José Carlos Rodríguez I
Santiago de Compostela (EFE).- En Santiago hay quienes llegan a la plaza del Obradoiro para fotografiar la catedral y quienes llevan semanas durmiendo a sus pies. Bajo lonas y entre tiendas de campaña, la acampada por la vivienda ha convertido un espacio emblemático en algo más que un lugar de protesta: un hogar colectivo desde el que repensar cómo convivir.
La iniciativa, pareja a la de Sol, nació después de una manifestación por el derecho a la vivienda el 1 de octubre. Tras un intento espontáneo de permanecer en la estación intermodal y comprobar que ese recinto no era el adecuado para la protesta, acabaron instalando trece tiendas en la plaza del Obradoiro.
«La gente en aquella manifestación estaba muy enfadada, se sentía que había que hacer algo más. Hubo una lluvia de ideas y pensamos que la plaza era un símbolo en el que íbamos a tener visibilidad», cuenta Aranxa, una de las personas acampadas en una entrevista con EFE.
El campamento ha ido creciendo a lo largo de los días y aún es un escenario mutable. Conviven aproximadamente unas doscientas personas que van y vienen, una comunidad abierta, intergeneracional y con trayectorias muy distintas.
«Muchas no nos conocíamos tanto. Yo creo que eso fue clave. Se han tejido muchas relaciones en la acampada entre gente de muchas edades. Teníamos claro que esto también tenía que ser divertido e ilusionante, porque si no no funcionaría», explica Aranxa.
Aunque al principio había cierta incertidumbre sobre la respuesta social que iban a tener, los y las que están allí «tenían claro» que era necesario que algo pasase, que había que hacer algo para cambiar las cosas.
«Era ahora o nunca y estábamos motivades. Pero tenía que ser un sitio que tuviera sentido», cuenta Ana, una de las chicas acampadas, que lamenta cómo la plaza del Obradoiro «ha dejado de ser una plaza para la gente de Santiago» y se ha entregado a los turistas.
Necesidad de un hogar
La dificultad de acceso a una vivienda digna ha sido la mecha que ha prendido una lucha que atraviesa a todas y cada una de las personas acampadas, capaces de acordar unas reivindicaciones de cara a la huelga general para que la vivienda sea reconocida como un derecho y no como una mercancía.
Entre ellas, medidas como la expropiación del patrimonio inmobiliario de la Iglesia, los fondos buitre y las grandes empresas; la movilización de viviendas vacías y la conversión de pisos turísticos en residencias para la clase trabajadora.
En paralelo, una reducción de hasta el 50 % de los alquileres, contratos indefinidos y sin cláusulas abusivas, mejores condiciones de habitabilidad y protección para colectivos vulnerables, personas migrantes y sin hogar.
«Tenemos que ir por objetivos, porque no se puede parar la vida durante tanto tiempo. Hay gente que trabaja, que estudia, que tiene que cuidar de otra gente», cuenta Aranxa.
«Muchas veces nos cuestionamos si lo que estamos haciendo es correcto o sirve para algo», reconoce por su parte Ana Clara, otra de las chicas acampadas, que considera que el respaldo de quienes se acercan a darles ánimos resulta fundamental.
«El hecho de que venga gente a darnos su apoyo nos da fuerza. No estamos haciendo una locura, la locura es cómo está el país», señala.
Aranxa incide en esa idea y reflexiona sobre las dinámicas y modelos del mercado, que no hacen posible vivir una vida plena: «Tener un techo no significa necesariamente tener un hogar. No sé cómo esperan que la gente pueda encontrar un trabajo con el que vivir sin tener un lugar donde ducharse, descansar o comer».

Un espacio de convivencia
La lucha y ese derecho es para todes y trasciende a toda la sociedad. Sin embargo, las que están en primera fila, en la acampada, son las que ponen la mente, el cuerpo, el tiempo y las energías en una reivindicación que divide las tareas, se organiza en grupos, debate en asambleas y se preocupa de autocuidarse.
Compaginan la protesta con el trabajo, los estudios o las responsabilidades familiares. Soportan el frío, la lluvia y el cansancio ante largas jornadas de vigilancia, puesto que en ocasiones se producen conflictos con personas que se acerca a increparles o faltarles el respeto.
Sin embargo, los y las acampadas reconocen que se han sentido en su mayoría respaldadas por los vecinos y vecinas, que les llevan alimentos y lo necesario para convivir en un espacio «en el que nadie está solo» y que por primera vez ha generado una verdadera comunidad.
«Nunca me he sentido tan de Santiago, tan compostelana», admite Ana, que percibe la ciudad mucho más suya tras compartir diferentes experiencias con otras personas de otros barrios, tras reconocer y conocer a sus vecinos y vecinas.
Ninguna de ellas habla de permanecer allí para siempre, si no que lo ven como una «metamorfosis», un cambio que, una vez desmantelado el campamento, trasladará todas esas energías «a los barrios, a reforzar las asambleas vecinales y mantener las redes». EFE







