Carmen Naranjo |
Madrid (EFE).- Habían pasado las doce del mediodía del 22 de noviembre de 1975 y dos días de la muerte de Francisco Franco cuando Juan Carlos I fue proclamado rey y pronunció un discurso, el primero de este monarca «constituyente», en el que se comprometió a serlo de todos los españoles: había empezado una nueva etapa de la historia de España.
Aunque ese discurso tuvo lugar en una ceremonia en las Cortes franquistas -había sido designado como sucesor de Franco el 22 de julio de 1969- y esta nueva etapa comenzaba con el juramento por parte del rey de «cumplir y hacer cumplir las Leyes Fundamentales del Reino y guardar lealtad a los principios del Movimiento Nacional».
¿Tenía otra opción? ¿Podría no haber jurado los principios del franquismo?: «Yo creo que no. Y menos mal que lo hizo, porque gracias a eso fue rey y gracias a que era rey pudo ser el piloto del cambio», sostiene en una entrevista con EFE Emilio Lamo de Espinosa, expresidente del Real Instituto Elcano, que considera que Juan Carlos I fue el «rey constituyente, más que un rey constitucional», que es lo que es su hijo, Felipe VI.
Porque Juan Carlos I fue rey antes de la Constitución: «Y si tenemos democracia en España es porque no siguió los consejos de su padre y por lo tanto, en cierto modo, traicionó a su padre (don Juan de Borbón) y no siguió los de Franco y, en cierto modo también traicionó a Franco».

Un dictador por el que Juan Carlos I no ha ocultado cierta admiración en las memorias que acaba de publicar y con quien tenía «relaciones personales y frecuentes»: «Le respetaba enormemente, apreciaba su inteligencia y su sentido político (…) Nunca dejé que nadie le criticara delante de mí».
A consecuencia de esas dos decisiones, «que no debieron de ser nada fáciles, la primera en un terreno personal y la segunda en un terreno político e institucional, hoy tenemos democracia en España», asegura Lamo de Espinosa, que destaca la legitimidad triple que tuvo después: la de ejercicio, al nombrar a Adolfo Suárez como presidente y forzar la legalización del Partido Comunista; la legal, con la Constitución de 1978; y la que logró con su papel tras el golpe de estado del 23F.
Jornada histórica
La del 22 de noviembre fue una jornada histórica para España. El grito de ¡viva el rey! volvió al hoy Congreso de los Diputados 44 años después de que la proclamación de la II República (14 de abril de 1931) y la salida del país de Alfonso XIII iniciaran ese largo paréntesis para la institución monárquica española.
Juan Carlos de Borbón, que contaba con 37 años el día de su proclamación, leyó un discurso ya como rey en el que afirmó: «Nuestro futuro se basará en un efectivo consenso de concordia nacional»; y recalcó que la institución que personificaba, la Corona, «integra a todos los españoles».

Dentro de la unidad del Estado destacó «las peculiaridades regionales, como expresión de la diversidad» y dijo: «El Rey quiere serlo de todos a un tiempo y cada uno en su cultura, en su historia y en su tradición».
Benigno Pendás, presidente de la Academia de Ciencias Morales y Políticas, del Instituto España, subraya la enorme importancia de ese discurso porque eran tiempos de ilusión pero también de incertidumbre y de temor ante una situación que no se sabía dónde podía derivar. Y ahí se marcan unas primeras pautas para dejar atrás la dictadura e incorporarse al lugar natural de España en Europa y en el mundo.
Aunque ese día no estaba en España, Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, uno de los padres de la Constitución, sostiene que «ha sido lo mejor que ha hecho España en los últimos 100 años» ya que, asegura, Juan Carlos I fue un «gran rey que pilotó el proceso constituyente y que puso los cimientos de una monarquía que está continuando exitosísimamente Felipe VI».
Papel decisivo
Lo demás, -dice preguntado por los escándalos personales y financieros del rey emérito- es una anécdota. «La Constitución y la Transición son mucho más importante que lo que pensemos sobre eso». Claro que en estos 50 años de monarquía ha habido luces y sombras pero «hay una tendencia a acentuar las sombras y olvidar las luces. Y eso es un defecto nacional», sostiene Herrero.

Un papel decisivo que «absolutamente» destaca también la directora de la Real Academia de la Historia, Carmen Iglesias, que cree que la Monarquía ha sido la base más importante para que los españoles nos desenvolviéramos «pacíficamente y en concordia».
Y eso que cuando llegó al trono en España no había monárquicos, dice Ignacio Molina, investigador principal del Real Instituto Elcano, pero Juan Carlos I representó entonces las características que no suelen asociarse a las monarquías, la juventud y la democracia, la modernidad. E hizo muy bien su trabajo público aunque no pasara lo mismo en el ámbito privado, considera.










