Prestige, una tragedia todavía envuelta en desconocimiento

Muxía (A Coruña)/Vigo, 9 nov (EFE).- La Costa da Morte, zona cero del desastre ecológico que supuso hace 20 años la ruptura y naufragio del petrolero Prestige, está salteada aún de rocas que conservan indeleble la marca negra de una tragedia todavía envuelta en desconocimiento, toda vez que se ignora casi todo de lo que sucede en el pecio hundido con fuel, de manera que no faltan voces que reclaman descender y conocer.

Dos personas observan el mar desde el santuario de A Barca, en el concello coruñés de Muxía, corazón de la Costa da Morte y epicentro del hundimiento del Prestige. Dos décadas atrás un viejo petrolero vomitó toneladas de desolación en las costas de Galicia, de gran parte del Cantábrico e incluso zonas de Francia y Portugal. En 2002 aquella marea negra de chapapote provocó impresionantes brotes de indignación y solidaridad. El mundo miraba de reojo las playas, la masa viscosa se pegaba a las rocas, lecho marino, manos y guantes, y la sociedad entera estaba descorazonada ante la magnitud del desastre. Ha pasado el tiempo, veinte años, pero hay salpicaduras que el mar todavía no ha lavado y unas compensaciones económicas que siguen sin ser resueltas. EFE/ Cabalar

“No sé cómo decirlo para que nadie se sienta herido porque veo que hay una cierta carga política otra vez en todo esto, pero creo firmemente que desde un punto de vista científico técnico sería bueno visitar este pecio”, ha dicho a Efe Antonio Figueras, que era director del Instituto de Investigaciones Marinas del CSIC cuando zozobró el buque y que fue incluido en el comité científico asesor.

Las palabras Nunca Máis, plataforma ciudadana nacida tras el desastre el Prestige, escritas en una playa del concello coruñés de Carnota, en la Costa da Morte. Dos décadas atrás un viejo petrolero vomitó toneladas de desolación en las costas de Galicia, de gran parte del Cantábrico e incluso zonas de Francia y Portugal. En 2002 aquella marea negra de chapapote provocó impresionantes brotes de indignación y solidaridad. El mundo miraba de reojo las playas, la masa viscosa se pegaba a las rocas, lecho marino, manos y guantes, y la sociedad entera estaba descorazonada ante la magnitud del desastre. Ha pasado el tiempo, veinte años, pero hay salpicaduras que el mar todavía no ha lavado y unas compensaciones económicas que siguen sin ser resueltas. EFE/ Cabalar

“Creo que estaría bien saber exactamente si hay más o menos riesgo, hacer una nueva estimación de la cantidad de fuel que hay depositado en estas dos partes del pecio. Lo que creo que se haría en otros países”, añade.

Basta visitar hoy lugares como Muxía o Carnota, dar un paseo por la zona intermareal de sus playas rocosas, para detectar manchas de fuel que organizaciones ecologistas relacionan directamente con el monocasco.

En principio todo parece limpio, pero si se afina la vista es fácil encontrar rastros de una sustancia solidificada y pegajosa, mezclada con arena y otros restos del mar, que se encuentra adherida a algunas rocas; una materia aparentemente seca pero que emite al partirla un fuerte olor a hidrocarburo.

Manuel Rial, marinero jubilado que estuvo embarcado primero en el Gran Sol y luego en buques mercantes por todo el mundo, cree que esos restos pueden haber sido escupidos desde zonas inaccesibles de la costa que no pudieron ser limpiadas en su día, y recuerda que los “sentinazos”, ese procedimiento ilegal por el que algunos buques limpian sus depósitos en alta mar, son todavía frecuentes y también dejan “regalos de galletas en toda la costa”.

Conocer su procedencia sería relativamente fácil, según Figueras: bastaría con llevar esas muestras a un laboratorio en Barcelona “de referencia mundial” donde con “una experimental sencilla” se puede saber con certeza si esas impregnaciones proceden o no del Prestige.

