ZARAGOZA. (I a d) Simeón Híjar, Arturo Sancho, Nieves Boj, Santiago Villamayor, Ricardo Álvarez y Carmen Turégano. EFE/Javier Cebollada

De las calles sin asfaltar a la democracia: el movimiento vecinal que transformó Zaragoza

Zaragoza (EFE).- Cincuenta años después de la muerte de Franco, el movimiento vecinal zaragozano recuerda su origen como una respuesta directa al abandono de los barrios y a la falta de libertades que marcó el final de la dictadura. Surgió de forma coordinada a finales de los años sesenta, cuando agrupaciones de vecinos comenzaron a organizarse para exigir cuestiones tan básicas como asfaltado, alumbrado, alcantarillado o centros escolares.

Simeón Híjar, uno de los protagonistas de aquel arranque en Zaragoza, recuerda que la movilización empezó a finales de los años 60, impulsada por hombres y mujeres que tenían unas inquietudes «por mover a la gente contra el abandono que había en los barrios».

En aquellos años, añade, “había muchísimos barrios sin asfaltar, sin alumbrado y por supuesto falta de servicios”, lo que les llevó a utilizar las asociaciones de cabezas de familia como la fórmula legal posible para reivindicar mejoras y, a la vez, denunciar la falta de libertades.

Así, esta estructura franquista se convirtió en la vía disponible para abrir espacios de participación y organización. Muchos de los líderes vecinales provenían de militancias de izquierdas, comunidades cristianas de base y colectivos obreros. De ese impulso nació una movilización que acabaría siendo determinante en la transición hacia la democracia y en la configuración urbana de la Zaragoza contemporánea.

La lucha por lo esencial: calles, escuelas, agua y servicios

En los barrios la carencia de equipamientos marcaba la vida diaria. Nieves Boj, implicada en el movimiento de Las Fuentes, y reivindicativa desde los años de rebeldía del instituto, recuerda que el barrio estaba todo embarrado y no había ni centros públicos de escolarización, junto a deficiencias sanitarias y ausencia de guarderías.

Las mujeres fueron protagonistas desde el principio: “las mujeres aquí en las Fuentes siempre han sido muy, muy, muy protagonistas de la lucha”.

El movimiento vecinal se multiplicó por la ciudad y se fue extendiendo desde Torreo o La Química, por Casetas, Delicias, San José o La Almozara.

Las parroquias cedían locales para reuniones, se organizaban asambleas multitudinarias y se tejían alianzas con sindicatos clandestinos. En palabras de Híjar, “se ayudó muchísimo al movimiento obrero, dejándoles locales para asambleas, reuniones y cajas de resistencia”.

Entre los logros de aquella etapa figuran hitos que han marcado el desarrollo urbano: la conservación del Mercado Central, la retirada de la Química de La Almozara, la transformación de los terrenos de La Granja en San José o la preservación del antiguo psiquiátrico de Delicias, donde hoy se ubican un gran parque y equipamientos sociales.

Este último caso es, para Híjar, uno de los más relevantes: lograron que no se construyeran las 800 viviendas previstas, algo que evitó la desaparición del parque y permitió dotar al barrio de servicios de los que carecía.

La Transición: de la reivindicación a la democracia participativa

Con la muerte de Franco y el inicio de la Transición, las asociaciones multiplicaron su actividad, ya no solo para reclamar equipamientos, sino para defender libertades, apoyar movilizaciones obreras y denunciar carencias democráticas.

Nieves Boj recuerda que, en ese periodo, las asociaciones no perdieron su carácter político: “A veces, cuando se habla de política, parece que estás hablando de los políticos, y no: eran luchas políticas en cuanto a lo personal, lo comunitario y lo colectivo”.

Las comisiones de mujeres comenzaron a organizarse y el feminismo se integró como una línea de trabajo estable. Boj, quien advierte de que ya se consideraba feminista desde los años setenta, asegura que las luchas en torno a la mujer formaban parte del movimiento vecinal desde su nacimiento.

Además, en Las Fuentes se prestó especial atención al poblado chabolista existente en la zona. La asociación colaboró con Cáritas y con la Diputación para “erradicar ese chabolismo”, logrando realojos en pisos con resultados diversos, pero siempre bajo una intensa implicación comunitaria.

