Las casas de Miguel Delibes

Roberto Jiménez

Valladolid, 14 sep (EFE).- Miguel Delibes, inquilino desde hace décadas en el imaginario de miles de lectores de diferentes generaciones, residió en cinco casas a lo largo de sus casi 90 años de vida (1920-2010), todas ellas en Valladolid y alrededor del Campo Grande como epicentro de sus principales hitos vitales.

El magnetismo del Campo Grande, pulmón verde de la capital, comenzó en el número 12 de la Acera de Recoletos, ensanche burgués del siglo XIX, donde Miguel Delibes nació el 17 de octubre de 1920 y vivió apenas un año antes de trasladarse a la paredaña calle de Colmenares, a la vuelta de la esquina.

Cinco lustros permaneció en esta vivienda, donde a diario cruzaba el principal parque de Valladolid para acudir al colegio de las Carmelitas y más tarde al frontero de Nuestra Señora de Lourdes, hasta que en 1946 fijó su propio nido en el Paseo de Filipinos, su tercera residencia, cuando casó con Ángeles de Castro, a quien conoció y con quien se citaba en ese jardín histórico.

En este paseo, que limita el Campo Grande por una de las dos Puertas del Príncipe Alfonso, el escritor se avecindó durante una fructífera década (1946-1956) en la que tuvo cuatro hijos: Miguel el biólogo, Ángeles la ingeniera agrónoma, Germán el arqueólogo e historiador, y Elisa la filóloga, profesora y actual presidenta de la Fundación Miguel Delibes.

Además de compaginar sus clases en la Escuela de Comercio y de trabajar en El Norte de Castilla, en esa morada gestó las primeras novelas de su dilatada y laureada narrativa, desde «La sombra del Ciprés es alargada» (1948) hasta «Diario de un cazador» (1955) o, lo que es lo mismo, entre los premios Nadal y Nacional de Literatura.

Tenía 37 años de edad, prestigio literario y periodístico, cuando Miguel Delibes y su esposa decidieron mirar al Campo Grande desde otra perspectiva al levantar su anterior piso y abrir uno nuevo, el cuarto, al comienzo del Paseo de Zorrilla.

Veinticuatro años alentó en este nuevo domicilio, tiempo para sumar los tres restantes hijos a su prole: Juan, Adolfo y Camino (en recuerdo de su exitoso tercer libro), y publicar las ocho novelas que median entre «Diario de un emigrante» (1958) y «El disputado voto del señor Cayo» (1978), además de gestar «Los santos inocentes» (1981), la más breve de su obra y una de las de mayor recorrido editorial, cinematográfico y ahora teatral.

Cuatro años después de enviudar, Miguel Delibes hizo su última mudanza en 1980 hasta la calle Dos de Mayo, en un costado del Campo Grande, ya sesentón, donde al igual que en las etapas precedentes compaginó la novela con libros de viaje, de caza, ensayos, de memorias y relatos.

Parecía que su obra entraba en un periodo de llanura, de suave declinar, de ajustes y deudas saldadas («Señora de rojo sobre fondo gris»/1981) cuando en 1998 alumbró, casi octogenario, «El hereje», su obra cumbre, antes de cerrar el círculo vital y literario al alimón con su hijo Miguel («La tierra herida»/2005), cinco años antes de su muerte.

Simultaneó todas esas casas con la de Sedano (Burgos), mitad refugio y mitad scriptporium que disfrutó durante décadas junto a su esposa e hijos en periodos vacacionales, otra de las coordenadas vitales y literarias de referencia junto a Valladolid, de un peso tal vez insuficientemente ponderado.

En breve estrenará una nueva, en el palacio renacentista del Licenciado Butrón, sede definitiva de la Fundación Miguel Delibes, una casa-museo como otras que dibujó en sus novelas: de magníficas proporciones como la del Indiano («El camino»); burguesas como la de la familia Rubes («Mi idolatrado hijo Sisí); modestas con cocina bilbaína («La hora roja»); precarias como la del señor Cayo y su esposa («El disputado voto…); e infrahumanas como la cueva del Tío Ratero y El Nini («Las ratas»). EFE