Bolsonaro vs. Lula: ¿quiénes son los candidatos que presidirán Brasil, el mayor país de América Latina?

Eduardo Davis y Manuel Pérez Bella |

Bolsonaro, con el fusil en una mano y la Biblia en la otra

Brasilia (EFE).- El presidente brasileño, Jair Bolsonaro, capitán de la reserva del Ejército y mayor referente de la extrema derecha latinoamericana, aspira a la reelección el próximo domingo con un fusil en una mano y la Biblia en la otra.

Con la misma base que lo llevó al poder en 2018 y que incluye a militares, policías, pastores evangelistas y empresarios del campo, el «capitán del pueblo» ha adoptado para esta campaña el lema «Dios, Patria y Familia», que popularizó en la Italia de la década de 1930 el «Duce» Benito Mussolini.

Su ideario se completa con el «respeto» a las «tradiciones judeocristianas» y la búsqueda de la «plena libertad» individual, en la cual incluye, según una muy particular lectura de la Biblia, el «derecho» de los ciudadanos a la autodefensa y a poseer y portar armas, que ha impulsado mediante leyes promovidas por su Gobierno.

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Es un ferviente anticomunista, que suele ver la hoz y el martillo en todo cuando se le opone, y un nostálgico confeso de la dictadura brasileña (1964-1985) y de otros regímenes militares que imperaron en varios países de Suramérica en la década de 1970.

Desde que está en el poder, esas ideas le causaron más de un problema con otros gobernantes del campo conservador.
A principios de 2019, el entonces presidente chileno Sebastián Piñera se vio obligado a aclarar que no compartía unos elogiosos comentarios que Bolsonaro había hecho sobre el dictador Augusto Pinochet.

En contrapartida, califica de «comunistas» a todos los líderes progresistas surgidos en los últimos años, desde el mexicano Andrés Manuel López Obrador hasta el argentino Alberto Fernández, pasando por el chileno Gabriel Boric y el colombiano Gustavo Petro.

A todos los usa para descalificar al expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, candidato de un amplio frente progresista y hasta ahora favorito para imponerse en las elecciones de octubre.

«Brasil no puede perder su libertad frente a quien es contrario a la familia y defiende la ideología de género, liberar las drogas y el aborto» o «cerrar las iglesias», repite Bolsonaro en su discurso en alusión a supuestas intenciones que Lula nunca ha manifestado.

El conflicto permanente

Así como el estadounidense Donald Trump, a quien suele citar como «modelo político», Bolsonaro apuesta al conflicto permanente, hasta con instituciones como la Corte Suprema o la Justicia electoral, a las que acusa de ser «herramientas del sistema».

El presidente de Brasil y candidato a la reelección, Jair Bolsonaro, durante un mitin.
El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, participa en un acto de campaña. EFE/Felipe Iruatã

Desde que llegó al Gobierno, ha mantenido duros pulsos con la Justicia, que ha regulado su armamentismo y su negacionismo frente a la pandemia de covid-19, que hasta ahora ha matado en Brasil a casi 690.000 personas.

Desde el inicio de la crisis sanitaria, Bolsonaro minimizó su gravedad, condenó las medidas preventivas, puso en duda las vacunas y tildó de «gripecita» al virus. «Tenemos que dejar de ser un país de maricas», vociferó ante el temor que infundía la pandemia.

Expresiones que muchos califican de homofóbicas, así como otras tildadas de machistas o racistas son parte de su cotidiano.
El pasado 7 de septiembre, en plena fiesta por el bicentenario de la independencia de Brasil, Bolsonaro instó a una multitud a elogiar la virilidad que dice mantener a los 67 años.

«Es ‘imbroxável'», coreó el público, usando una grosera palabra que coloquialmente define al hombre que nunca falla a la hora del sexo.

Del cuartel a la política

Nacido en una humilde familia de inmigrantes italianos, Jair Messias Bolsonaro optó en su juventud por la vida castrense y se formó en la Academia de Agujas Negras, de la que salieron muchos de los ministros de su Gobierno.

Su carrera castrense, sin embargo, duró solo nueve años. Acabó en 1988, después de enfrentar un proceso en la Justicia militar por casi llamar a una insurrección en demanda de aumentos salariales para la oficialidad media.

Comenzó entonces su vida política. Fue concejal en Río de Janeiro y luego diputado federal durante 28 años, en los que pasó por una decena de partidos.

