Javier G. Paradelo | Torrelavega (EFE).- Las hogueras que iluminan la noche, las fuentes adornadas antes del amanecer, las mozas que salen a recoger verbena (hierba luisa) o tréboles y los baños rituales al rocío forman parte de un legado cultural que durante siglos ha acompañado la llegada del solsticio de verano en Cantabria.
Ese patrimonio inmaterial, transmitido de generación en generación, es el eje central de “Las fiestas del solsticio de verano y de San Juan en Cantabria”, libro con el que Marín Sánchez González (Santander, 1962) profundiza en una de las tradiciones más antiguas y persistentes de la región.
Editado por Librucos, el volumen de 356 páginas es el resultado de casi una década de trabajo de documentación, consulta bibliográfica y recopilación de testimonios orales.
Su autor, ingeniero de Caminos de formación y estudioso del patrimonio cultural cántabro desde hace décadas, aborda en esta publicación el complejo entramado de creencias, símbolos y rituales asociados al solsticio de verano.
La vinculación con la naturaleza
Lejos de limitarse a describir costumbres populares, el libro propone una interpretación de las celebraciones de San Juan como una manifestación cultural en la que confluyen antiguas creencias vinculadas a la naturaleza y elementos incorporados posteriormente por el cristianismo.
En una entrevista con EFE, Marín Sánchez González explica que su libro se centra en las fiestas que se desarrollaban durante la madrugada del 24 de junio, una fecha que marcaba el inicio del verano en los calendarios agrícolas y que estaba asociada al culto al sol, al fuego, al agua y a los vegetales.
El fuego ocupa un lugar destacado en el análisis, pues las tradicionales hogueras de San Juan aparecen descritas como una representación terrestre del sol y de su fuerza vital.
El autor recuerda que el propio término solsticio procede de la expresión latina ‘solstitium’, “sol estático”, en referencia al momento del año en que el astro alcanza su máxima altura aparente antes de iniciar un progresivo descenso en las horas de luz.
Explica como en las sociedades tradicionales existía la creencia de que las grandes hogueras contribuían simbólicamente a reforzar la energía del sol cuando este comenzaba a perder fuerza.

Alrededor de esos fuegos se desarrollaban numerosos rituales como bailes, saltos, paseos en torno a las llamas o la exposición al humo, considerado beneficioso para personas, animales y cosechas.
Creencias sobre el agua
El segundo bloque temático del libro lo dedica al agua, elemento esencial de la noche de San Juan, y cuya pervivencia analiza el autor en antiguas creencias relacionadas con fuentes, manantiales y enclaves acuáticos donde, según la tradición, habitaban entidades femeninas de carácter sobrenatural.
La obra estudia cómo muchas de esas figuras paganas fueron sustituidas con el paso de los siglos por advocaciones cristianas, manteniendo, sin embargo, rasgos muy similares.
En numerosos lugares de la geografía cántabra, detalla Marín Sánchez, las apariciones de vírgenes cristianas se situaron precisamente en los mismos espacios donde la tradición hablaba anteriormente de divinidades vinculadas al agua.
Junto a estas creencias, el libro recopila prácticas rituales relacionadas con las fuentes y los manantiales como recoger agua durante la noche, beberla antes del amanecer o realizar baños purificadores, así como las “rociadas” vinculadas al rocío de la madrugada y a sus supuestas propiedades protectoras.
Otro de los capítulos aborda la importancia del mundo vegetal, pues la noche de San Juan era considerada un momento excepcional para la recolección de determinadas plantas, no solo por sus usos medicinales, sino por el valor simbólico que adquirían al ser recogidas siguiendo rituales específicos.
Verbena, tréboles, helechos, laurel, saúco o muérdago forman parte del catálogo de especies que, según las creencias populares, concentraban una fuerza extraordinaria durante esas horas.
Esa capacidad desaparecía con la salida del sol, por lo que la recogida debía realizarse antes del amanecer y siguiendo determinadas fórmulas o ceremonias.
El amanecer mágico del 24 de junio
El investigador también presta atención a tradiciones que durante generaciones formaron parte del imaginario colectivo cántabro, como la llamada “flor del agua”, el paso de la cajiga o los relatos relacionados con el amanecer mágico del 24 de junio.
Para Sánchez, muchas de estas prácticas se conservaron en Cantabria durante más tiempo que en otros territorios europeos, aunque considera que las celebraciones del solsticio forman parte de un patrimonio compartido por numerosos pueblos europeos con raíces culturales comunes.
La obra dedica un espacio a la simbología solar presente en el arte tradicional cántabro y a la costumbre de quemar figuras simbólicas en diferentes festividades a lo largo del año, práctica que aparece bajo diversas denominaciones como el Judas, el Sanjuanón o el Vijanero.
El libro “Las fiestas del solsticio de verano y de San Juan en Cantabria” se completa con ilustraciones de Víctor García, cuya aportación destaca el autor por su capacidad para traducir visualmente los contenidos simbólicos y etnográficos del texto.









