Toledo (EFE).- Investigadores de la Universidad de Castilla-La Mancha estudian los restos de la Guerra Civil a través de la arqueología para «dar nuevas respuestas».
Y es que objetos encontrados en campos de batalla y analizados con una metodología arqueológica permiten llegar a «historias que no aparecen recogidas en los partes de guerra o en la bibliografía tan extensa» que hay de ese periodo histórico.
Este es el objetivo de Ángela Crespo Fraguas, doctora, profesora asociada en la Facultad de Humanidades de Toledo en el departamento de Geografía y Ordenación del Territorio de la Universidad de Castilla la Mancha y autora del libro ‘Cicatrices en el paisaje: La fortificación de campaña y su evidencia arqueológica en la provincia de Toledo, 1936-1939’, que, en una entrevista con la Agencia EFE con motivo del 90 aniversario del inicio de la guerra, destaca la importancia de analizar ese periodo histórico también desde un punto de vista arqueológico.

Crespo apunta la posibilidad de que España quizá tenga «el frente (de guerra) más grande aún por estudiar» y que todavía hay «muchísimos restos esparcidos por la península».
Por ello, afirma que «estudiar los restos de la Guerra Civil a través de la arqueología permite matizar a la propia historia, incluso corregirla y dar nuevas respuestas», ya que la arqueología es «una herramienta más» que se incorpora a los archivos que ya existen.
Llegar a pequeñas historias
En este punto, cita al arqueólogo Alfredo González Ruibal, para señalar que «trabajar los campos de batalla con la metodología arqueológica permite llegar a pequeñas historias que no aparecen recogidas en los partes de guerra o en la en la bibliografía tan extensa que hay de la guerra civil».
«Al final los arqueólogos estudiamos lo que vemos en ese momento e interpretamos sobre el territorio los restos que han quedado», expone Crespo que, por ejemplo, cita el caso de la ‘Cota 6-7’ en Pinto (Comunidad de Madrid), que según los documentos «parece que fue fácil tomar la posición» y que no hubo enfrentamiento.

Pero afirma Crespo que «cuando empiezas a prospectar, empiezas a encontrar fragmentos y fragmentos de granadas de mano y si hay granadas es porque ha habido un enfrentamiento muy próximo, porque son armas que implican un cuerpo a cuerpo, y eso es porque ha costado tomar» la posición.
Además, añade que también se han encontrado fotografías en las que se ve oficiando una misa «honrando las hazañas y a los compañeros», por lo que señala que «eso implicaba que era mejor decir que se había tomado la cota sin pena ni gloria, para debilitar la moral de los que tienes en contra y ensalzar el poderío de los tuyos».
Analizar los pueblos bombardeados
También se usa la arqueología para investigar los pueblos que fueron bombardeados durante la guerra y fueron reconstruidos por la Dirección General de Regiones Devastadas, si bien señala que algunos pueblos en vez de reconstruirse se hicieron totalmente nuevos, ya sea sobre el antiguo pueblo o en las inmediaciones del destruido.
Crespo detalla que en la provincia de Guadalajara hubo «seis o siete pueblos que se arrasaron y que se decidió, en vez de reconstruir, hacerlos nuevos» y cita los casos «impresionantes» de Masegoso de Tajuña y Gajanejos.
Estos pueblos, señala Crespo, presentan una «arquitectura muy ideológica, del momento», ya que «se establece una división de clases», con diferentes tipos de casas, en función de si la vivienda es para un jornalero o para alguien de mayor rango.
«En el centro, estaba la iglesia y las Casas Consistoriales, la casa para la Falange, en algunos casos un cuartel de la Guardia Civil, la cárcel, las escuelas de los niños y las escuelas de las niñas», enumera esta investigadora.
Con todo, reconoce que «una cosa era la planificación sobre el papel y otra cómo eso cambia con la realidad», pues desvela que «hay testimonios de propietarios que dicen que estaba previsto que sus casas se construyeran con ladrillos, pero no llegaron y se tuvieron que construir con adobes».
Temas poliédricos que forman parte de un prisma
Estas investigaciones se desarrollan en el Departamento de Geografía y Ordenación del Territorio de la Universidad de Castilla-La Mancha, gracias a la financiación de estos proyectos por parte la propia UCLM, de la Junta de Comunidades o de instituciones nacionales e internacionales.
De este modo, permiten «seguir avanzando en el conocimiento sobre aspectos concretos e interdisciplinares, en los que se da la mano la geografía, la historia, la arqueología, la historia del arte, la economía, la sociología o la antropología, porque son temas poliédricos en los que cada uno se ha interesado en una arista de un prisma, que genera un único elemento», explica Nicolás Torres, profesor ayudante doctor del Departamento de Geografía, Ordenación del Territorio y la Facultad de Humanidades de Toledo.
Turismo de guerra, en 1938
En su caso, Torres es autor del libro ‘La turistización patrimonial del franquismo. Conexiones pasadas y presentes en la gestión del patrimonio cultural’, en el que estudia cómo en pleno conflicto bélico, en 1938, se desarrolló un ‘turismo de guerra’.
«Durante el propio conflicto de la Guerra Civil se llevaron a cabo diferentes itinerarios por el bando nacional para poder ver cómo iba avanzando el conflicto», en el que se alternaban la visita a «espacios bélicos propiamente dichos», como campos de concentración reales y con presos, con estancias en lugares «donde no había sucedido nada, paisajes idílicos».
Todo ello con un objetivo propagandístico de «mostrar que se iba avanzando en la guerra y que el avance que se estaba haciendo era positivo».

Si bien Torres señala que España no fue pionera en este turismo de guerra, sí lo fue que «las industrias turísticas del momento permitían comprar un billete a modo de pasaje, en el que por un módico precio entraban los desplazamientos, el alojamiento, la manutención y las visitas de los espacios».
Este investigador afirma que el bando republicano también organizó este tipo de viajes, que aunque no era turismo propiamente dicho, sí estaban formados por personalidades del mundo de la prensa o políticos a los que se quería enseñar «que lo que estaba haciendo la República era luchar por legitimidad y a la vez mostrar los daños que estaba generando el bando nacional».
Esas rutas, un «precedente muy importante» del turismo
Esas rutas turísticas, de las que Torres señala que se crearon cuatro o cinco -una de ellas en el Norte, desde el santuario de Covadonga hasta el ‘cinturón de hierro’ de Bilbao- «pusieron un precedente muy importante» para el turismo en España.
Así, afirma que esa rutas de guerra «asentaron la creación luego, en la década de los 40 y 50, de las rutas nacionales de turismo», y de hecho sostiene que «muchas siguen existiendo en la actualidad», como por ejemplo «la visita del norte de España tiene sus raíces más profundas en esa ruta de guerra del norte».










