Voluntarios y vecinos trabajan para despejar una calle de Paiporta (Valencia). EFE/ Manuel Bruque

Los vecinos de Paiporta siguen trabajando agotados física y moralmente y reclaman ayuda

Paiporta (València) (EFE).- Los vecinos de Paiporta siguen trabajando una semana después de la dana catastrófica y están cansados física y moralmente porque, además de las incesantes labores de limpieza y la falta de sueño, se sienten «abandonados», reclaman información «real» sobre la cifra de fallecidos e insisten en que necesitan ayuda.

Después de siete días, las calles de Paiporta siguen mostrando un gran trasiego de gente que trabaja de manera incansable. Se están apartando ahora mucho de los enseres dañados por la riada que se sacaron de las casas y se depositaron en la calzada para subirlos a las aceras y despejar la vía.

Los vecinos están abatidos. Al cansancio psicológico y físico se suman cuestiones como las gestiones con los seguros. Cualquier cosa «nos parece un mundo», relata a EFE una vecina, que explica que hay compañías que sí están abriendo los partes de seguro y recibiendo documentación, pero otras «nos dan el teléfono del consorcio para que nos apañemos -declara-«.

Quique, originario de Perú, ha señalado que se encuentra triste y se siente abandonado. Su casa, al pie del río, ha relatado, «está desmoronada por la parte de atrás» y ahora camina desde ahí a Torrent a casa de un compatriota para poder dormir, pero viene a buscar comida porque donde se alojan «tampoco tienen una situación en la que nos puedan ayudar más».

Decenas de vehículos se amontonan en un descampado de Paiporta (Valencia). EFE/ Manuel Bruque

«Debieron avisar antes a las personas»

A su juicio «debieron avisar antes a las personas». Él, que vive al lado del río, solo escuchó a la Policía decir que no se cruzara el río y «puso una cinta». En vez de “avisar que se subiera a lo alto o se evacuara”, se lamenta.

Manu Monzonís y su madre Etelvina Sánchez llevan a su perro, Turbo, en un transportín dentro de un carro de la compra hasta Picanya caminando para poder ser atendido por el veterinario pues tiene una otitis. Intentan ayudar con todo lo que pueden. Ayer, relata la madre, «me llamaron del colegio -en el que ayudaba su hijo- porque estaba exhausto, no ha parado de ayudar». Manu, de 15 años, explica que tiene Asperger y que no se cansa de ayudar.

Su madre explica que estaba en Madrid cuando sucedió la tragedia y se afanó en venir. Tuvo que llegar andando desde el barrio valenciano de San Marcelino y al «ver mi pueblo devastado y arrasado me dio un ataque de ansiedad». Su marido, además, quedó atrapado en un camión en un polígono en Riba-roja.

Ahora mismo, pese a que estamos vivos, relata Etelvina, «piensas que todo el esfuerzo que has hecho en la vida por tener un coche, tu casa y tus cosas, en un minuto se ha ido».

Otro vecino se alegra de no haber perdido familiares pero la casa de su padre, en un bajo a 150 metros del barranco, «se ha ido toda por el aire». Han perdido los coches también y están «buscando comida y lo mínimo para pasar el día a día».

Asegura que «no ha habido falta de agua y se está repartiendo comida todos los días», por lo que piensa que «se está haciendo un trabajo bueno» y, sobre todo, menciona a los voluntarios que, sin conocerles de nada, «han sudado y trabajado sacando todo de la casa».

Reconoce que dormir es muy complicado, porque se despierta continuamente hasta que llega la mañana y sigue limpiando. Tampoco puede ir a su trabajo en Paterna: «Sin coche, sin metro, no sé cómo hacerlo», apostilla.