Ana Santana |
La Laguna (Tenerife) (EFE).- Menores que sufrieron la erupción del volcán en La Palma, que sobrevivieron a una travesía en un cayuco desde África o emigraron desde Venezuela, y que encontraron refugio en Canarias al estallar la guerra en Ucrania han coincidido este viernes en una petición: «que se escuche nuestra voz».
Es la demanda unánime que han compartido Aminata, Alejandra, Sayara, Lourdes, Carla, Denis y Cristina para conmemorar el Día de la Infancia en Canarias y que, bajo el lema «Escuchar su visión del mundo es el primer paso para cambiarlo», ha aglutinado «testimonios potentes de esperanza y de vida».
De esta manera ha definido las intervenciones de estos chicos y chicas la consejera canaria de Bienestar Social, Candelaria Delgado, que a su vez les ha hecho una petición: «cámbiennos a nosotros y a la sociedad».
Sobre el escenario del salón de actos del Museo de la Ciencia y el Cosmos de Tenerife, amueblado para la ocasión con butacas tapizadas por chicos tutelados en el centro de menores de Valle Tabares, abrió el turno Carla, alumna del IES Eusebio Barreto de Los Llanos de Aridane y que resumió su experiencia cuando estalló el volcán, en 2021: «De pronto, vivir se volvió pesado».
«Llegamos a creer que éramos débiles, cuando en realidad estábamos hechos pedazos y nuestro silencio pudo ser una cárcel», ha rememorado la adolescente, para quien la solución ante «las grietas» de la ansiedad y la depresión es «no callarse sino gritar, gritar y gritar, dar palabras al dolor».

Para Alejandra y Sayara, también palmeras, lo vivido quedó reflejado en el miedo a que llegara la lava porque el volcán se llevó todos los sitios que frecuentaban, pero para los niños y jóvenes que puedan vivir una experiencia semejante su consejo es «coger fuerzas para seguir adelante, nunca rendirse, no te puedes quedar atrás».
Y una última puntualización para quien piense que ver surgir un volcán es hermoso: «No, no tiene nada de bonito».
Lourdes también vive en La Palma pero procede de Venezuela, de donde emigró con sus padres, y admite que no se va a adaptar «tan rápido» porque una parte de ella quedó atrás y aún recuerda sus inicios en el instituto, con compañeros «crueles» que se burlaban de su acento.
Para Aminata, acogida en Artenara (Gran Canaria) tras arribar a las islas en cayuco, lo más duro fue precisamente el viaje de siete días y que su familia «quedó allá», en su Guinea natal, pero una amiga le infundió fuerzas «para que no me rindiera» en su propósito de estudiar y tener un trabajo, una vida mejor.
Y desde el principio «me sentí acogida», ha comentado con satisfacción, al tiempo que ha pedido a las autoridades «que escuchen nuestra voz».
Para Denis y Cristina, de Ucrania y acogidos con una familia de Fuerteventura, la vida cambió en un día «normal y corriente», el 24 de febrero de 2022, cuando entró la artillería rusa en su pueblo y los niños pasaron de mostrarse «chulos» y burlarse de la invasión («bromeábamos con jugar de verdad al Fortnite») a pasar «miedo».
Cristina relata la incredulidad cuando en el instituto los profesores les pedían traer cada día más ropa, comida y agua por si les sorprendía la invasión estando en clase, porque, ha rememorado, «todo el mundo se reía: estábamos en Europa, en el siglo XXI».
«Y de repente nos vimos desesperados, sin poder salir, con momentos que nunca vamos a olvidar», como cuando la vecina les ofreció su sótano para dormir y refugiarse de los ataques pero sin sus abuelos, porque ya había allí unas 20 personas, y vivieron la desesperación cada noche de pensar que no iban a volver a verlos más.

Para Denis, sus abuelos Nila y Leonid son «nuestros héroes», pues los criaron y educaron, ya que son huérfanos, y ahora tienen en Canarias «las personas de las que tomamos ejemplo, Araceli y Carmelo, porque son buenos, y por su gran corazón».
Denis quiere ser médico «para ayudar», policía nacional o militar y Cristina aspira a convertirse en psicóloga o enfermera. Ambos quieren permanecer en Canarias, y visitar Ucrania cuando acabe el conflicto, y piden «paciencia y empatía» hacia quien se ve obligado a abandonar su país.
Al respecto, han recordado que al inicio de su escolarización en las islas a Denis le pusieron de repente el sonido de una sirena de alarma en la clase y a Cristina le tiraron un petardo al pasar, lo que les hizo revivir la situación bélica.
Pero, tras el susto, se dieron cuenta de ya no vivían en una guerra y ahora Denis sólo piensa para su futuro en «ofrecer ayuda» y, para ello, «lo mejor que hay es la palabra, porque una palabra puede dañar, pero otra palabra también puede curar». EFE