Históricos como Ricardo Álvarez y Santiago Villamayor destacan la importancia del acompañamiento de parroquias y comunidades de base en las primeras movilizaciones, así como el papel articulador que desempeñó la Federación de Barrios en la consolidación de la democracia local.

Los años 80: juventud, centros cívicos y nuevas demandas

Con la democracia municipal ya asentada, las reivindicaciones empezaron a cambiar. Carmen Turégano, actual vicepresidenta de la FABZ y que vivió esta fase desde la juventud, recuerda que en los años 80 “cambiaron las necesidades”.

El foco se desplazó hacia la creación de centros cívicos, espacios para jóvenes y programas de Formación Profesional. Surgieron iniciativas como el TOPI en el Picarral, impulsado desde la parroquia y concebido para formar a jóvenes sin estudios en oficios como carpintería o fontanería. “Fue una oportunidad de darle a la gente que no tenía recursos una salida”, afirma.

La juventud reclamaba espacios propios, más allá de las asociaciones tradicionales. Las primeras fiestas populares, los pregones reivindicativos o la protesta contra las maniobras militares en los barrios formaron parte de este nuevo ciclo.

El giro social: feminismo, migración y trabajo comunitario

A partir de los años 90, el movimiento vecinal se fue consolidando como un agente social de referencia. Las Fuentes se convirtió en un laboratorio de proyectos pioneros. Nieves Boj recuerda la creación de la Fundación El Tranvía, concebida como “una herramienta para luchar contra el chabolismo, la pobreza, la falta de empleo”, que hoy mantiene programas de empleo, infancia, juventud o salud mental.

También destaca el proyecto “Buenas vecinas, mejor barrio”, que unió a mujeres migrantes jóvenes y a mujeres autóctonas mayores y uno “de los más satisfactorios” de su trayectoria.

Este enfoque social –feminista, comunitario, multicultural– reforzó el papel de las asociaciones como espacios de cohesión en barrios con fuerte diversidad demográfica.

Un presente que se reorganiza: cansancio, nuevos liderazgos y falta de relevo

Arturo Sancho, actual presidente de la Federación de Barrios, explica que el movimiento vive una etapa desigual: la estructura resiste, pero necesita más manos y más renovación. Hay asociaciones con equipos muy activos y otras que sobreviven gracias al voluntariado veterano. Las dificultades para atraer a gente joven es un problema conocido por todas las entidades.

Carmen Turégano, hoy dirigente en el Casco Histórico, señala que conviven generaciones con ideas distintas sobre cómo trabajar: “tenemos que cambiar el concepto; lo nuestro es a lo mejor antiguo”, reflexiona. Aun así, destaca que el secretariado actual de la Federación de Barrios es “muy joven”, con mayoría de personas en edad laboral.

Los responsables vecinales coinciden en una crítica común: la lentitud administrativa y la falta de ejecución de acuerdos. “Queremos efectividad”, señala Turégano, convencida de que demasiadas reuniones acaban sin resultados concretos.
¿Hacia dónde va el movimiento vecinal?

Nuevas causas

Pese al desgaste, todas las voces consultadas coinciden en que el movimiento sigue siendo necesario. Híjar cree imprescindible recuperar la “democracia participativa” como complemento a la representativa. Los líderes actuales apuntan hacia una renovación metodológica y a la incorporación de nuevas causas: vivienda digna, soledad no deseada, emergencia climática, envejecimiento, acceso a servicios básicos o la brecha digital.

Las movilizaciones puntuales –como las surgidas en torno a la Romareda o a equipamientos deportivos de barrio– demuestran que la chispa reivindicativa no ha desaparecido. “Cuando la gente se cabrea por algo, ve la necesidad de asociarse y reivindicar”, recuerda Híjar.

Cincuenta años después, el movimiento vecinal zaragozano mira atrás con memoria y hacia adelante con prudencia: pocas estructuras han sido tan decisivas para transformar la ciudad y tan persistentes en mantener viva la participación ciudadana.
Su historia empezó con calles embarradas y barrios sin servicios. Su futuro dependerá, de nuevo, de la gente que decida salir a defenderlos.