la Casa Fuerte de Adeje y en muchos casos, estas chozas reunían a varios núcleos matrimoniales vinculados a la esclavitud, aunque no todos sus miembros compartían necesariamente el mismo estatus jurídico, como ocurría a las esclavas casadas con hombres libres o ausentes.

La ausencia de los hombres favorecía la concentración de hogares feminizados integrados por grupos de esclavos y libertos e incluso formados por solteras, casadas y viudas, lo que sugiere que algunos esclavos desarrollaron formas de corresidencia.

Convivían en chozas o barracones caracterizados por su extrema precariedad y hacinamiento, un esquema habitacional que reproducía las lógicas de explotación de la mano de obra esclava propias de las plantaciones de caña de azúcar.

El estudio del padrón de 1779 muestra que, en su mayoría, estos espacios reunían en un mismo barracón o choza a varios núcleos matrimoniales o familiares que podían estar compuestos por personas empadronadas como esclavas, libertas o asalariadas, caso de carpinteros, panaderos, jornaleros, hilanderas o criados.

Estas formas de convivencia también se tradujeron en uniones matrimoniales entre esclavos y libres y podían favorecer, aunque de forma excepcional, la aparición de esclavas al frente de los barracones ante la ausencia de varones, como fue el caso de María Peña, esclava de 46 años que figuraba a la cabeza de un hogar sin estructura definida compuesto por trece personas. EFE