Chile rediseñará el epicentro del estallido sin «olvidar» su simbología

Por María M. Mur |

Santiago de Chile, (EFE).- A Plaza Italia, la mítica rotonda del centro de Santiago emblema de la segregación urbana y epicentro del estallido social de 2019, le quedan los días contados: un millonario proyecto busca rediseñar la deteriorada zona, pero sin «olvidar» su gran carga simbólica.

Atrás quedan aquellos años del siglo pasado en que Plaza Italia, rebautizada como Plaza Dignidad por los manifestantes, era el orgullo de la ciudad, con frondosos árboles y majestuosos edificios cerca.

Hoy, tanto la atiborrada glorieta como la vecina Alameda, principal arteria de la capital, lucen bien distintas.

«El estado de nuestra Alameda es lamentable. Está sucio, pintado, lleno de carpas y de comercio ambulante y muy inseguro. Hoy día, más que motivar el orgullo de los santiaguinos, motiva tristeza y desesperanza», reconoció a EFE el gobernador de la Región Metropolitana, Claudio Orrego.

Orrego, uno de los principales impulsores del proyecto, explicó que se levantará una gran explanada en el lugar de la plaza, por donde transitan cada día un tercio de los santiaguinos, porque el objetivo es «priorizar al peatón por encima del vehículo».

¿Arriba o abajo de Plaza Italia?

Plaza Italia se hizo mundialmente conocida en octubre de 2019, cuando Chile vivía la ola de protestas más graves desde el fin de la dictadura (1973-1990) a favor de mejores servicios básicos.

Fotografía del «Jardín de la Resistencia», lugar de reunión para el estallido social del 2019, a un costado de Plaza Italia, en Santiago (Chile). EFE/ Elvis González

Pero ese «estallido social», apuntó Orrego, «es solo un capítulo más» de su historia.

El triunfo del «no» a la continuidad del dictador Augusto Pinochet en el plebiscito de 1988, el tercer puesto de Chile en el Mundial de 1962 o las marchas estudiantiles de 2006 y 2011 son otros de sus hitos.

«Al igual que muchas grandes plazas como Taksim en Estambul, los Mártires en Beirut o la Puerta del Sol en Madrid, Plaza Italia es nuestro lugar de conmemoración», apuntó a EFE Pablo Allard, decano en la Facultad de Arquitectura de la Universidad del Desarrollo.

En el imaginario chileno, la glorieta es además la frontera invisible entre los barrios ricos y pobres de Santiago y es habitual que los capitalinos ubiquen lugares en función de si estos están «arriba o abajo de Plaza Italia».

La expresión, según Allard, nació a finales del siglo XIX, cuando la ciudad se empezó a expandir y las clases altas empezaron a abandonar el centro.

Su futura desaparición es, de alguna manera, un intento por superar la desigualdad en Chile, uno de los países con peores datos de la región.

«Uno de los principales aceleradores de la reducción de la desigualdad es la ciudad, el espacio público y la infraestructura. Y este proyecto tiene un objetivo muy claro en ese sentido», indicó a EFE el ministro chileno de Obras Públicas, Juan Carlos García.

¿En qué consiste el proyecto?

Ideado inicialmente en 2014, el proyecto fue metido en un cajón por el expresidente Sebastián Piñera (2018-2022) y recuperado ahora gracias a una alianza entre el Gobierno central y el regional (de distinto signo político), así como distintas municipalidades.

«El objetivo es crear juntos (una) mejor calidad de vida, espacios públicos más limpios, más iluminados y más seguros, que sabemos es la prioridad de nuestros ciudadanos», dijo el pasado 26 de diciembre el presidente, Gabriel Boric, durante el relanzamiento oficial del plan conocido como «Nueva Alameda Providencia».

Dos personas caminan frente a grafitis cerca a la Plaza Italia, lugar de reunión para el estallido social del 2019, en Santiago (Chile). EFE/ Elvis González

Con un presupuesto de 151.200 millones de pesos (140 millones de dólares), la iniciativa contempla la construcción en tres años de una ciclovía de 24 kilómetros, la conexión de los vecinos parques Forestal, Balmaceda y Bustamante y el mejoramiento de fachadas y aceras.

El proyecto, no exento de polémica, ha contado, además, «con un proceso de participación ciudadana sin precedentes», según Allard, quien fue miembro de una mesa técnica que validó el plan.

Si bien todos las instituciones coinciden en rediseñar la zona sin «olvidar» su simbología, el gran reto ahora es encontrar la forma de reflejar lo que se vivió aquí hace tres años: un terremoto social sin parangón en democracia, del que el país no se ha recuperado y que las distintas sensibilidades políticas y sociales interpretan de manera divergente.

Para algunos, fue una rebelión en busca de la dignidad, que causó una treintena de muertes y mucho dolor y supuso un cambio en el devenir del país.

Para otros, en cambio, fue un movimiento violentista, casi delictivo, que constituye una «página negra» de la historia que debe ser borrada.

«Hay que hacerlo de manera democrática. No puede ser que un grupo pequeño le imponga a una mayoría su manera de interpretar la historia», instó Orrego.