El escritor gallego Pedro Feijoo habla con EFE de su nueva novela, que aborda la historia de las acabadoras del Sil EFE/Salvador Sas

Pedro Feijoo publica ‘La buena muerte’, donde certifica que «el mito de las acabadoras no era cuento»

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Carlos Alberto Fernández |

Vigo (EFE).- Es gallego, ha vivido un tiempo en la Ribeira Sacra, cerca de Os Peares, y se apellida Feijoo, pero hasta ahí las coincidencias: en su caso no lleva tilde, fiel a la gramática («palabra llana acabada en vocal», justifica como el filólogo que es), y además se llama Pedro. «Soy las dos Españas; soy el consenso», bromea, también en campaña, pero no política, sino para presentar su nuevo libro, ‘La buena muerte’ (Penguin).

Posa con el piano (además de filólogo y escritor, es músico) para EFE, se atreve, no sin cierta timidez, con unos acordes, y ya inmerso en la conversación se remonta al «principio de todo» en su carrera literaria (los inicios de la década pasada), cuando en una de las primeras entrevistas le preguntaron si tenía relación con el Feijóo político y bromeó: «Es mi primo, ¿hay algún problema?». Le tomaron en serio y durante tres años tuvo que aclarar que el parentesco no era tal.

‘La buena muerte’ traslada a Galicia la leyenda de la ‘accabadora’, la figura histórica y mítica de Cerdeña (Italia) a la que las familias recurrían en secreto para dar una muerte piadosa muchos años antes de que la eutanasia se debatiera en la sociedad actual.

La pista se la dieron los investigadores Castor y Félix Castro

Esta práctica la ha documentado Feijoo en su comunidad autónoma a raíz de una pista que le facilitaron los investigadores etnográficos (y gemelos) Castor y Félix Castro.

Mediante testimonios cruzados, el autor confirmó la existencia de estos episodios en comarcas de Lugo, pero también de Ourense y otras partes de Galicia. No es ficción, es real: «El mito de las acabadoras no era cuento».

«Llegado el momento -abunda el novelista-, cuando una persona sabía que estaba condenada a muerte y no había remedio, si esa muerte tardaba un poco más de la cuenta en llegar, con todo el daño que causaba a la casa, se tomaba una decisión: darle la buena muerte».

Para él, este procedimiento, habitualmente nocturno y reflexionado, podría ser considerado «un asesinato con premeditación, nocturnidad y alevosía», pero al mismo tiempo su motivación era el alivio y la necesidad de subsistencia de familias que no podían permitirse agonías prolongadas de quienes, además de dejar de producir, incrementaban los gastos.

La investigación de Feijoo desmitifica la imagen folclórica de las meigas para reivindicar su papel asistencial en comunidades rurales históricamente desatendidas. Así, sostiene que «lo que nosotros entendemos como las ‘meigas'» era, en realidad, «puro pragmatismo».

Estas brujas, señala el autor, «eran los médicos de quien no tenía médico, la ayuda de quien no podía acceder a otra ayuda e incluso la justicia de quien no podía tener una justicia oficial».

A través de paralelismos históricos, como el caso de los envenenamientos masivos de maridos maltratadores en la aldea húngara de Nagyrév tras la Primera Guerra Mundial o el uso abortivo y letal de plantas como el tejo, el escritor retrata a estas mujeres como el único amparo frente a la violencia machista desatada por el alcoholismo endémico en la segunda mitad del siglo pasado.

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Un año viviendo en la Ribeira Sacra

Para desentrañar la historia, realizó un exhaustivo trabajo de inmersión y archivo en la Ribeira Sacra, esa área candidata a Patrimonio de la Unesco donde pasó un año viviendo en la pequeña aldea de Sampil (Sober, Lugo), lejos de su Vigo natal, para captar la atmósfera opresiva de los cañones del Sil.

«Fue fantástico porque me permitió empaparme de lo que había ido a buscar, pero, sinceramente, fue duro de narices», confiesa el autor sobre el aislamiento, el frío y la soledad que experimentó en un núcleo sin apenas vecinos, sin tabernas, un escenario extremo que marcó la escritura de una historia que arranca llevando al lector al lecho del río en el que yace un cuerpo.

A Pedro Feijoo le cuesta verse como parte del ‘Galician Noir’, del que es un referente, e incluso ironiza con su propia resistencia inicial a encasillarse en ese género negro galaico que encabezaba su amigo, y también vigués, Domingo Villar (fallecido en 2022).

En su caso, asume una responsabilidad ética a la hora de atrapar al lector con historias bien contadas y documentadas que rescatan la identidad colectiva.

Su propósito es que quien lo lea se lo pase «bien en un viaje de 500 páginas» y, al mismo tiempo, se lleve «algo más», porque Galicia, subraya, tiene «un montón de historias que merecen la pena y con las que nos podemos fascinar».