Sagrario Ortega |
Madrid (EFE).- Un lleno salón de actos ha acogido en la cárcel de Soto del Real (Madrid) la actuación de seis cuentacuentos -o narradores orales, como a ellos les gusta que se les llame-, en una actividad presenciada por EFE y en la que durante casi dos horas los presos han tenido ante sus ojos las llaves que «abren el mundo», las de la cultura.
Actuaron el jueves, víspera del Día Internacional de las Narraciones Orales, el 20M, aún no oficial en España pero una jornada sagrada para los profesionales de un arte escénico que todavía no se ha reconocido como tal en nuestro país.
Estos seis artistas, miembros de la Asociación de Profesionales de la Narrativa Oral en España (AEDA), actuaron ante un público especial: los presos de la cárcel de Soto del Real. Quizá por ello incorporaron a sus actuaciones individuales un elemento común: la llave.
La llave, ese «objeto poderoso» en palabras de los actores, que no podía abrir las rejas ni las puertas de las celdas de los espectadores, pero sí las de su imaginación, las de sus propios «reinos», las de un mundo menos cotidiano para ellos pero en el que han querido entrar: el de la cultura.

Joana, Elia, Sofía, Charo, Estibi y Mar, todos ellos profesionales de la narración oral, lograron que las decenas de reclusos de todas las edades que llenaron el salón de actos recordaran los cuentos, las historias que escucharon de sus abuelos, de sus padres, de sus allegados y las que construyen en sus propias cabezas.
El cuento de Daniel Zarco
Daniel Zarco es uno de lo presos que acudió a la actuación. Quizá era el interno más mayor en el patio de butacas. Al acabar, definió la experiencia como «bastante agradable» y reconoció que se sentía identificado con los cuentos porque le retrotraían al pasado.
Y también a un presente de «tristeza y soledad». ¿Cuál es su cuento?, le preguntamos. El de un señor mayor -dijo- que quiere un cambio en su vida pasada, superarla y salir adelante.
A Daniel se unió Leonardo, un preso italiano también mayor que se esforzaba por hablar castellano y que se emocionó hasta las lágrimas. Quiso resumir así su vida en la cárcel: «Buscamos vivir en armonía superando la conflictividad».

Rogelio también habló para la prensa. Es el responsable de la biblioteca de uno de los módulos del centro penitenciario y reconoció que siempre le sorprende la decisión de los internos a la hora de elegir libros. «El que menos te lo esperas elige un libro de poesía romántica, y el que te parece una persona tranquila, te pide un libro de terror».
En cualquier caso, a Rogelio la actuación de los cuentacuentos le encantó. «Es uno de los géneros que más me gusta», confiesa este preso, que ya ha hecho sus pinitos en el escenario al haber participado en una obra de teatro organizada en el centro.
El antiguo y digno oficio de ‘vivir del cuento’
Para algunos de los seis narradores no era la primera vez que se actuaba en una cárcel. De todos modos quisieron trasladar a los presos que ‘vivir del cuento’ era uno de los oficios más antiguos y más dignos de la humanidad y que se ejerce con un solo objetivo: llevar la ilusión al espectador.
Hoy es #20M – Día Mundial de la #NarraciónOral y, además de celebrarlo contando cuentos, en AEDA pedimos a nuestro socio de honor que nos haga el pregón de la fiesta.
— AEDA Narración Oral (@_AEDA_) March 20, 2026
Podéis verlo aquí
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Hoy y todos los días no dejéis de contar y de escuchar cuentos. pic.twitter.com/qs5r5sdCKn
Y la llevaron a los presos gracias a Juan Sobrino, el bibliotecario de la Biblioteca Municipal de Soto del Real, que hizo de «enganche» con AEDA, la cárcel y el Ministerio de Cultura para que se pudiera organizar la actividad de los cuentacuentos.
Experiencia tiene. Porque Sobrino lleva desde 2018 sacando adelante en la cárcel del Soto del Real el proyecto «Libros que saltan muros», del que derivan cada año diversas iniciativas culturales.
La de este jueves gustó mucho a los presos, que vencieron su timidez para participar en las improvisaciones de los artistas.
Una experiencia que presenciaron el secretario de Estado de Cultura, Jordi Martí Grau, y la directora general del Libro, María José Gálvez.
Martí Grau se dirigió a los presos para explicarles que lo que iban a presenciar era una experiencia cultural tan conmovedora como cualquier película. «La cultura te transforma, cambia algo de ti. Nos ayuda a ser un poquito más libres», les dijo.
Y los presos se sintieron así por unas horas.