Begoña Fernández |
Madrid (EFE).- La historia de la editorial Bruguera estaría incompleta si no se reconoce el papel de las más de 200 mujeres que hicieron el trabajo anónimo en un mundo narrado en masculino. Son ‘Las invisibles de Bruguera’, a quienes la asociación Comiqueras rinde homenaje en víspera del Día del Cómic y a los 40 años de su cierre.
Durante dos días, Comiqueras, Tebeosfera (la Sectorial del Cómic), el Instituto de las Mujeres y el Ministerio de Cultura rendirán homenaje en unas jornadas a estas mujeres que desde el anonimato dibujaron innumerables viñetas de Mortadelo, Filemón y Sacarino y montaron cientos de páginas de las revistas para niñas que hacían furor entonces: ‘Chicas’, ‘Gina’, ‘Lily’, ‘Esther’… y que hoy se cuestionan desde la óptica feminista.
Son las dibujantes Ángeles Felices (1948), María José Cano (1954) y Lurdes Martín (1958), pero también la administradora Julia Galán (1948). Ilustradoras, portadistas, montadoras, colaboradoras, administrativas.. cientos de mujeres que pasaron por la editorial sin dejar rastro en un mundo de firmas masculinas.
«Solo una vez se coló mi firma, en pequeñito»
En una entrevista con EFE, María José Cano (1954) cuenta que llegó a la editorial Bruguera con apenas 18 años con una carpeta bajo el brazo e intención de conseguir trabajo.
Una prueba en la que se le pidió esbozar una viñeta del Capitán Trueno y otra de Doña Urraca fue suficiente para conseguir su primer empleo, pero no entró en el Estudio de Dibujantes, sino en el departamento de montaje de la revista ‘Lily’: «Pero eso no era lo que yo quería, a mí me llamaba dibujar».

Con el tiempo se incorporó al Estudio de Dibujantes donde en seguida le dieron guiones que dibujaba a lápiz y pasaba a tinta.
También se encargó de los personajes de José Peñarroya para la revista ‘Lily’: ‘Apartamento para cuatro’, cuatro chicas que compartían piso y que a la muerte de su creador, ella fue modernizando y adaptando a su personalidad artística.
Cano recuerda que solo en una ocasión apareció su firma y fue por error. Ella, a veces, ponía su nombre «muy pequeñito» por si colaba, pero siempre lo borraban, salvo en una ocasión que alguien se olvidó y salió publicado: «Aún lo guardo, me hizo mucha ilusión».
«También hice muchos personajes de Ibáñez sobre todo el botones Sacarino, pero nunca se podía firmar, eso estaba reservado a los creadores», comenta.
Cano estuvo en la plantilla de Bruguera de 1972 a 1978. A partir de ahí y hasta 1984 firmó otro contrato: «Dibujaba en casa, y llevaba equis páginas cada semana a la editorial».

Luego llegó la época difícil y se desvinculó y se dedicó a los decorados de teatro, la cerámica y las acuarelas.
Lurdes Martín, experta en los personajes de Ibáñez
Lurdes Martín (1958) se define como comiquera, es el término que más se ajusta a su perfil. Empezó a trabajar en Bruguera en 1979, lo hacía como colaboradora de Ramón María Casanyes.
Llegó a Bruguera animada por su padre, ella no se decidía porque era dibujante de moda. La prueba fue presentar una serie de personajes de Ibáñez: «Los llevé y no se lo creían, pensaban que eran de él».
Una vez constatada su autoría y que clavaba los personajes de Ibáñez, el empleo llegó de inmediato con una frase de sus jefes: «Nos has caído del cielo».
En su caso siempre trabajaba en el domicilio. Los lunes entregaba páginas y cobraba, siempre igual hasta que llegó la suspensión de pagos y las huelgas y ahí conoció en persona a Ibáñez, que le pasaba los guiones que ella dibujaba.
Su recuerdo de Bruguera es muy bueno: «Aprendí de los mejores, de Casanyes y de Ibáñez».
Lurdes tenía normalizado que no podía firmar, pero siente que «hubiera estado bien haber figurado», al menos, como colaboradora, aunque nunca ocurrió.
No obstante, admite que le pagaban bien y tenía un trabajo bonito y que le divertía: «Dibujabas y te reías, en la balanza pesa lo bueno y el bagaje adquirido me sirvió en Alemania e Italia», donde estuvo dibujando años más tarde.
«Las mujeres eran el motor de Bruguera»
Desde la organización de la jornada, la autora de cómic, secretaria de Comiqueras y directora del seminario, Montserrat Mazorriaga, asegura que las mujeres «eran el motor de Bruguera» por eso este homenaje que abarca, en femenino, a todos los sectores de la editorial.
«La intención de Comiqueras era reconocer el trabajo no solo de las dibujantes también de las administrativas, las montadoras y las mecanógrafas de texto que medían el espacio en los bocadillos para escribir los diálogos. Y todo eran mujeres».

«En los setenta había 42 mujeres dibujantes, 35 guionistas, 20 ilustradoras, 18 portadistas, cuatro humoristas y siete directoras de secciones, pero también muchas dibujantes externas y coloristas».
A Mazorriaga le gustaría que las jornadas fuesen un reconocimiento a las mujeres y que sacase a luz su ingente trabajo en cadena.
Bruguera se convirtió en el siglo XX en la fábrica de cómic más importante de España y consiguió entrar en miles de hogares con historietas como las de ‘Pulgarcito’ o ‘Tío Vivo’, pero detrás de ese gigante de la cultura había muchas mujeres que fueron el pilar de la producción y que estuvieron ocultas por el anonimato o el seudónimo.