Miguel Álvarez |
A Coruña (EFE).- Un grupo de madres gallegas ha protagonizado un encuentro para luchar contra el estigma de la salud mental y han denunciado que, cuando detectaron los trastornos de sus hijos, el sistema hizo que todas se sintiesen «culpables».
La Fundación Once de A Coruña ha acogido este martes el encuentro ‘Cambio de paradigma: ya no seremos más tiempo invisibles’, organizado por la Fundación Salma, entidad para el cuidado de la salud mental en Galicia.
«Esta es la primera vez en que se suman en Galicia las voces de varias familias en un mismo acto para poner de manifiesto que no quieren ser invisibles y que dan el paso porque ya no tienen miedo al estigma», ha explicado la moderadora, la periodista Isabel Bravo.
Ha relatado que la mitad de los trastornos mentales aparecen antes de los 14 años y un 75 %, antes de los 18; lo que se suma a que la principal causa de muerte entre los 15 y los 29 años es el suicidio, una cuestión en la que Galicia, junto a Asturias, ocupa el primer lugar, a lo que añade que un 23 % de la población de la comunidad padece algún problema crónico de salud mental diagnosticado.
La presidenta de la Fundación Salma, Ana González, ha detallado que el mundo de los cuidados en el ámbito de la salud mental está claramente feminizado: «Las mujeres tenemos que dejar de trabajar, tenemos que renunciar a nuestro propio proyecto de vida, y a eso no hay derecho», ha relatado ante una situación en la que afirma que continúa el «desamparo» con una importante falta de camas y de medios.
Su experiencia con el sistema fue muy negativa, pues los profesionales la trataron como a una «madre exagerada» hasta que, años después, llevó a su hijo con un brote psicótico a urgencias, tras lo que le dijeron que la enfermedad estaba muy avanzada y el margen de maniobra era mínimo.
Una situación similar es la que vivió Ángela González, médica de profesión, que se preocupó por su hijo desde que era un bebé porque no empezaba a hablar, pero nadie le dio importancia hasta que, a los tres años, le dijeron que era autista y que cómo no se había dado cuenta.
Entonces residente en Ourense, notó una gran «falta de empatía» y sin apenas recursos para abordar su situación, por lo que después acabó en una entidad privada en Vilagarcía de Arousa (Pontevedra), sobre la que reivindica la importancia del asociacionismo.
Sobre el sistema educativo, ha asegurado que no es inclusivo y que funciona como «un aparcamiento para estos niños».
Hasta ahora, ha notado «un estigma muy importante» en las familias, a las que siempre han hecho «sentir culpables».
«Psiquiatría está saturada porque nadie mejora y no hay altas»
Otra de las madres, Vanessa Oria, ha revelado la travesía por «el infierno» de su familia a raíz del primer ingreso de su hija, una adolescente que empezó con una depresión libre y sufrió hasta 41 contenciones -un método en que queda atada a la cama por las cuatro extremidades y recibe medicación- en apenas un mes.
«Todas las señales de manual estaban escritas, no sé si no supieron verlas o no quisieron enseñarnos a manejar la situación. Nos dijeron: le dais la medicación y si la cosa se desborda, venís a urgencias», ha asegurado.
Su experiencia fue en el hospital Álvaro Cunqueiro de Vigo, donde el área de psiquiatría «es lo más parecido a una cárcel» y, además, a su hija en dos meses no se le permitió salir de la habitación y ni siquiera pudo ir al aula hospitalaria, a pesar de estar en un curso de escolarización obligatoria.
Cuando logró el ingreso en la entonces novedosa unidad infantojuvenil, vio que funcionaba «exactamente igual que la de adultos» y constató que, si no consiguió plaza antes, fue «porque si los pacientes no mejoran, nunca hay camas libres».
Por eso ella y su marido decidieron llevar a su hija a una clínica privada a Madrid, donde mejoró en apenas una semana y no fue sometida nunca a ninguna de esas contenciones; ahora tiene preparada una demanda contra el Servicio Gallego de Salud (Sergas).
Chelo Lago también tuvo a su hija en el hospital Álvaro Cunqueiro de Vigo por esquizofrenia y psicosis, en una situación en la que ella misma le dijo: «Estoy enferma, no castigada».
«Aprendimos a vivir con la enfermedad porque nadie nos enseñó. Las familias lo único que podemos hacer es acompañarlas en silencio. Lo más difícil es no hacerle caso a la cabeza «, ha concluido.