En 2018 aspiró a la Presidencia y ganó con un 55 % de los votos con promesas de «fusilar» a los izquierdistas, en una campaña en la que sufrió un atentado por parte de un enfermo mental que le asestó una puñalada en el abdomen en un mitin electoral.

Aún así, pudo llevar a la ultraderecha por primera vez al poder en Brasil a través de las urnas, subido a una ola «antisistema» que hoy no parece tener la misma fuerza.

Lula, la nostalgia por bandera

Veinte años han pasado desde que Luiz Inácio Lula da Silva ganó sus primeras elecciones y, a pocos días de una nueva cita de los brasileños con las urnas, es el claro favorito para colgarse la banda presidencial de Brasil, en su caso por tercera vez.

Lula, de 76 años, no hace más que recordar la época en la que llegó por primera vez a la Presidencia, comparando la crisis actual con la delicada situación económica y social en la que se encontraba el país en aquel entonces y edulcorando el recuerdo de la época de bonanza que se vivió en sus ocho años de Gobierno.

Carteles del candidato a las elecciones en Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva .
Un hombre compra una camiseta del candidato a la Presidencia del PT, el expresidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva. EFE/ André Coelho

La nostalgia impregna todos los anuncios de la campaña de Lula, que siguen usando el mismo lema «sin miedo de ser feliz» que popularizó desde su primer intento por llegar a la Presidencia, en 1989, cuando era un combativo líder sindical temido por los empresarios y por las clases pudientes.

Tres décadas después, Lula se apoya hoy en una decena de partidos progresistas de tendencia diversa y, para hacer frente al presidente Jair Bolsonaro, incluso se ha abrazado a antiguos adversarios, como el conservador Geraldo Alckmin, su candidato a vicepresidente.

Con estos apoyos y el recuerdo de la experiencia de sus ocho años de Gobierno (2003-2010), ahora Lula ya no da miedo.
Por el contrario, es visto con agrado por el sector privado, al que recuerda los pingües beneficios que obtuvieron las empresas privadas en su gestión, una época de fuerte crecimiento económico.

Ahora les promete volver a mover la rueda de la economía, generar empleo con obras públicas y calentar el consumo con programas de distribución de renta.

La carta del combate al hambre

Pero el mensaje de Lula, con su voz ronca y la forma de expresión llana y directa propia de alguien que nunca pasó por la universidad, donde más cala es entre los más pobres.

A ellos les asegura que «cuidará del pueblo» y repetirá la hazaña de acabar con el hambre, en momentos en los que la crisis económica ha vaciado las despensas de 33 millones de brasileños.

Para identificarse con ellos, su campaña ha recurrido a otra foto en blanco y negro: el recuerdo de que el propio Lula, siendo un niño, huyó del hambre con su familia del empobrecido noreste de Brasil, para buscar empleo en Sao Paulo, la región más industrializada del país, donde edificó su carrera sindical y política.

Esos orígenes humildes y obreros convirtieron a Lula en todo un fenómeno de masas; pero ahora, a pesar de que lidera con holgura las encuestas de intención de voto, ya no arrastra a multitudes a la calle.

Una resurrección política

El motivo de ello es el desgaste que le causaron a su imagen los sucesivos escándalos de corrupción que se destaparon en su gestión y en la de su sucesora, Dilma Rousseff.

Lula llegó a ser condenado dos veces por esos escándalos y pasó un año y medio en prisión, lo que le impidió ser candidato en las elecciones de 2018.

Un año después, el Tribunal Supremo anuló esas dos causas por errores e irregularidades procesales, devolviendo a Lula su libertad y sus derechos políticos.

Desde entonces, ha tratado de limpiar su nombre y de defender que el motivo de sus condenas fue puramente político, para permitir el triunfo electoral de Bolsonaro.

A pesar de esos esfuerzos, la corrupción sigue siendo el punto débil al que apuntan la mayoría de los ataques de sus detractores y es la razón que subyace por detrás de las altas tasas de rechazo a Lula, que llegan al 38 %.

Un número alto, pero que no ha impedido que su popularidad lo haya impulsado como el único candidato con posibilidades de desbancar a Bolsonaro, con la bandera de la defensa de la democracia y la reminiscencia de un Brasil feliz.

Edición web: Rocío Casas