Eva García González |
Tresviso (EFE).- Alejandro Sánchez, un joven ganadero y capataz forestal de 23 años tiene su explotación de más de 200 ovejas y casi un centenar de cabras cerca de su casa, en Tresviso, en donde vive solo y lamenta la falta de relevo generacional en su sector.
«Vivir así es lo que me da la vida. Vengo de generaciones de ganaderos, mis abuelos también tenían cabras y ovejas y esto es lo más importante para mí», explica a EFE mientras busca a sus animales.
Las cabras y ovejas de Alejandro se encuentran dispersas por la montaña de ese enclave cántabro, situado en el parque nacional de los Picos de Europa y al que solo se puede acceder en coche por Asturias.
Alejandro vive solo en una casa familiar que estaba en desuso y defiende que allí es donde quiere estar y donde realmente se siente libre.

Tras terminar sus estudios de capataz forestal le ofrecieron un trabajo en Tresviso y, aunque su familia vive en la cercana localidad lebaniega de La Hermida -situada a unos 17 kilómetros a pie, aunque tras un desnivel de más de 900 metros-, no se lo pensó dos veces, se llevó parte de la ganadería de su familia y se instaló en el municipio cántabro situado a 907 metros de altitud.
En Tresviso asegura que es feliz y no se aburre, aunque echa en falta que haya más gente joven porque la mayoría de vecinos son mayores y muchas casas del pueblo están vacías.
«Esto se acaba»
«El siguiente ganadero más joven del pueblo después de mi tiene 67 años. Aquí todos nos conocemos, nos llevamos bien y nos ayudamos, pero la falta de gente joven y niños es un problema a corto plazo», lamenta.
En este sentido, el joven ganadero alerta que la ganadería como él la concibe y él la ha vivido hasta ahora se está perdiendo, porque no hay relevo generacional.
«Esto se acaba. Los depredadores, entre otras cosas, hacen que sea insostenible. Solo quedarán algunos románticos que tengan lotes pequeños de animales», asegura mientras da sal a sus ovejas, que son de la raza cara blanca de la peña, autóctona de la zona.

Si bien tiene amigos cuyas familias tienen vacas u otros animales, la mayoría se van a estudiar a la ciudad, algo que él ni se plantea porque considera que allí se aburriría y se sentiría «esclavo».
Estudiar para quedarse
«La ciudad es una esclavitud. Si tuviera que trabajar en una oficina me sentiría como un pájaro en una jaula. Siempre he tenido claro que yo quería vivir y trabajar al aire libre, en el monte», señala.
Sin embargo, Alejandro considera que esa vida no es para todo el mundo, es algo que «tiene que gustar de verdad y debe desearse», porque si no implicaría «quedarse obligado».
«Vivir en un pueblo y tener una ganadería no es fácil. Yo lo tenía bien porque tenía ya la casa familiar, pero quien tenga que venirse a un pueblo a empezar de cero no lo tiene fácil porque cuesta dinero», reclama.
El joven ganadero asegura que siempre ha querido estudiar algo relacionado con la naturaleza y defiende que «hay que estudiar algo que te permita quedarte (en el medio rural), no que te haga irte».
La pasión por la ganadería le viene de familia, pues su abuela comenzó la tradición ganadera con 12 ovejas y 12 cabras, animales de los que vivía y con lo que se trasladaba a pasar el verano a una cueva en uno de los picos del valle, donde fabricaba y curaba queso.
Ahora, aunque Alejandro no viva de la ganadería y sea algo que haga por amor a los animales y la montaña, después de su jornada laboral va a atender al ganado al monte, a recoger y almacenar leña o a ayudar a los vecinos en lo que necesiten.