Sonia Guerrero Fernández es policía municipal de Los Barrios (Cádiz) especializada en atender a víctimas de violencia machista, un trabajo al que llegó después de sufrir ella misma durante ocho años el infierno de las agresiones físicas y psicológicas de su expareja. EFE/ Román Ríos

De víctima de violencia machista, a policía especializada en combatir esta lacra

Isabel Laguna I Cádiz, (EFE).- Sonia Guerrero Fernández es policía municipal de Los Barrios (Cádiz) especializada en atender a víctimas de violencia machista, un trabajo al que llegó después de sufrir ella misma durante ocho años el infierno de las agresiones físicas y psicológicas de su expareja, una experiencia que cuenta ahora en un libro.

Combatir lo que ella sufrió se ha convertido en el centro de la vida de esta mujer de Ubrique (Cádiz) de 45 años que ha vivido paso por paso la espiral que suelen recorrer la mayoría de las mujeres víctimas de violencia machista y que ahora ve aterrada como «la cosa va a peor» porque los malos tratos «cada vez empiezan antes» entre los jóvenes, según explica en una entrevista con EFE.

De «princesa» a presa

«Ayer estuve en un instituto y encontré a niñas de 14 años que ya contaban que los novios las habían pegado alguna vez», se alarma esta mujer que ahora da conferencias en centro educativos y ayuntamientos para prevenir la violencia machista mientras presenta su libro ‘Las cosas que callé’, en el que cuenta su historia.

Su vida cayó en esta lacra cuando a los 28 años conoció por Internet a «un hombre maravilloso» que en las primeras citas «era maravillosísimo del todo».

Se enamoró «perdidamente». Tanto que a los cinco meses dejó su trabajo como asesora financiera de un banco y su independencia y se fue a un piso que él había alquilado para los dos en otra provincia.

«De la noche a la mañana empezó a cambiarme. Me decía que era la mujer de su vida, su princesa y todo lo más para él, y, con tal de seguir en la relación, fui cediendo en todo», rememora.

«Dejé de trabajar, él me decía que no hacía falta, que con él no me iba a faltar de nada, que quería protegerte… como empiezan todos», cuenta.

Encerrada en casa

Al año de convivencia, en la que ella se había alejado de familia y amistades, llegó «el control».

Empezaron los «eres mía» y los «no vales para nada y dependes de mi» y empezó a dejarla encerrada en casa cuando se iba a trabajar.

«A mí me saltaban las alarmas pero no echaba cuenta, me decía a mi misma que me estaba protegiendo así».

El paso a las agresiones físicas se dio cuando se quedó embarazada: «Fue aun peor, sufrí entonces malos tratos físicos que no se han podido demostrar porque yo iba al médico y decía que los moratones eran porque me había caído con el perro o por las escaleras».

Él, como no quería tener ese hijo, hizo, según cuenta, que constantemente la llamaran clínicas en las que había pedido cita para que abortara.

Cuando nació su hijo estuvo «un par de meses tranquila» pero «después volvió a lo mismo, a encerrarme y a volcar su ira porque una tortilla se había pasado, porque el niño lloraba o porque el suelo recién fregado estaba mojado».

Una nueva vida, con su sueño de ser policía

El final llegó gracias a que él decidió irse de la casa, porque tenía otra familia. «Vi la puerta y me dije ahora, y volví a Ubrique».

Con su hijo de 3 años y la ayuda de sus padres decidió empezar una nueva vida y conseguir el sueño que tenía «desde jovencita», ser policía.

Le costó cuatro años aprobar la oposición, pero desde hace tres años es policía municipal de Los Barrios, especializada en atender violencia machista.

«Mis compañeros saben que yo he desarrollado un sexto sentido, me doy cuenta de señales que pueden pasar desapercibidas», cuenta mientras relata cómo en una ocasión llegaron a una casa en la que estaban una mujer y su hija. «Se me vino a la cabeza mi hijo», explica, antes de contar cómo supo que la mujer no podía hablar porque en otra habitación había un hombre dando toquecitos en la pared. «Terminé en el suelo, llorando con las dos», recuerda.

«Los golpes se me fueron, pero el machaque psicológico sigue aquí», dice esta mujer que continúa recibiendo atención psicológica.

Las notas que ha tomado desde hace siete años tras las sesiones de apoyo psicológico le han servido ahora para conformar su libro después de que alguien las leyera y le dijera que con ellas «podía ayudar a mucha gente», explica.

Así que ahora, además de policía, da charlas para presentar, con su libro, su historia, con la esperanza de que no se vuelva a repetir.

«Esto no puede seguir así. Y lo peor es que entre los jovencitos es donde más casos se dan. Tiene un concepto muy equivocado del amor y el control, han normalizado que su pareja les puede revisar el móvil, decir que es tonta o que está provocando si alguien la mira», lamenta. EFE