Àlex Gutiérrez Páez |
Barcelona (EFE).- Rodeados de tiendas de campaña y carteles contra la especulación, cientos de personas que participan en la acampada por la vivienda de Barcelona compaginan las clases y el trabajo con su reivindicación a través del campamento, que lleva doce días instalado en la plaza Cataluña y, por ahora, sin fecha para levantarlo.
El día a día de los acampados se rige por una intensa autogestión, la convivencia comunitaria y la resistencia frente a las inclemencias meteorológicas, como el llamado ‘minihuracán mediterráneo’ que afectó el pasado fin de semana a buena parte de Cataluña.
El espacio central de la plaza Cataluña se ha convertido en un punto neurálgico en el que suceden charlas y formaciones, distintas actividades, pintadas de carteles y momentos de descanso bajo unas carpas improvisadas que protegen del sol.
Cada participante contribuye, en la medida de sus posibilidades, a mantener el funcionamiento del campamento, ya sea en la cocina, la enfermería, la distribución de material, la organización de actividades o el punto de información.
En este último espacio, una pizarra recoge una lista de aquello que los acampados necesitan para mantener el día a día: baterías portátiles, garrafas, ropa térmica, grapadoras, palés, escobas, cubos, megáfonos, café en polvo, mesas o sillas.
Parte de estos productos llegan a través de donaciones de ciudadanos, que también aportan alimentos, material higiénico y sanitario o dispositivos electrónicos.

Un grupo heterogéneo, pero con un mismo objetivo
Dentro conviven perfiles predominantemente juveniles, muchos de ellos estudiantes universitarios. Sin embargo, también hay adultos con experiencia en los movimientos sociales y personas sin techo, que han encontrado entre las tiendas un espacio de cobijo y protección.
«¿Hasta cuándo quedarnos? Indefinidamente», cuenta a EFE Uri, uno de los participantes de la acampada de Barcelona.
Uri explica que los participantes se organizan mediante relevos para poder continuar con sus obligaciones cotidianas. «Quien no tenga qué hacer por la mañana, viene, guarda las cosas y echa una mano por ahí, y luego le hacen el relevo», relata.
«Nos están desplazando de nuestros barrios. Acabaremos viviendo así», afirma el estudiante, mientras señala unas tiendas, que empezaron a instalarse la noche del 29 de septiembre, al principio apenas unas decenas. Ahora ya se cuentan por centenares.
Aina también ha decidido sumarse a las movilizaciones porque considera que el acceso a la vivienda ha llegado a un «punto límite». «No nos podemos permitir un alquiler ni mucho menos la compra de una vivienda», señala la joven, que lamenta que «una cosa tan básica como es un techo esté en manos de rentistas y políticos al servicio del rentismo».
Uno de los impulsores de la acampada de Barcelona es Joan, padre de tres hijos, que dice estar escandalizado ante la «invisibilización» del sinhogarismo. «El otro día había un padre con un hijo de cuatro años durmiendo en un banco al lado nuestro», lamenta.
Luchar para los que vienen detrás
Los carteles repartidos por el campamento reflejan las reivindicaciones de los participantes, con mensajes contrarios a la especulación, el sistema capitalista y el turismo masivo.
Para Mar, el peso de la movilización trasciende el momento actual. «Si no lo hacemos por nosotros, hagámoslo por las próximas generaciones, que se les viene algo muy chungo», alerta la joven.
Otra de las participantes, que prefiere mantener el anonimato, considera insuficientes las medidas adoptadas hasta ahora y reclama una mayor organización de quienes sufren las dificultades para acceder a una vivienda.

«No nos sirven unos decretos que son mínimos», afirma esta militante de una organización juvenil socialista, que considera que la movilización debería servir para dar «un paso adelante», ya sea mediante una huelga general o a través de una mayor organización.
Mientras tanto, el campamento continúa funcionando como una pequeña comunidad organizada y dispuesta a aguantar hasta que sea necesario para conseguir cambios que les permitan, en un futuro, poder seguir viviendo en los barrios que les vieron crecer. EFE









