Sal sin químicos que nace entre olivos y montañas

María Alonso I

Granada, (EFE).- Sal sin químicos. Rodeadas por un mar de olivos y montañas, en el pueblo granadino de La Malahá se encuentran unas de las pocas salinas de interior que quedan en Andalucía, donde el manantial Arroyo Salado permite producir en estas instalaciones más de mil toneladas al año de sal sin productos químicos añadidos y sin recibir ningún tratamiento.

Según explica en una entrevista con EFE el encargado de operaciones de las salinas, Jesús Lorenzo, la sal que producen es más saludable que la marina puesto que, al ser de manantial, no contiene microplásticos ni restos de productos contaminantes como el petróleo que vierten los barcos en el mar.

Unas salinas con miles de años de historia

Hace unos 250 millones de años, emergió del mar la porción de tierra que supuso el inicio de la Península Ibérica, pero toda la parte oriental de lo que ahora es España estaba sumergida bajo las aguas del mar de Tetis que, al desecarse millones de años después, dejaron yacimientos de sal.

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Vista general de las salinas de La Malahá (Granada), donde se encuentran unas de las pocas salinas de interior que quedan en Andalucía y donde se producen toneladas al año de de sal sin químicos añadidos. EFE/María Alonso Marcos

«Como hace miles de años esto era mar, el agua viene de un yacimiento, de una veta estancada donde nace el agua de la tierra», dice el encargado de las salinas.

Lorenzo cuenta que las salinas de La Malahá -cuyo topónimo proviene de la palabra árabe al-mallāha, que significa «tierra salina»- tienen «mucha historia», porque están en funcionamiento desde la época fenicia, hace unos 3.000 años.

«Aquí están haciendo excavaciones arqueológicas, porque donde están las salinas había un cementerio romano», comenta antes de señalar unos huesos y la silueta de un cuerpo en uno de los montículos de tierra que hay a unos 200 metros de donde se encuentran las albercas.

Un proceso de elaboración natural

Según explica el encargado de operaciones, durante todo el año va almacenando el agua que sale de forma natural del manantial en unas albercas y, cuando comienza a hacer calor -sobre el mes de mayo-, llena esas balsas con una cuarta de agua.

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El encargado de las salinas de La Malahá (Granada), Jesús Lorenzo, posa entre las montañas de sal donde se producen más de mil toneladas al año de sal sin químicos añadidos y sin recibir ningún tratamiento. EFE/María Alonso Marcos

«El sol es el que hace el trabajo de evaporarla y, una vez que ya hay un dedo de grosor de sal en el suelo, vacío el agua, paso con el tractor y las almaceno creando unas pequeñas montañas», indica Lorenzo.

Comenta que transporta esas pequeñas montañas de sal al almacén para que no les caiga el agua de lluvia y después las envasa sin echarle apelmazantes: «Tal y como viene del yacimiento está envasada».

Jesús Lorenzo dice que son unas de las pocas salinas de interior que quedan en explotación en Andalucía donde, aunque ahora hay unas 10, hasta hace no muchos años había más de 300 a lo largo de la comunidad autónoma andaluza.

Una tradición milenaria

El encargado de las salinas de La Malahá -que fueron restauradas en 1991- explica que, antiguamente, el proceso de producir la sal era más complicado, porque la sal se recogía y transportaba con burros.

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Vista de un puñado de sal de las salinas de La Malahá (Granada), donde se producen más de mil toneladas al año de sal sin químicos añadidos y sin recibir ningún tratamiento. EFE/María Alonso Marcos

«Aquí trabajaba todo el pueblo para recoger las miles de toneladas de sal. Trabajaban todo el verano y parte del invierno y, después, la transportaban a Motril para el pescado y para la matanza», comenta Jesús Lorenzo, quien añade que, ahora, gracias a la maquinaria, se encarga él solo de recoger, amontonar, almacenar y envasar toda la sal.

Cuenta que en los meses de verano -cuando se evapora el agua de las albercas y la sal queda en el suelo- es cuando hay más exceso de trabajo y que, en invierno, se dedica fundamentalmente a envasarla, cargarla en camiones y hacer la venta al público.

Según Lorenzo, aunque en los últimos años venden algo menos de sal, Cetursa- la empresa pública que gestiona la estación de esquí de Sierra Nevada– compra la mayor parte de la que producen, porque la utilizan, entre otras cosas, para echarla en las carreteras y calles por sus propiedades para derretir el hielo.

«La sal más limpia que tenemos la vendemos a los panaderos, aunque también vendemos para descalcificadoras de agua y para las piscinas, porque ya se sabe que echarle sal a las piscinas es mucho mejor que el cloro», concluye. EFE

Edición Web: Luis Ortega