Imagen del Museo de la Anchoa de Santoña. EFE/Miguel Ramos

La anchoa estrena su primera galería de arte en Santoña

Santoña (EFE).- La villa marinera de Santoña ha materializado en una galería de arte la evolución histórica y los entresijos que implica todo el proceso artesanal conservero de su producto estrella: la anchoa, desde la captura en redes hasta su degustación en la mesa.

“Mucha gente desconoce el valor que tiene la elaboración de una lata de anchoas y el delicado trabajo manual que atesora”, subraya Ana María Fernández, fundadora de la conservera familiar que lleva su nombre e impulsora del primer rincón en Santoña que homenajea a ese pescado.

Se trata de un proyecto que rondaba por su cabeza desde hace años y que consideraba necesario en Santoña, una población que desde finales del siglo XIX vive prácticamente ligada a la anchoa y forma parte de su costumbre e idiosincrasia.

“Era algo muy necesario, porque hasta ahora no existía un referente explicativo para las personas que visitaban Cantabria”, defiende Ana María, quien rehúsa concretar la inversión total de cientos de miles de euros que ha supuesto acondicionar el espacio y los elementos para conseguir una experiencia inmersiva, con imágenes y sonidos del mundo de la mar.

El mundo de la anchoa

La galería recrea un fondo marino con un barco de madera encallado en la parte central que sirve de nexo de unión entre la muestra, una cafetería y una tienda en la que se despachan productos en conserva.

Asimismo, el espacio se mimetiza con artículos de navegación y sus paredes están decoradas con redes y antiguas fotografías del mundo de la mar.

Unos paneles explicativos relatan la eclosión de la actividad pesquera en el municipio con la llegada de italianos en busca de la anchoa del Cantábrico, o cómo los marineros descargaban y transportaban a mano el pescado hasta la implantación de maquinaria.

Todo ello sumado a la exposición de antiguos útiles que se empleaban en la industria salazonera.

Por ejemplo, las tinas, recipientes de madera, de unos 400 kilos de capacidad, para el salado y lavado en salmuera de la anchoa. O los primeros envases para el salazonado del pescado conocidos como barril siciliano, elaborados en madera de haya y que, desde mediados del siglo XX, poco a poco, fue evolucionando en recipientes de hojalata con distintos formatos.

También tiene cabida ilustrativa la sal, un ingrediente básico en la conservación del pescado que antaño llegaba al norte de España en mercantes procedentes de las salinas de Torrevieja (Alicante) y Cádiz.

Redes, cestas, pesos, básculas o herramientas se complementan con un mapa cartográfico del mar Cantábrico, un vídeo sobre la pesca en Santoña o sonidos a bordo de una embarcación.

El “talento manual” de las sobadoras

Además, durante la visita, una sobadora luce en directo el minucioso talento manual que compromete el fileteado de los lomos de anchoa para que luego sean conservados en aceite.

“Queremos que el público sienta lo que es estar en Santoña y conozca nuestro trabajo con todo su potencial”, admite Ana María, quien confía en que, tras la experiencia, los asistentes empaticen más con la industria conservera y el valor artesanal del producto.

Entre otros artículos cedidos para la exposición, uno de los más emotivos para ella es un libro de registros de la lonja de la Cofradía de Pescadores de Santoña en el que aparece el nombre de su bisabuela, una de las pioneras en tener permiso para comprar anchoas, algo inusual entre mujeres de aquella época.

La galería de la anchoa de Santoña está abierta al público con entrada gratuita para los vecinos y precio testimonial para el resto de visitantes, con la idea de que pueda permanecer en el tiempo este primer tributo material a un símbolo social.