Las familias de acogida despiden a los niños y niñas. EFE/Villar López

Niños y niñas regresan a Ucrania tras un mes sin sirenas

Casilda Zuloaga

Pamplona (EFE).- Las despedidas nunca se vuelven fáciles, aunque se repitan, aunque se conozca el proceso y aunque uno intente prepararse. Y pesan todavía más cuando quienes se despiden son padres de acogida que dicen adiós a niños y niñas que regresan a Ucrania, a un lugar donde las sirenas aéreas forman parte del paisaje sonoro cotidiano.

En Navarra, varias familias han acompañado estos días a menores ucranianos que este lunes vuelven a su país tras pasar unas semanas en España gracias al programa de acogida de la asociación Chernobil Elkartea.

La despedida de los niños, como todos los años, ha sido emotiva. EFE/Villar López

En el momento de la despedida ha habido manos en alto, abrazos largos y miradas que intentaban quedarse con cada gesto. Algunas madres se abrazaban a sus parejas, apoyándose en ellos ante el dolor que supone separarse de quienes, con el paso de los días, pasan a sentir como hijos propios.

Como perder parte de la casa

La sensación, cuentan a EFE, es parecida a perder una parte de la casa, aunque sea solo por un tiempo. Se queda un hueco en la mesa, un cuarto más silencioso y una rutina que de pronto se rompe.

El regreso no es sencillo. Varias familias acompañan a los menores en un recorrido por carretera que parte desde Pamplona, continúa hasta Irun, atraviesa Francia, llega a Alemania y termina en Polonia.

Un niño saluda a su familia de acogida desde el autobús. EFE/Villar López

Allí les esperan voluntarios que les recogen para continuar el viaje hasta Ucrania. Es un trayecto largo, con muchos kilómetros por delante, pero también con un mismo pensamiento: que lleguen bien, que el camino sea seguro y que el final del viaje no sea más duro de lo necesario.

Nueve niños en Navarra

La responsable en Navarra de la asociación, María del Carmen Oscáriz, ha explicado que este año han venido nueve niños a Navarra y 62 al País Vasco. Muchos repiten estancia, ya que habían viajado anteriormente en Navidad o en el año anterior.

La mayoría vuelve con las mismas familias, lo que hace que la relación no se viva como algo aislado, sino como un vínculo que se mantiene. “Son niños repetidores, como decimos nosotros. Siempre les acoge la misma familia, es una personita de casa que va y vuelve”, ha señalado.

Durante la acogida se crean fuertes vínculos entre los niños y las familias. EFE/Villar López

Oscáriz ha detallado que el proceso requiere trámites en Ucrania y en España. Las familias deben contar con permisos y documentación gestionada allí a través de Bienestar Social y ayuntamientos, y posteriormente se tramita en España con los datos de las familias de acogida, pasando por Bienestar Social y Extranjería.

Un respiro lejos de la guerra

Detrás de cada estancia hay coordinación y muchas horas de gestión, pero también una intención común: ofrecer a los menores un respiro lejos de la guerra.

El próximo regreso será a finales de junio, hasta el 28 o 29 de agosto. Aun así, los ánimos ante la vuelta están divididos. Allí les esperan sus familias y sus recuerdos, pero también una realidad marcada por el conflicto. “Tienen a su madre y a su padre en la guerra o que ya no está”, explica Oscáriz, recordando que para algunos niños el miedo no es una noticia lejana, sino parte de su vida.

Uno de los niños que regresan a Ucrania. EFE/Villar López

José Luis Martínez es una de las personas que repiten acogida. Ha recibido dos veranos y una Navidad a Timofiv, un niño de la zona de Chernóbil. “Ha habido un cambio notable. Parece que se fueron ayer y han venido hoy. Es una experiencia preciosa”, cuenta.

Ayudar a a desconectar de la guerra da fuerza y vida

Durante la estancia han hecho planes sencillos: cabalgata, pista de hielo, paseos por el monte y visitas. “Es un niño que se conforma con poca cosa, muy simpático y un poco vergonzoso. Coopera en casa”, explica.

Timofiv tiene ocho años, le gusta el fútbol, ya es seguidor de Osasuna y llegó incluso a hacerse amigo de Moncayola. Está deseando volver, pero se lo cuenta a José Luis con una clara inocencia: “Yo vuelvo allí, saludo a papá y a mamá y luego me vuelvo”.

En la despedida reconoce que se queda “un poco choff” y lanza un mensaje a otras familias: no saben lo que se pierden, porque ayudar a estos niños a desconectar de la guerra da fuerza y vida.

El idioma es una barrera al principio

Begoña Vicente también repite experiencia por tercera vez. Ha acogido a Timur, de 9 años. “El idioma al principio supuso una barrera”, admite, aunque lo define como un niño cariñoso y siempre positivo. A Timur le encantan los legos y puede pasarse horas montando y desmontando piezas. Vicente tiene una hija de 15 años y un hijo de 11, y reconoce que el primer año fue un proceso de adaptación para todos, pero la convivencia deja huella.

“Les ha hecho valorar mucho lo que tienen mis hijos y ver las situaciones de estrés que viven estos niños”, explica. Timur les ha contado experiencias relacionadas con la guerra: “Las bombas no gustan a mamá”. En Navidad hicieron actividades familiares como rocódromo, San Silvestre y partidos de fútbol.

Lo más duro, las despedidas

Entre los menores acogidos está Bogdana, una niña de 7 años. Resume su estancia con palabras simples: “Me lo he pasado muy bien. Hemos visto a los Reyes y el Olentzero”. Tiene ganas de volver, aunque también se ha sentido bien aquí: “Aquí estamos bien y Ucrania también”. Y añade un deseo repetido: “Si viviéramos todos en España estaríamos contentos”.

Las familias coinciden en que lo más duro son las despedidas, pero también en que todo se sostiene en el reencuentro: verles marcharse con tristeza, pero con la tranquilidad de haber vivido unos días seguros, y esperar la vuelta, cuando el abrazo se repite, pero al revés.