Manuel Mendoza (d) y su pareja Lucía García (i). EFE/Iñaki Porto.

Entre el abrazo y la escucha, aprender a vivir con el duelo por suicidio

Asier Aldea Esnaola
Pamplona (EFE).- Cuando una persona se quita la vida, comienza para sus seres queridos una travesía emocional y psicológica como ha sido el caso de la familia Mendoza, que ha sido acompañada en ese proceso durante estos últimos tres años de la mano de profesionales de la asociación Besarkada-Abrazo.

“Papá, ¿cómo no te acordabas que tenía médico”, le preguntó Yoel, en ese momento de 14 años, a su padre en el coche. La verdad es que no se le había olvidado, Manuel solo intentaba ganar tiempo para pensar cómo decirles a él y a su hermano mayor Izan, de 16, que en la madrugada del 21 de octubre de 2022 Puri, su madre, se había quitado la vida.

En ese momento Izan y Yoel Mendoza, su padre Manuel y la pareja de este, Lucía García, comenzaron una travesía emocional y psicológica sobre la que hablan en una entrevista con EFE y de la que darán testimonio este viernes en una jornada impulsada por la asociación Besarkada-Abrazo con motivo del Día Internacional del Superviviente por la pérdida de un ser querido por suicidio.

Besarkada atiende a personas afectadas por el suicidio de seres queridos. EFE/Iñaki Porto

“Te encuentras en una situación que no sabes ni cómo reaccionar y yo solo quería tener al lado a la que hoy en día sigue siendo mi pareja, Lucía, para apoyarme”, recuerda Manuel junto con a ella tres años después en una de las salas de la asociación, donde han pasado un sinfín de horas.

Crear un espacio de seguridad

La entidad que acoge a supervivientes de duelo por suicidio de un ser querido acompaña a la familia de la mano de profesionales como Sara Pérez, psicóloga y también superviviente, presente en la entrevista.

Lucía explica que desde el primer momento intentaron crear un espacio de seguridad, especialmente con Yoel, algo clave como indica la psicóloga porque una de las particularidades cuando sucede este hecho traumático, sobre todo en menores, es el resquebrajamiento de su sensación de protección.

Sara Pérez (c), psicóloga y también superviviente, en una de las salas de la asociación Besarkada-Abrazo. EFE/Iñaki Porto.

Desde aquel día, a los adultos les tocó cuidar y preservar ese hilo delicado en el que al otro lado se producía una tormenta de emociones y pensamientos, a veces imposible de responder y digerir. Porque nadie está preparado para escuchar a su hijo decir: “quiero estar con mamá”, como tiene grabado Manuel.

Ante esto, la pareja lo tiene claro: arroparlos. “A mí me costaba, yo no podía tranquilizar a mi hijo Yoel y mira que es mi hijo, y la que lograba era Lucía”, comparte. “Al principio sí que podía ser yo la que controlara un poco más la situación, pero con el tiempo tú también has sabido”, le dice ella.

La culpa y el miedo

Si la culpa es uno de los patrones más repetidos que sufren los supervivientes más directos, en su caso era el miedo, como reconoce ella: “Teníamos mucho miedo por cómo íbamos a llevar esto, de si íbamos a ser capaces, si conseguiríamos a hacerlo bien. Pero al final lo que más nos funciona es el estar, hacérselo saber y abrazar”.

En cierta forma, su trabajo se rige de la misma manera que lo hacen los ciclistas en un tándem, buscando el ritmo y compenetración que les conviene para avanzar, pero que no siempre sale y, del mismo modo, se discute, lo que es «comprensible» pero al final el apoyo y el respeto son clave.

Recomiendan que si alguna familia está pasando por lo mismo solicite ayuda profesional, no perder la confianza con los hijos y aprender a comunicar y escuchar.

“No hay que aferrarse al dolor, sino llevarlo a la parte sana y de aprendizaje. Y, sobre todo, que se cuiden, que busquen descansos reparadores, que se abracen y se quieran. Que estén unidos”, anima García.

Los jóvenes, más riesgo para ellos

Se estima que 135 personas quedan afectadas por el suicidio de un ser querido, de las cuales 25 son de impacto profundo. En Navarra se produjeron el año pasado 58 suicidios. “De esas 1.450 personas de alto impacto, ¿cuántas son capaces de transitar ese dolor y utilizar los recursos?”, se pregunta Pérez.

En el caso de los jóvenes el duelo es doblemente silenciado y, aun más grave, se vuelven doblemente vulnerables. “Esto requiere un acompañamiento especial y como adultos de referencia y sociedad en general tenemos una responsabilidad para con ellos” recalca.

Los menores se adentran en un túnel oscuro en un momento en el que su identidad está en plena construcción, lo que hace que el agujero se acentúe y se vuelva más desconcertante. Pérez alerta: “Hay mucho más riesgo y probabilidades de que active el riesgo suicida en estas edades, por eso es importantísimo detectar las señales de riesgo”.

La vergüenza y la dificultad de expresarse son algunos de los peligros que enfrentan los supervivientes, sobre todo cuanto más joven se es. Por esto, insiste en no dejarlos solos.

“Necesitan que les ayudemos a entender ese dolor, a ponerle palabras y también es importante no mentirles para evitar que se rompa otro vínculo más”, apuesta.

En la familia Mendoza poco a poco ven la luz y esta se volvió más intensa hace un par de días cuando Izan y la psicóloga comunicaron que iban a reducir las sesiones y pasar a un seguimiento más ameno. “Me dijo: Papá, me siento mejor”.

Hay salida

Si tienes ideas de suicidio, cuéntalo y solicita ayuda. Puedes llamar al Teléfono de la Esperanza (948 24 30 40) o Emergencias (112). También puedes contactar con Besarkada-Abrazo (622 207 743) para el apoyo de otros supervivientes. Hay salida.