El escritor australiano Gerald Murnane. EFE/ Ian Hill / Text Publishing

Gerald Murnane, el escritor australiano que conquistó a lectores del mundo sin salir de casa

Edurne Morillo |

Sídney (Australia) (EFE).- Desde una casa modesta del árido oeste del estado de Victoria, lejos de festivales literarios y de aeropuertos que nunca ha pisado, el australiano Gerald Murnane lleva más de medio siglo escribiendo libros que se alejan de la novela convencional y que, pese a su origen íntimo y doméstico, han conquistado a lectores de todo el mundo.

Considerado uno de los autores más singulares de la literatura en lengua inglesa, Murnane (Melbourne, 25 de febrero de 1939) sostiene que jamás quiso imitar la realidad en sus ficciones.

«Sabía desde el principio que no iba a escribir una novela convencional», afirma en una entrevista con EFE, respondida en folios mecanografiados escritos desde su retiro rural y enviados por correo a través de su agente, después de meses de intercambios para hacerle llegar las preguntas.

Y es que Murnane, de 87 años, no utiliza teléfono móvil ni internet, nunca ha subido a un avión, no se baña en el mar y rara vez concede entrevistas. El octogenario lleva una vida ascética alejada del sobreestímulo digital en Goroke, pueblo de apenas 300 habitantes en el suroeste australiano, donde se instaló con uno de sus tres hijos tras la muerte de su esposa, Catherine, en 2009.

Su obra ha sido sin embargo traducida a numerosos idiomas, su nombre aparece con frecuencia en las quinielas del Nobel de Literatura y cuenta con un público devoto dentro y fuera de Australia.

Así, el ermitaño escritor ha construido paradójicamente una obra que, a pesar de no mirar al «mundo visible», como él lo define, sino al territorio oculto de la mente y la memoria, ha llegado a lectores repartidos por el globo.

«Un informe de mi mente»

Murnane dedicó casi diez años a terminar su primera novela, ‘Tamarisk Row’ (1974). «Sabía desde el principio qué quería escribir, pero no podía decidir cómo debía hacerlo», recuerda.

Su rechazo es frontal a la idea de que la ficción debe simular la realidad: no acepta que los personajes puedan discutirse «como si fueran personas reales», dice en los folios enviados a EFE. Para él, una obra literaria es «ni más ni menos que un informe de parte del contenido de mi mente».

Esa convicción lo llevó a experimentar con la forma: fragmentos no secuenciales, ausencia de párrafos y bloques de texto compactos. «Utilicé todos esos medios para sugerir que la obra entera era el informe de un sueño despierto», explica.

Carta y libros de Gerald Murnane.
Carta y libros de Gerald Murnane. EFE/Edurne Morillo

En libros posteriores, como ‘The Plains’ (1982), ‘Inland’ (1988) o ‘Barley Patch’ (2009), profundizó en esa línea: una narrativa sin apenas trama ni personajes convencionales, más cercana a la meditación que al relato.

El diario estadounidense The New York Times lo definió como «el mejor escritor vivo en lengua inglesa del que casi nadie ha oído hablar», síntesis de su condición de autor de culto.

Un escritor intermitente

Lejos de la imagen del creador compulsivo, Murnane insiste en que nunca escribió por rutina. «Nunca he escrito a menos que haya tenido que hacerlo. Mi vida ya estaba bastante ocupada», señala.

Durante décadas fue profesor de escritura creativa y literatura en universidades y centros de educación superior en Australia, al tiempo que llevaba una vida familiar como marido y padre de tres hijos.

Seguía las carreras de caballos, una afición que también atraviesa su obra, bebía cerveza con amigos, tocaba el violín y cuidaba el jardín. Podía pasar «semanas, meses, a veces años» sin escribir.

Pero cuando la necesidad lo impulsaba, trabajaba con disciplina férrea. A sus espaldas se acumulan dieciséis cajones archivadores repletos de borradores. «He reescrito muchas frases cinco o seis veces antes de llegar al mejor orden posible de palabras», asegura.

Para Murnane, todo comienza con una imagen. «Una imagen empieza a inquietarme», explica, acompañada de un sentimiento que sugiere conexiones con otras representaciones.

Su trabajo literario consiste en desentrañar esas relaciones: «la visión de la primera imagen es mi inspiración, mientras que descubrir las conexiones es mi disciplina».

Prefiere insinuar los sentimientos antes que nombrarlos. Sus libros, afirma, «tienen poco que ver con el mundo de las superficies», frente al «mundo invisible de la mente y el sentimiento».

Libros para su «lector ideal»

En sus reflexiones, distingue entre el hombre cotidiano y el que escribe. «La persona que escribió mis libros no es el Gerald de todos los días. Llámalo el Gerald verdadero», dice.

Ese «Gerald verdadero» escribe para un solo destinatario imaginario. «Estaba escribiendo mi segundo o tercer libro cuando entendí que escribía para un solo personaje. Nunca sabré su nombre», afirma. Es su «lector ideal», alguien que le comprende «como en los sueños, sin palabras».

Instalado en una rutina casi monástica -violín diario, estudio autodidacta de húngaro, idioma que decidió aprender por interés personal para leer en versión original a autores de Europa central- y archivos personales bajo llave, Murnane observa con escepticismo el mundo literario.

A quienes empiezan les ofrece un consejo tajante: «Nunca abandonen su empleo. Nunca esperen ganarse la vida con la escritura. Sobre todo, no escriban lo que creen que gustará a muchos lectores, sino lo que tienen que escribir».

Murnane ha predicado con el ejemplo y, desde su aislamiento en Australia, ha construido una obra leída en distintos países sin apenas moverse de su entorno.