Ana Márquez |
Madrid (EFE).- Las abuelas grafiteras del Centro de Mayores de Antón Martín en Lavapiés vuelven a agitar los aerosoles para colorear de memoria las calles del barrio en el Festival de Intervenciones Artísticas (CALLE), que cumple su 13ª edición cambiando el mapa urbano del barrio.
Del 7 al 27 de mayo, 50 artistas intervendrán 50 espacios cedidos por comercios del barrio, en una cita impulsada por la Asociación de Comerciantes de Lavapiés que ya se ha convertido en una cita anual donde las estrechas y empinadas calles del centro de Madrid se llenan de color.

Entre los artistas invitados destacan una decena de mujeres y un par de hombres, entre 70 y 91 años, que se han enfundado emocionados los guantes y las mascarillas para grafitear la fachada del restaurante vegano Santa y Pura en la calle Santa Isabel.
Este grupo de señoras forman parte de este festival artístico desde el año 2020 y vienen del Centro Municipal de Mayores Antón Martín en una iniciativa que surgió -como tantas otras- a raíz de la pandemia.
«Fue un sector muy afectado y ese año quisimos hacerles un homenaje pero, sobre todo, que disfrutarán y cada año nos lo siguen pidiendo. Son incombustibles», ha asegurado a EFE Mercedes Saracho, gerente de la Asociación de Comerciantes de Lavapiés, quien coordina el festival de arte urbano.
Bajo la dirección de la artista visual Nataline Pomar
Las abuelas grafiteras han estado este año capitaneadas por la dirección de la artista visual Nataline Pomar, quien se ha definido a sí misma, en una entrevista con EFE, como «una activista del color» y ha configurado la obra «Los colores de nuestras abuelas».
Se trata de un retrato colectivo hecho por las propias participantes con piezas de madera que cada abuela grafiteras pintará del color que más le representa y el rostro abstracto contará con una bombilla como ojo que representa «la luz de las viejas a las nuevas generaciones» del barrio.

Junto a la obra, en un lateral, se incluirá una leyenda para explicar qué color ha elegido cada participante y por qué.
Pilar, de vital energía con 83 años, sabe cuál es su color: el rojo. «Es alegre y da vida», ha asegurado a EFE entre risas junto a sus compañeras de barrio, en él que vive desde que llegó con ocho años y ha visto cómo ha cambiando durante décadas.
Uno de los barrios más emblemáticos de la ciudad
El verde es el de Etelvina (74 años), quien prefiere que se la llame Etel, porque es el «color de la esperanza y le da vidilla». Es otra de las vecinas que ya habitaban Lavapiés «cuando todavía había serenos», hace más de sesenta años, y ha visto cómo los de su generación son «cada vez menos».
«Ay, que me mancho», bromean entre ellas, que se conocen desde hace años en el centro de mayores de Antón Martín y formar parte de las abuelas grafiteras las ha unido aún más, desde hace seis años que arrancó esta iniciativa de CALLE.
Pilar reconoce que a ella nunca le había gustado las manualidades pero no tiene reparos en menear los aerosoles y asegura que «hasta que el cuerpo le aguante» seguirá siendo una grafitera más en Lavapiés.
Este es un reconocimiento para las vecinas que más tiempo han pasado en uno de los barrios más emblemáticos de Madrid, una de las zonas que, según el último informe de la Federación Regional de Asociaciones Vecinales de Madrid, «pierde más de cinco vecinos al día» como consecuencia de la turistificación y el alto precio de la vivienda.
Unas consecuencias que también están notando las abuelas y, como ha asegurado Pilar a EFE, cada vez queda menos gente mayor en el centro de las ciudades que puedan «guardad su memoria».










