Ana Márquez |
Madrid (EFE).- Frente a la superproducción de imágenes impulsada por la revolución de la Inteligencia Artificial (IA) y la homogeneización de la estética urbana derivada de la gentrificación, algunos negocios apuestan por la artesanía y la rotulación a mano como forma de preservar la identidad visual de las ciudades.
Diego Apesteguía (Madrid, 1979), encargado de ‘Rotulación a Mano’, y Tom Graham (Bournemouth, 1973), al frente Freehand Lettering, son los principales artesanos que están devolviendo al comercio los rótulos castizos, no desde la nostalgia, sino desde la reivindicación de lo artesano y lo bello.

Diego Apesteguía posa para EFE en su estudio ‘Rotulación a Mano’ en el barrio de Puerta del Ángel, Madrid. EFE/Ana Márquez
Apesteguía trabaja en su taller en Puerta del Ángel pero sus inicios en la rotulación fueron en Malasaña, donde recuerda cómo en los “años de los hipsters” comenzaron los encargos para las pizarras de los bares.
“En la crisis los comercios buscan diferenciarse, cuidar los detalles. Ahora es otra cosa, es una forma de demostrar mimo en lo que haces”, argumenta este artesano, que comenzó su trayectoria con grafitis para pasar a trabajar con materiales como pan de oro, productos químicos y acrílicos, no solo para crear, sino también para restaurar.
Lo artesano, un valor añadido
Algunos locales acuden a ‘Rotulación a Mano’ para pedir diseños que se podrían hacer con vinilos y por precios mucho más ajustados pero, según Apestequía, la explosión de la IA ha llevado a que lo artesano tenga un valor añadido para esos negocios que “quieren diferenciarse”.
Uno de sus grandes trabajos de restauración fue el cartel de Pescaderías Coruñesas, entre la céntrica calle Serrano y el Paseo de Recoletos: un macroproyecto de láminas de vidrio plateado de 10 metros de longitud.
Hay trabajos suyos por todo Madrid, entre ellos la fachada de la pastelería ‘La duquesita’ con letras de pan de oro, o los dibujos del Teatro Pavón, que nacieron como atrezzo para la serie de Paco León ‘Arde Madrid’, pero también por toda España con pequeñas y grandes marcas en una trayectoria reconocida con el Premio Nacional de Artesanía en 2017.
Madera, cristal…
En la sana competencia por la artesanía de los rótulos, Tom Graham mantiene un estudio en Malasaña: un subsuelo en el que hay que agachar la cabeza para poder entrar. Lleva en este céntrico barrio madrileño desde que llegó hace más de veinte años a España.
Sus primeros pasos en la rotulación – a la que estuvo vinculado desde niño por herencia familiar- fueron en los pubs irlandeses y ahora su sello se expande por todo tipo de negocios como un artesano que, sin ayuda de ordenadores, traslada su arte a madera, cristal y cualquier material que pueda ser su lienzo.

La defensa de la esencia de las ciudades es una de las manifestaciones de que “la gente ha viajado y quiere defender la identidad de lo suyo; por mucho que los guiris vengan, tú quieres saber que estás en Madrid”, bromea el británico afincado en la capital.
Ese renovado interés por lo artesanal se relaciona, además, con la saturación de gráficos digitales, de los que “la gente está cansada porque le bombardean todo el día con ellos”, más aún desde la llegada de la IA, según Graham, quien cree que esta abundancia ha terminado por restarles valor frente a lo “hecho a mano”.
Mantener viva la tipografía
Antes de la Guerra Civil, los rótulos de los comercios madrileños se elaboraban con vidrio grabado, pan de oro y esmaltes, como aún puede verse en algunos establecimientos históricos como Casa Fidel o Casa Quiroga. Tras la posguerra, sin embargo, se impuso una cartelería más austera e industrial.
Una de las tipografías más representativas en los bares era la elaborada por Tony Encinas, una letra que engalanaba las mayúsculas con virgulillas pareadas en los laterales. De estas letras que todavía perduran en el mítico bar Los Caracoles surgió la tipografía ‘Cascorro 18’ creada por Juanjo Lopez de la fundación Manufacturas Tipográficas Madrileñas, para evitar que estos tipos “desaparezcan de la ciudad decorado al gusto del turista de Instagram”.

Detalle de una restauración de una vidriera El Bierzo, en Chueca, en Madrid. EFE/Ana Márquez
‘Palma 67’, ‘Cebada 17’, ‘Pontejos 2’ y ‘Atocha 62’ son otras fuentes creadas tomando como inspiración las calles de Madrid.
En conversación con EFE, López señala que este proyecto “nació como un juego” pero también como una forma de mantener la esencia de Madrid que, como tantas ciudades, “cada vez está más homogeneizada”.
“El diseño es también cultura visual. Mantener la tradición, dándole también toques de modernidad, es un ejercicio antigentrificador”, defiende este tipografista.
Más allá de crear identidades castizas, también defiende el trabajo de “salvación” del patrimonio que se hace desde el colectivo Paco Graco, que tiene en su haber 200 rótulos de comercios ya desmantelados y derribados.
Este proyecto arrancó en Madrid en 2017 y se ha convertido en la Red Ibérica de Defensa del Patrimonio Gráfico, que hoy agrupa a más de 30 ciudades de España y Portugal.