BAJAR AL PECIO NO CUESTA «CUATRO PERRAS» Y FALTA VOLUNTAD

Pero falta voluntad política, asegura este doctor en Biología, profesor de investigación y responsable del Laboratorio nacional de referencia para enfermedades de moluscos bivalvos, según el cual bajar al pecio no es una cuestión que se vaya a “resolver con cuatro perras”, sino que se necesitarán unos cientos de miles de euros.

Recuerda que actualmente hay una tecnología para bajar al fondo marino que no existía en 2002, pero que eso sucederá si “se da mucho la lata en los medios de comunicación”, como sucedió en 2008, cuando finalmente se envió un barco a la zona que vio “irisaciones”.

“Pero no se sabe nada porque no bajaron, y eso es lo que creo que hay que hacer, y de paso estaría muy bien que alguien alguna vez hiciera alguna visita a la fosa atlántica donde están depositadas unas cuantas toneladas de material radioactivo de toda Europa, que se fueron depositando allí en los años setenta y hasta mediados de los 80”, recuerda de paso Figueras.

Como doctor en biología, Figueras es interrogado frecuentemente al respecto de si el ecosistema marino está totalmente recuperado pero, lamentablemente, asegura no estar en condiciones de responder con exactitud a esa pregunta y prefiere hacerlo a la gallega: “depende”.

La costa de Galicia es muy heterogénea, explica, con zonas muy expuestas y otras muy resguardadas; y estas últimas, por la propia tarea no programada del ecosistema, donde las rías actúan como una especie de embudo que expulsan agua dulce, que es menos densa que la salada, consiguieron que el fuel no entrase masivamente, pero no sucedió lo mismo con las primeras.

NADIE PUEDE HABLAR DE UNA «RECUPERACIÓN DEL TODO»

“Se ha recuperado bastante pero es imposible que nadie pueda decir que se ha recuperado del todo. ¿Cuánto queda por recuperar y cuándo se conseguirá? Para responder eso hace falta financiación, pero si no la hay difícilmente podemos evaluarlo”, explica antes de señalar que es fácil ver en Google académico cómo ha ido descendiendo paulatinamente el dinero público dedicado a esa misión.

Una valoración empírica “chusca” es que si hay género en las plazas es porque se está recogiendo; y si se está recogiendo es porque el ecosistema está produciendo.

“Ahora bien, ¿igual, más o menos que antes de la catástrofe del Prestige? Pues hay otro dato que nos falta: la línea base anterior para poder comparar lo que estaba sucediendo antes del Prestige con lo que está sucediendo ahora”, afirma antes de recordar que además habría que incluir otros parámetros como la creciente contaminación del medio marino para dar un respuesta certera.

“No es un problema sencillo. No es que no quiera dar una respuesta. La tengo que dar basada en hechos y datos contrastados, así que no puedo decir otra cosa”, afirma.

De lo que sí está seguro es que esa falta de interés político es un riesgo, y recuerda que antes del Prestige en la costa gallega naufragó el Casón (1987) o el Urquiola (1976) sin que eso sirviese para que el Estado se dotase de los mecanismos necesarios para afrontar con agilidad y solvencia una crisis como la que ahora cumple 20 años.

GALICIA, ¿UNA ZONA DESTINADA A SUFRIR ACCIDENTES SIMILARES?

“Esto no era nuevo. Galicia es una zona destinada a sufrir de vez en cuando accidentes de esta naturaleza. ¿Desde cuándo no se hace un simulacro en las rías gallegas de contaminación marina? ¿10, 15 años?”, se pregunta el doctor, crítico con la actitud de la clase dirigente, que “prefiere reaccionar y no prevenir”, independientemente de quién gobierne.

“Ya sabemos que pasan cientos de barcos ante las costas gallegas, ya sabemos que hay riegos, pero ¿por qué no se le pregunta a los políticos de turno dónde están las medidas preparadas, dónde están los equipos, los entrenamientos periódicos para poder paliar los efectos negativos?”, concluye su pregunta lanzada al aire.

José Cabalar y Ramón Martínez