El retrato de Felipe IV, de Diego de Velázquez, es presentado este jueves en el Museo del Prado después de su reciente restauración. EFE/Zipi

El retrato de Felipe IV, de Velázquez recupera su «esplendor» en el Prado tras 4 meses de restauración

Madrid (EFE).- El inmenso retrato de ‘Felipe IV, a caballo’, de Velázquez, luce de nuevo en las paredes del Museo del Prado tras pasar cuatro meses en los talleres de restauración, donde se le ha devuelto su «esplendor» y «brillantez», tras retirar barniz amarillo y manchas de mosquitos o murciélagos.

«Una intervención que permite comprobar la absoluta maestría de Velázquez y su deuda con Tiziano», ha explicado este jueves el director del Museo del Prado, Miguel Falomir, quien ha destacado que el Museo del Prado posee la mayor colección de retratos ecuestres del mundo.

Esta pintura, que ya se puede contemplar en la sala 12 del edificio Villanueva, era parte esencial del proyecto del Salón de Reinos del palacio del Buen Retiro, un espacio que reunía retratos reales, escenas de batallas y alegorías mitológicas.

El "Retrato de Felipe IV, a caballo" de Diego de Velázquez, es presentado este jueves en el Museo del Prado después de su reciente restauración.
El retrato de Felipe IV, de Diego de Velázquez, es presentado este jueves en el Museo del Prado después de su reciente restauración. EFE/Zipi

El lienzo, realizado entre finales de 1634 y principios de 1635, muestra al monarca en riguroso perfil, montando un caballo en corveta, con banda, bengala y armadura.

Cuatro meses de restauración

La restauración, realizada por María Álvarez Garcillán durante cuatro meses, ha permitido recuperar la riqueza cromática y la estructura original de una obra que había sufrido los efectos del tiempo y las intervenciones pasadas.

«En las distancias cortas, Velázquez impresiona. Utiliza el pincel de forma certera y con trazos inconexos. Son pinceladas inteligentes, sabias», dice Álvarez Garcillán.

Diego Rodríguez de Silva y Velázquez, conocido como Diego Velázquez (Sevilla,1599- Madrid, 1660) abordó este encargo en plena madurez artística, «sin delegar en su taller», añade la restauradora, que destaca de la obra la combinación de pinceladas secas con trazos cargados de aglutine, creando una textura de formas reconocibles.

La restauración ha consistido en reducir el barniz oxidado que amarilleaba los colores, se han retirado repintes que ocultaban la pintura original y se han eliminado las manchas de mosquitos y murciélagos.

«Debajo del barniz había suciedad», ha contado la restauradora que detalla que la reintegración cromática se ha realizado atendiendo a las diferencias de decoloración y al impacto visual de cada desgaste.

Reto en las bandas laterales

El gran reto ha sido la restauración de las bandas laterales añadidas por el propio Velázquez al formato inicial para adaptarse a la arquitectura del Salón.

Con estos añadidos, la solución ha sido «eliminar la sutura que unía el fragmento escindido, así como el estuco que lo cubría y se ha fijado la pintura en zonas vulnerables».

El resultado es una obra equilibrada, armónica y fiel al espíritu de Velázquez, «un genio que aúna dotes pictóricas con una formación humanística», señala Álvarez Garcillán.

El "Retrato de Felipe IV, a caballo" de Diego de Velázquez, es presentado este jueves en el Museo del Prado después de su reciente restauración.
El retrato de Felipe IV, de Diego de Velázquez, es presentado este jueves en el Museo del Prado después de su reciente restauración. EFE/Zipi

Esta restauración también ha servido «para reconocer el piedemonte de la Sierra del Guadarrama», añade Javier Portús, jefe de colección de pintura española del Barroco del Museo Nacional del Prado.

Velázquez, más allá de situar los retratos en sitios reconocidos, «fue capaz de trasmitir los valores atmosféricos, los cielos velazqueños», explica Portús, quien dice que esta restauración también ha permitido descubrir que las pinceladas del sevillano están dotadas de una capacidad escultural a la altura de artistas geniales.

Esta obra, que cuenta con unas proporciones de 303 centímetros de alto y 317 de ancho, forma parte de una serie de retratos realizados por Velázquez para adornar los testeros del Salón de Reinos con la intención de representar la continuidad de la monarquía y de su dinastía.