DOCUMENTAL MIGUEL ANGEL BLANCO
Un artista pinta el retrato del concejal del PP asesinado por ETA, Miguel Ángel Blanco, en una imagen de archivo. EFE/Miguel Toña

Un documental repasa la 48 horas de Miguel Ángel Blanco que siguen en la memoria colectiva

Belén Escudero |

Madrid (EFE).- El secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco regresa casi tres décadas después en una película documental de Jon Sistiaga y Juanjo López que reconstruye los dos días de julio de 1997 que mantuvieron en vilo a millones de españoles y que, según explican sus directores a EFE, fueron «el principio del fin» de ETA y el momento en que una parte de la sociedad decidió dejar de callar.

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‘Miguel Ángel Blanco: las 48 horas que lo cambiaron todo’, producido por The Tintirin Team y que se estrenará este viernes en Netflix, reúne más de 180 horas de material de archivo y una treintena de testimonios para reconstruir el secuestro y asesinato del concejal vizcaíno, la movilización ciudadana que desencadenó y el nacimiento del llamado Espíritu de Ermua.

Neflix ha apostado por un relato con ritmo de ‘thriller’, aunque el espectador conozca el desenlace desde el primer minuto porque, como explican sus directores, lo importante no es cómo acaba la historia, sino como se vivió.

Dónde estabas

Bastarán unos minutos para que muchos mayores de 35 años recuerden cómo vivieron esa cuenta atrás o dónde les alcanzó una noticia que todavía asocian a una radio, un telediario o una conversación interrumpida.

DOCUMENTAL MIGUEL ANGEL BLANCO
El secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco regresa casi tres décadas después en una película documental de Jon Sistiaga (imagen) y Juanjo López. EFE/Ballesteros

Era una España distinta. Los móviles apenas empezaban a extenderse, internet era minoritario y la información llegaba por televisión, radio, prensa, teléfono y el boca a boca.

«Lo que queríamos es que la gente de una determinada edad se siente a verlo y diga: me acuerdo perfectamente de dónde estaba», explica Sistiaga, que aspira también a que los hijos lo vean con los padres y les pregunten: «¿En serio pasó esto?».

El documental reúne a familiares, como su hermana Marimar, amigos, periodistas, investigadores y responsables políticos e institucionales de entonces, entre ellos el que era presidente del Gobierno, José María Aznar; ministro del Interior, Jaime Mayor Oreja; el juez Manuel García Castellón; el alcalde de Ermua, Carlos Totorika, y el rey Felipe VI.

El rey, desde la cercanía

La participación del rey incorpora una coincidencia generacional que atraviesa el relato: Miguel Ángel Blanco tenía 29 años, los mismos que el entonces príncipe Felipe y Jon Sistiaga, que cubrió la noticia como periodista. Tres trayectorias unidas por unas horas que marcaron a todo un país.

Sistiaga reconoce que el testimonio del rey fue uno de los que más le sorprendió, no tanto por el contenido como por la forma de evocar aquellos días, desde una cercanía que, a su juicio, encaja con el tono íntimo del documental: hablar desde la persona y no desde la institución.

«Hay un código que hemos conseguido, que es hablar desde el yo interno y no desde la institución o el papel que tenías entonces», afirma Sistiaga. «La gente está contando cosas de piel», resume López.

Un atentado a cámara lenta

Fue un atentado «a cámara lenta», sostiene Sistiaga. Eso permitió que los ciudadanos conocieran quien era Miguel, un joven que tocaba la batería, al que le gustaban Héroes del Silencio, tenía novia y trabajaba en una gestoría. «No es un atentado más», apostilla, y por eso Miguel pasa a convertirse en Miguel Angel Blanco y nace el ‘espíritu de Ermua’ y esa unión de toda España.

Pero en el documental también hay episodios menos conocidos, como los intentos discretos de mediación y las gestiones que algunas personas realizaron durante aquellas horas para intentar salvar su vida.

DOCUMENTAL MIGUEL ANGEL BLANCO
El secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco regresa casi tres décadas después en una película documental de Jon Sistiaga (imagen) y Juanjo López. EFE/Ballesteros

«La versión oficial es la que es y se ha mantenido: se decidió no negociar y no ceder al chantaje de una organización terrorista», señala Sistiaga, pero eso, añade, no significa que nadie intentara nada. «Hubo gente que lo intentó».

El documental se detiene también en los periodistas, acostumbrados a informar sobre atentados, pero atrapados entonces en una cobertura en directo. Sistiaga habla de un «pequeño trauma» entre algunos profesionales. «Hubo periodistas que dejaron de trabajar, que lloraron en directo o que bajaban las cámaras porque querían sumarse a la manifestación», recuerda.

«Nos vimos dentro de ese torbellino como humanos, personas, ciudadanos», añade. Y si hay una imagen que aún le persigue es la del padre de Miguel Ángel, llegando a casa desde el trabajo, sin saber lo ocurrido, y encontrándose a los periodistas en la puerta. «Éramos los portadores de la fatalidad», apunta.

No solo narraban lo que ocurría. Los periodistas también compartían la espera de una localidad pendiente de un desenlace y aprendieron casi de forma intuitiva un nuevo código de respeto hacia una familia cuyo dolor se estaba viviendo en directo.

Después de ver el documental decenas de veces, Sistiaga reconoce que aún hay imágenes que le ponen «el vello de punta». Quizá porque, 29 años después, aquellas horas siguen intactas en la memoria de quienes las vivieron.