Celia Agüero Pereda |
Heras (EFE).- Siete días después de la tragedia de El Bocal, en Santander, en la que murieron Lucía, Xabi, Celia, Eunate, Lluna y Elena, su instituto cántabro, La Granja de Heras, intenta recuperar la normalidad mientras continúa muy presente el recuerdo de quienes hasta hace una semana estaban en sus aulas.
Una corona de flores con lazos negros sigue en el árbol de entrada de este centro educativo agropecuario de excelencia nacional y las banderas continúan ondeando a media asta.
También sigue presente el recuerdo a Ainara, la única superviviente de ese siniestro, que fue ingresada en el hospital de Valdecilla.
Casi nadie quiere hablar de lo ocurrido, pero todos recuerdan en un instituto que el pasado 3 de marzo, cuando se produjo la tragedia, vio partir, por última vez, a sus estudiantes después de celebrar que tres de las fallecidas habían obtenido una beca Erasmus para seguir sus estudios fuera de España.
Los siete jóvenes, de entre 19 y 22 años, se dirigieron desde el instituto -situado a unos 15 kilómetros de Santander- a la capital cántabra para dar un paseo por la senda costera, que une el faro de Cabo Mayor con La Maruca.

Pasadas las cuatro y media de la tarde, cuando cruzaban la pasarela de El Bocal, esta se rompió y los siete cayeron al mar.
Solo Ainara pudo agarrarse a una roca y salvarse. Lucía, Xabi, Celia, Eunate, Lluna y Elena fallecieron.
Un centro con mucha convivencia
Siete días después de ese suceso el responsable del instituto La Granja de Heras, Carlos Micó, no ha podido atender a EFE por encontrarse indispuesto, y el resto del equipo directivo prefiere no identificarse, pero sí cuenta cómo la vida académica tiene que continuar, en la medida de lo posible, dentro de un ambiente de profundo dolor y consternación.
El instituto La Granja de Heras es uno de los centros de formación agropecuaria de referencia en España y en sus aulas se imparten ciclos especializados vinculados al ámbito ganadero y sanitario animal, entre otros.
Los seis estudiantes que perdieron la vida y la única superviviente de este suceso, todos ellos de entre 19 y 22 años, cursaban el ciclo superior de Ganadería y Asistencia en Sanidad Animal, una formación orientada a la gestión de explotaciones ganaderas, al trabajo en cooperativas agrarias o en clínicas veterinarias.
El instituto es, según su dirección, un centro educativo con una dinámica muy particular, donde la convivencia entre alumnado, profesorado y personal es constante.
Este centro de formación es diferente a otras instalaciones educativas porque a su comunidad siempre se la ve de un lado a otro, hablando entre clases o en el comedor y compartiendo actividades.

Profesorado, personal laboral, de cocina, de limpieza o conserjería comparten espacio y comentarios con los alumnos en ese contacto diario en el centro, que ha hecho que la pérdida de seis de sus compañeros haya golpeado a toda la comunidad educativa.
Sin embargo, donde más se percibe ese sentimiento de pérdida es entre quienes impartían clases a los chicos, algunos de ellos durante dos cursos completos, y entre el resto de estudiantes con los que estaban en clase.
Las siete víctimas iban a continuar su formación universitaria, sobre todo en Veterinaria, para lo que habían trabajado intensamente con el objetivo de lograr las mejores calificaciones posibles, cuentan a EFE en el centro.
Dentro del aula eran estudiantes con un buen expediente académico y muy implicados en su formación.
También destacan su actitud dentro del grupo, porque, además de tener un buen currículo, eran «muy buenos compañeros y buenas personas».